Propio 21 (A) - 2017

October 1, 2017

El tema de la autoridad es central al evangelio de hoy. La autoridad no solo es parte integral de la sociedad en la que vivimos, sino también juega un papel importante en nuestras familias e inclusive en nuestras iglesias.  La autoridad es un reto para muchos y muchas porque es a la misma vez necesaria y mal utilizada.  ¿Alguna vez has conocido a alguien con problemas de autoridad? En este evangelio, los sumos sacerdotes y los ancianos se oponen a la autoridad de Jesús, y en la parábola, ambos hijos, desafían la autoridad de su padre.

Al hablar de problemas de autoridad, me incluyo, le incluyo a usted y reconozco que hasta las instituciones que nos gobiernan tienen problemas con la autoridad. Sin embargo, no estoy hablándoles de problemas de autoridad de la manera como generalmente entendemos esos problemas en nuestras vidas cotidianas. La pregunta que se nos presenta como obvia en el evangelio se refiere a si reconocemos y nos sometemos a la autoridad divina.

Tal vez nos sentimos confundidos con respecto a nuestro entendimiento y aplicación de lo que consideramos es la autoridad. A veces pensamos que se basa en credenciales y experiencia, muchos años de labor en la misma industria, años de educación, éxitos y logros, relación entre cónyuges, entre familiares, entre amigos e inclusive entre jefe y empleado. Asumimos que la autoridad viene de fuera de una persona y que se le es otorgada por sus circunstancias. Pensando de esta manera, algunas personas tienen autoridad y otras no la tienen. También y como adultos, a veces no nos gusta que nos enseñen, que nos corrijan o nos digan qué hacer y cuestionamos: “¿Quién crees que eres?” “¿Qué te da el derecho de decirme qué hacer?” O esta frase que usamos en la adolescencia: “¡Tú no eres mi jefe!”. Este cuestionar también lo escuchamos claramente en el desafío de los sumos sacerdotes y ancianos para con Jesús, “¿con qué autoridad estás haciendo estas cosas, y quién te dio esta autoridad?”

A través de la parábola de los dos hermanos, hijos del viñador, Jesús nos invita a considerar cómo reconocer nuestra propia autoridad. Hay en este ejemplo, un paralelo que a veces confundimos cuando se trata de la autoridad de Dios. A veces pensamos que Dios es nuestro jefe, el ser supremo en vez de pensar que Dios no es jefe, sino que Dios es Dios, nuestro creador. Cada día, Él nos invita a entrar a laborar a su viña. Cada día nos invita a ir al mundo en el que vivimos, y a actuar en ese mundo con autoridad justa y en Su nombre con los dones y talentos que nos ha otorgado. Esta manera de ejercer la autoridad con justicia es lo que los sumos sacerdotes y los ancianos no pudieron hacer y por lo cual Jesús retaba su autoridad como líderes religiosos en esa época. Ellos intercambiaron, por el poder humano, la autoridad dada por Dios. A veces, también nosotros y nosotras lo hacemos. Veamos no más lo que está sucediendo alrededor nuestro. Veámoslo en la ausencia de autoridad verdadera donde siempre habrá luchas de poder. En el ejercicio del poder cuidamos nuestros propios intereses, no obstante, en el ejercicio de la autoridad, miramos los intereses de los demás. Observemos el estancamiento de los sistemas políticos, las guerras que se viven en diferentes lugares del mundo. Miremos los conflictos que se presentan en nuestras propias relaciones. Estos conflictos son un ejemplo de poder mal utilizado, no de la autoridad. Nuestros líderes ejercen poder, pero muy pocos ejercen autoridad.

Pensemos en las personas que tienen autoridad en nuestras vidas, en la comunidad y en la iglesia. Algunas de esas personas dejan de lado sus propios intereses. No dominan ni controlan, al contrario, animan e inspiran. Esas personas inspiran fe, esperanza y confianza. Ellas también expanden el mundo, abren nuevas posibilidades y son un regalo de gracia para tantas otras personas. Nos ayudan a reevaluar nuestras vidas, cambiar nuestra manera de pensar, y vivir de manera diferente. Todo esto nos suena mucho como Jesús, y es muy diferente de aquellos que ejercen poder en vez de ejercer autoridad con justicia.

Hay personas en nuestras comunidades que no tienen posición de liderazgo, título o credenciales teológicas y, sin embargo, tienen una hermosa autoridad espiritual. Lo vemos en su compasión y dulzura. Lo oímos en la forma en que rezan. Lo sentimos en su amor por nosotros y por los demás. Estas personas también nos muestran el camino a la viña de la vida porque su autoridad viene de Dios. Dios comparte su autoridad con el pueblo de Dios. La autoridad que Dios comparte no es nada menos que sus propios atributos divinos; es la expresión y manifestación de la vida de Dios en y a través de la nuestra.

La autoridad compartida existe en nosotros y Dios lo manifiesta en nuestras carismas y dones. Esto significa que tenemos autoridad dada y compartida con Dios y por lo tanto es divina. Contrario a los sumos sacerdotes y autoridades en la época de Jesús, nuestro clero no tiene más autoridad que otras personas, sólo tienen autoridad diferente y diversa porque Dios da a cada persona dones y talentos particulares. Dios es generoso y extravagante con los dones que da y con la autoridad que nos comparte.

No hay persona sin autoridad, lo que sucede es que algunos reconocen y ejercen su autoridad y otros no. A algunas personas se les ha robado la autoridad, pero Dios conoce y ve la autoridad que nos ha otorgado y espera que nosotros lo afirmemos.  Terminemos haciéndonos estas preguntas: ¿Cuál es la autoridad que Dios le ha dado a cada uno de ustedes? ¿Qué dones, qué atributos divinos tiene usted? ¿Está compartiendo sus dones y autoridad? ¿Le dice usted a Dios que va a obrar por Él y no lo hace? Le dice usted a Dios que no va a obrar por Él, y termina haciéndolo?

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan