Propio 24 (A) - 2017

October 22, 2017

“Den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios”. Estas palabras que tanto hemos escuchado nos sitúan en una disyuntiva. Con ellas, Jesús nos dirige a escoger entre el reino de Dios o el reino de este mundo, por aquello de que, “nadie puede servir a dos señores, pues, u odia a uno y ama al otro, o apreciará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero”.

Esta disyuntiva se planteó ante los representantes de fariseos y herodianos, dos grupos influyentes en la vida religiosa y política de Israel en un momento de creciente tensión entre Jesús y las autoridades judías, autoridades que se negaban a creer en Él. Fariseos y herodianos eran grupos con intereses opuestos, pero en esta ocasión se juntaron con el firme propósito de encontrar la manera de acusar a Jesús y de hacerlo desaparecer, porque Jesús con su predicación y sus enseñanzas buscaba producir un cambio profundo en los corazones de sus seguidores.

En el tiempo de Jesús, el pueblo de Israel estaba dominado política y militarmente por el Imperio Romano. Muchos judíos que tenían un espíritu nacionalista buscaban acabar con la opresión romana más que todo en lo que se refería a pagar impuestos a un imperio opresor. Sin embargo, cuando se encontraron con el avance del liderazgo de Jesús, llegaron hasta traicionar sus propios sentimientos nacionalistas y su deseo de independencia y libertad. La predicación de Jesús perturbó tanto a los líderes judíos, que prefirieron traicionar sus principios aliándose a un emperador pagano antes que aceptar y reconocer a Jesús como el Mesías, el enviado de Dios. Por esa razón, los líderes acusan a Jesús de rebelde. De lograr su propósito, los romanos se dispondrían a arrestarlo y a matarlo.

La polémica consistía en determinar si se debía pagar o no el impuesto al emperador César. La pregunta que le hacen a Jesús “¿Está bien que paguemos impuestos al emperador romano o no?” tiene su lógica. Es una pregunta que intenta llevar a Jesús a un terreno movedizo y desarmarlo de su poder. La respuesta de Jesús tenía que ser muy bien analizada. Si Jesús contestaba que no, se ponía en contra del emperador a quien se le tenía en lugar de un dios, y si contestaba que sí, se echaba en contra al pueblo judío que estaba hastiado con el pago de impuestos. Dándose cuenta de la malicia de la pregunta, Jesús respondió con otra pregunta: “Hipócritas, ¿por qué me tienden trampas?”  y pidiéndoles la moneda con la que se pagaba el impuesto, les preguntó: “¿De quién es esta cara y el nombre que aquí está escrito? Le contestaron: – Del emperador”.  Entonces Jesús les dio una respuesta clara y desconcertante, “Pues den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios”.

Como la moneda llevaba la imagen del emperador, les quedaba claro a los líderes religiosos que el gobierno tenía la potestad sobre ese recurso material y humano. Y nosotros y nosotras porque llevamos el sello de Dios, es a Dios a quien le pertenecemos. Jesús no buscaba separar lo humano de lo divino. Él nos exige establecer diferencias entre su reino y el reino de este mundo. Nosotros, aunque estemos en este mundo, no podemos idolatrar a nada ni a nadie terrenal. Tenemos que vivir nuestra fe en el contexto que nosotros mismos hemos creado, enalteciendo los valores humanos que provienen de las estructuras que hemos instituido. Es desde ese contexto que Jesús nos invita a profesar nuestra fe con autenticidad, sobrepasando los bienes pasajeros y amando inmensamente los bienes eternos. Jesús nos recuerda que estamos en el mundo pero que somos ciudadanos del reino celestial.

La respuesta de Jesús: “Den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios” nos muestra que nuestro Señor es un Dios celoso y que no comparte su gloria. Esto lo confirma el profeta Isaías en la primera lectura de hoy, cuando dice: “Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de oriente a occidente, que no hay otro fuera de mí”.

Este mensaje también es proclamado por el apóstol San Pablo. Hemos escuchado en la epístola cómo la comunidad cristiana de Tesalónica fue acogida por el gozo del Espíritu Santo, lo cual la llevó a apartarse de los ídolos y a convertirse a Jesús, el Dios vivo y verdadero. El pueblo tesalonicense llegó a ser un modelo cristiano para otras comunidades. Supieron mantenerse unidos a Dios con una fe firme, un amor entrañable y una esperanza perseverante, a pesar de las muchas persecuciones que sufrieron. Ellos tenían los pies sobre la tierra y la mirada puesta en Cristo. En este sentido es fácil entender cómo ellos fueron verdaderos mensajeros del evangelio de palabra y de obra.

El testimonio de los tesalonicenses en los comienzos de la Iglesia sigue siendo válido para nosotros. En el tiempo en que vivimos, el fervor y los valores religiosos han disminuido en algunas culturas. En estas circunstancias es difícil ser testigo de Dios; a veces nos acobardamos, no nos gusta enfrentarnos a las dificultades ni a la falta de justicia. Por eso tenemos que confrontar como lo hizo Jesús antes las autoridades poderosas en Israel: “Den al emperador lo que es del emperador y a Dios lo que es de Dios”.

Apartémonos del camino fácil, no busquemos seguridad en los poderes del mundo que, aunque parezcan fuertes, se deshacen como la nieve. Más bien hagamos de Cristo nuestro refugio y no tengamos miedo a la muerte. Como dice San Pablo en la carta a los romanos: “Ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes, ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor”.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan