Propio 20 (B) – 2015

September 20, 2015

Todos sabemos que algún día vamos a morir. Es el orden natural de las cosas; nacemos, crecemos y morimos. Imaginemos por un segundo que tenemos la información del día y la hora exacta de nuestra muerte y que sentimos la responsabilidad moral de compartir esta información con nuestros seres queridos. Esta no ha de ser tarea fácil. El solo pensar en este escenario debe ser angustioso. Jesús conocía el propósito de su presencia en el mundo y la naturaleza de su sacrificio y muerte.

El evangelio de hoy es una combinación de la profecía del segundo anuncio de la muerte de Jesús y el relato de un conflicto entre los discípulos.

Al anunciar su muerte, Jesús también anuncia su resurrección. Los discípulos no entendían el mensaje que Jesús les trasmitía y tenían miedo de preguntar. Es muy probable que además de miedo de preguntar y recibir una aclaración sobre un tema tan nebuloso como es la muerte, los discípulos no quisieran asumir el concepto de derrota que implicaría la muerte de aquel que ellos entendían ser el libertador del pueblo judío.

Antes de la experiencia transformadora de la resurrección, los discípulos tenían un concepto humano del reino de Jesús. Consideraban al Mesías como un libertador que establecería un reinado terrenal el cual liberaría al pueblo del yugo del imperio romano. Sin embargo, la imagen de mesías que Jesús les presenta es la del siervo sufriente del profeta Isaías. La imagen de un siervo dispuesto a ofrecerse a sí mismo en sacrificio, lo cual, en términos humanos, parecía una derrota. Aparentemente al estar tan confundidos por las palabras de Jesús, los discípulos optaron por ignorar su declaración y no hacer preguntas aclaratorias al respecto.

Durante el camino hacia Cafarnaún, los discípulos discutían entre sí. Al llegar, Jesús les pregunta sobre qué discutían. Es curioso ver que los discípulos responden como cuando los niños no quieren decirles a los padres que han actuado mal. Los discípulos deciden permanecer en silencio, pero Jesús intuye la índole de su conversación. Es muy probable que en ese momento sintieran vergüenza ante Jesús.

Jesús sabía que estaban discutiendo entre sí sobre quién de ellos era el mayor. La discusión de los discípulos es clara evidencia de que hasta ese momento no entendían la naturaleza divina y redentora del reinado de Jesús.

Mientras Jesús tomaba el tiempo para prepáralos a enfrentar el sufrimiento y la confusión que estaba por venir, ellos estaban absortos en su deseo de poder, posición y autoridad.

¿Por qué estaban discutiendo sobre quién era el mayor? ¿Quizás porque Jesús solo llevó a Pedro, Santiago y a Juan a la montaña de la Transfiguración? ¿O, tal vez, porque Jesús, momentos antes, le había dicho a Pedro que sobre su confesión edificaría a la Iglesia? La realidad es que la raíz de argumentos como estos no se encuentra necesariamente en los hechos que suceden, sino en el corazón y el orgullo de quienes los viven. A veces, nos enfocamos en el ego, en el yo, todo se trata de nosotros, de conseguir las cosas a nuestra manera y nos olvidamos de lo que realmente es importante.

Con paciencia y compasión, Jesús se sentó, llamó a los discípulos y les dijo: “Si alguien desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos”. Esta declaración contradecía cualquier concepto de realeza que los discípulos se habían construido.

Y luego tomando a un niño en los brazos les dice: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a aquél que me envió” (v.37)..

Esta es una de las historias en las cuales Jesús está en desacuerdo con los discípulos y les enseña algo de manera demostrativa. Jesús les muestra que el mayor en el reino de Dios es aquel que sigue el ejemplo de Jesús y pone de lado las consideraciones mundanas de poder para convertirse en sirviente de los demás. El mejor ejemplo de humildad podemos encontrarlo en un niño. Si observamos a los niños interactuar, notaremos que no tienen pre-concepciones. Los niños tienen una ingenuidad que les permite abrirse a los demás de manera genuina, sin prejuicios o competencias maliciosas.

La humildad y el servicio son cualidades esenciales en el creyente. Jesús ejemplificó esta cualidad a través de todo su ministerio. Desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección, la vida de Jesús nos habla de humildad y entrega. San Pablo, en su carta a los filipenses en el capítulo 7, dice: “Haya, pues, en ustedes esta actitud (esta manera de pensar) que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.

Si Dios mismo, en la persona de Jesús, no escatimó su forma divina para salvarnos y reconciliarnos con Él, nosotros estamos pues llamados a poner nuestras actitudes egocéntricas a un lado y crear espacio en nuestros corazones y vidas para el servicio a Dios y a los demás. ¿Recuerdan la escena del lavatorio de los pies? Jesús en las últimas horas, antes de su pasión y muerte, les mostró a los discípulos con obras concretas en qué consiste el reino que vino a establecer.

Era costumbre que los esclavos o sirvientes lavaran los pies de los visitantes antes de las comidas. En los hogares que no tenían sirvientes, los anfitriones ponían vasijas de aguas disponibles para que los huéspedes se lavaran los pies y removieran el polvo que habían acumulado en el camino. Jesús tomando forma de siervo, lavó los pies de los discípulos en un acto de humildad. Tanto sus obras como sus palabras daban testimonio del carácter humilde de Jesús.

Estamos llamados a someter nuestras actitudes y comportamientos egocéntricos a Dios. Cuando aceptamos e interiorizamos la palabra de Dios en nuestras vidas e iniciamos el camino del discipulado, estamos afirmando el servicio a los demás. Decimos sí a una vida moldeada por la presencia del Espíritu.

Cuando doblegamos el “yo” y permitimos que Cristo reine en nuestros corazones entendemos que somos una pieza de un gran rompecabezas y que cada pieza es muy importante y esencial para formar el todo.

Las lecturas de hoy son un gran recordatorio de la necesidad de la humildad en el servicio a Dios. Si queremos ser líderes, debemos ser servidores y entregarnos a Dios, a su Iglesia y al prójimo con amor y dedicación, no buscando vanagloria, sino el bienestar de todo ser humano y la expansión del reino de Dios aquí en la tierra.

 
 
 
 
 
 
 

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