Propio 21 (B) – 2015

September 27, 2015

La primera porción del evangelio de hoy muestra la escena de los discípulos presentando a Jesús una queja sobre las personas que expulsan demonios en su nombre. Para los judíos, en el tiempo de Jesús, un nombre revelaba el poder de la persona; el invocar el nombre de Jesús, significaba que estas personas estaban invocando el poder sanador de su nombre. También significaba que quienes o invocaban tenían algún tipo de relación con la persona, grupo o movimiento cuyo nombre era invocado.

Debido a esto, el discípulo Juan presenta su queja. Es como si estuviera diciendo “¡Y cómo se atreve a hablar en nuestro nombre si no es uno de nosotros!” Jesús responde a sus quejas con una afirmación: “El que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Mientras los discípulos están ansiosos de enjuiciar el comportamiento de los que no forman parte del grupo selecto, Jesús, sin embargo, quiere que los discípulos presten atención a sus propios comportamientos.

Es común en nuestra naturaleza humana el prestar mayor atención a lo que consideramos fallas en los demás, y desviar nuestra atención de la necesidad de hacer introspección y revisión de nuestras propias faltas. Esta actitud nos puede llevar a ser piedra de tropiezo para otros.

En la siguiente porción del evangelio vemos que Jesús advierte claramente: “A cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que lo echaran al mar con una gran piedra de molino atada al cuello” (v.42). Estas palabras de Jesús parecen estar diciéndoles a los discípulos que el problema no está en las personas externas al grupo, sino en ellos mismos.

Es muy probable que los primeros cristianos que recibieron este mensaje del evangelio de Marcos y nosotros, los cristianos del siglo XXI, podamos reconocernos a nosotros mismos en el sentido de competencia que vemos en los discípulos sobre quien puede usar el nombre de Jesús, o sobre quien está en lo correcto.

Las comunidades cristianas primitivas no estaban exentas de estas contiendas, especialmente en el contexto de las relaciones judeo-gentiles de la recién formada comunidad. Los cristianos de ese entonces discutían entre sí y buscaban reconocimiento o identificación con los líderes y apóstoles en el desarrollo de la obra misionera. Recordemos que Pablo confrontó a una comunidad que estaba en contienda tratando de definir quienes “eran de Pablo o de Apolos”. El apóstol responde con una declaración que aclaraba firmemente que Pablo era seguidor de Cristo y que los demás debían fijar también los ojos en Jesús y no enfocar sus energías en actitudes partidistas que deterioran la fe.

Jesús, en el evangelio de hoy, nos enseña que el dedo acusador y los partidismos en la vida de fe son tóxicos, y nos pueden distraer de nuestro llamado y convertirnos en piedra de tropiezo para otros. A veces, hasta nuestras mejores intenciones de corregir a los demás pueden tener consecuencias negativas para aquellos que están siendo corregidos, para nosotros mismos y para los que observan.

Cuando la Iglesia de Cristo enfoca sus energías en librar batallas internas de poder y autoridad en lugar de ser agente transformador de las estructuras injustas del mundo y agente reconciliador y proclamador del amor de Dios le hacemos daño, no solo al cuerpo de Cristo y al evangelio, sino también a aquellos que todavía no se han unido a Él.

La manera cómo nos conducimos como creyentes y como Iglesia debe dar testimonio del amor inclusivo y reconciliador de Dios. Nuestra manera de hablar sobre hermanos y hermanas de otras expresiones de fe, debe estar en sintonía con el amor del lazo perfecto que nos une, es decir, el Espíritu Santo.

Jesús hace una referencia sublime, pero radical, sobre los maduros y los jóvenes en la fe. Al decir “uno de estos pequeños”, Jesús se refiere a quienes han recibido el evangelio y están en las primeras etapas de su crecimiento en la fe. Esos son los que necesitan nuestra comprensión, apoyo y oración.

Aquellos que han crecido en la fe llevan consigo una gran responsabilidad como resultado de su relación con Dios, ya que otros los toman como ejemplos a seguir. Por eso, nuestras palabras o acciones pueden fácilmente servir de tropiezo para aquellos que están iniciando su vida cristiana. Es evidente que no logramos la madurez espiritual por nuestros propios méritos, sino por los méritos de Cristo. Nuestra vida en Cristo, y la madurez en la misma, es un proceso de constante crecimiento, que requiere mucha oración, comunión con Dios y la guía del Espíritu Santo.

El tomar actitudes descuidadas y arrogantes, como la de los discípulos en esta historia, tiene el potencial de crear daños irreparables en el Cuerpo de Cristo. En ocasiones, aquellos maduros en la fe o en la vida de la Iglesia actúan de manera tal que impiden el crecimiento de la misma.

¿Han escuchado la frase “es que siempre lo hemos hecho de esta manera”? A veces detenemos el progreso del evangelio y el crecimiento de la Iglesia al cerrarnos a una sola manera de ver las cosas. Como los discípulos, creemos que somos los únicos “autorizados” para ministrar. La lectura de esta semana nos invita a examinar cuáles son las piedras de tropiezo que tenemos como congregación y cómo tratamos a los nuevos creyentes que buscan en nosotros solaz, apoyo y un sentido profundo de comunidad.

La actitud inclusiva de Jesús nos sirve de inspiración y ejemplo. La hospitalidad radical a todos aquellos que proclaman el evangelio debe ser una práctica intrínseca en nuestras congregaciones. Este evangelio es un gran marco de referencia para todas las comunidades cristianas que buscan estar en relación con otras en sus sectores o vecindarios. El ecumenismo, que es el esfuerzo por restaurar la unidad de los cristianos, es decir, la unidad de las distintas confesiones religiosas cristianas históricas, puede ser de bendición para muchos pueblos.

Jesús nos brinda directrices de cómo acoger a otros creyentes. Nos invita a examinar nuestras debilidades y cómo estas pueden ser causa de tropiezo para otros. Nos advierte que aquellos maduros en la fe, han de velar por los pequeños y nos invita a asumir una actitud de hospitalidad radical que conlleva a un evangelismo encarnado.

Una comunidad de fe que practica la hospitalidad radical se abre a la acción del Espíritu Santo y siente un llamado a incluir a otros en el proceso de planificar, orar y trabajar para la expansión del reino. Es una comunidad que se apoya mutuamente en su peregrinar en la fe.

Una iglesia que practica la hospitalidad radical es una comunidad que entiende que no es solamente labor del sacerdote el acoger a los recién llegados y visitantes. Cuenta la historia de una señora que estaba pasando por un momento difícil en su vida; buscaba ese sentido de pertenencia y comunidad; su vida espiritual estaba seca y reconocía la necesidad de Dios. Entonces comenzó a visitar iglesias. Después de haber visitado las dos primeras y de haberse ido, al finalizar el servicio, sin que alguien se le acercara o le hablara, al visitar la próxima iglesia se sentó en el último banco y oró: “Solo pido, Señor, que alguien en esta iglesia me hable hoy”.

Tenemos el santo desafío de vivir una vida colectiva y personal que promueva la inclusividad y que acoja a todos aquellos y aquellas que buscan a Dios y a su Iglesia.

Que el Dios de la paz nos bendiga y nos guarde hoy y siempre.

 
 
 
 
 
 
 

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