Propio 18 (B) – 2015

September 6, 2015

El mundo de hoy nos pide amor y creatividad para descubrir nuevas áreas y maneras de evangelización. En una de nuestras comunidades episcopales de Atlanta, Nancy, una feligrés de 64, encontró una nueva manera creativa de misionar dedicando una noche a la semana a cuidar niños pequeños mientras sus mamás estudiaban inglés, en un programa gratuito organizado por voluntarios de su parroquia. Nancy contaba que se hizo miembro de esta iglesia precisamente porque esta parroquia había abierto sus puertas para dar la bienvenida a la comunidad hispana. Vio ella que muchas mamás inmigrantes deseaban aprender inglés, pero sus escasos recursos y su dedicación al hogar no les permitían participar en el programa. El no poderse comunicar en inglés, sabía Nancy, limitaba la comunicación de estas mamás con el médico, con la escuela, e inclusive con sus propios hijos en su formación y en el apoyo que ellas debían ofrecerles en sus tareas escolares.

En su vejez Nancy no solo encontró ese sencillo y urgente ministerio para compartir su fe en donde tenía que salir de su cultura, de su lengua, de su comodidad, para ayudar a unas mujeres inmigrantes, sino que también encontró alegría, amor y sonrisas en esos pequeños que con el tiempo se robaron su corazón y se convirtieron en sus grandes amigos. Cada martes hacia las seis y media de la tarde ella llegaba con galletas hechas en casa a preparaba el salón y se disponía para su misión. Nancy consideraba a este ministerio como “el más valioso” que había hecho en su servicio a Dios y a la iglesia, ya que lo consideraba como una obra genuina de caridad y una manera de dar a conocer su fe episcopal. Lo que ella no sabía cuando decidió hacerse voluntaria para este ministerio, era que sería también el último ministerio de su vida. En una tarde del otoño del año pasado, llamó a la coordinadora de las clases de inglés para excusarse por su ausencia en el cuidado de los niños, debido a que se sentía un poco enferma de la gripe y no quería llevar este virus a sus amiguitos. Nadie iba a imaginarse que tres días más tarde Nancy moriría de una neumonía crónica.

El evangelio que compartimos hoy nos da una maravillosa lección de misión. Jesús sale de su tierra natal, Nazaret, y de su pueblo y cultura judía, para ir a misionar en un terreno extranjero a comunidad que en tiempos de Jesús era considerada pagana.

Esta misión que emprende Jesús es un tanto extrema, pues él busca presentar su propuesta del reino de Dios a un pueblo considerado sin fe, a través de una mujer. Es desde ella, desde su fe y encuentro con Jesús, desde donde El siembra las semillas de su reino, para hacer comprender tanto a su pueblo, como a los discípulos de ayer y de hoy, que su reino es para todos y que servir a Dios es servir a su creación, sin limitarse a un pueblo, a una cultura, a una religión.

Su reino no tiene límites, y ante sus ojos no hay ni pueblo escogido ni pueblo pagano, sino pueblo de fe, partícipe de la buena noticia de la salvación. Pues “hasta las migajas” de su amor pueden alimentar a aquel en necesidad de vida y de amor en abundancia.

Extrema también es su misión en el milagro que Marcos nos describe hoy en el caso del sordomudo. Este hombre, quien simbólicamente representa a un pueblo pagano, es sordoal mensaje y mudo para comunicar la buena noticia. Pero es desde él también donde Jesús llega a abrir, a hacer escuchar, a facultar a este joven y a este pueblo a la gran novedad de Dios. Una vez más, Jesús nos lleva a comprender en este hecho que en realidad cualquier pueblo está invitado a formar parte de la buena noticia y a proclamar su reino como lo pide él, con fe y convicción.

Es ejemplar ver a Jesús extendiendo su reino en el encuentro y contacto con pueblos y personas consideradas sin esperanza, sin posibilidad, olvidados y discriminados, paganos, “perros”.

La lección que nos da Jesús es que la evangelización debe ser un fruto de la compasión y de la caridad. En realidad, no hay ninguna otra forma de evangelización auténtica si no está unida al amor. Evangelizar es llevar la buena noticia del amor de Dios a una persona, a una familia o a un pueblo en necesidad del amor de Dios, y se debe ofrecer de manera gratuita y generosa, de tal manera que el que recibe la buena noticia, la reciba con alegría, fiesta y esperanza.

Para gloria de Dios el concepto de misión ha cambiado hoy. Si siglos atrás solo se consideraba que lo importante era pasar la fe a otros pueblos y culturas sin tener en cuenta los métodos, la manera de hacerlo, a veces recurriendo a la violencia, a la intimidación, el miedo, sabemos que hoy todo esto sería inaceptable. La evangelización de hoy es una evangelización no de doctrinas, ni credos, ni discursos. Lo que nos propone Jesús hoy es una evangelización de amor, de paz, de convivencia, de oración, de celebración y vida. La evangelización de hoy no es solo el un fruto de nuestro amor a Dios y a la fe que profesamos, sino también y tan importante, del amor al otro aquel que va a recibir la propuesta de Dios.

En el ejemplo de Jesús él no impone, pregunta; no maltrata, sana; no pide, da; no juzga, sino que afirma la fe que encuentra en el otro, como es el caso de esta mujer sirofenicia.

Para Jesús la evangelización se convierte en una fiesta del encuentro. Antiguamente se entendía que aquel a quien se evangelizaba era un don nadie, no tenía fe, no sabía nada, estaba equivocado y condenado por estar fuera del proyecto de Dios. Entonces el evangelizador tenía que comenzar de cero, enseñaba todo, no escuchaba sino que hablaba, decía, gritaba y a veces insultaba. El evangelizado recibía, memorizaba, pedía perdón, rechazaba su condición de vida anterior, su pasado, su historia y hasta su cultura y lengua. Así que ser evangelizado era sinónimo de negación del pasado y de sus raíces histórico-culturales.

Hoy la evangelización es un encuentro con el otro. El otro, como en el caso de la mujer de la narración de hoy, tiene fe, tiene dignidad, es alguien muy valioso también para Dios. El libro de los Proverbios, de nuestra primera lección, nos lo recuerda diciendo que todos somos creación de Dios: “El rico y el pobre tienen algo en común, a ambos lo hizo el Señor” (22:2), ambos tienen una gran necesidad de Dios, de recibir su gran noticia y proclamar su presencia en su historia, en su vida, en su pueblo.

Aún hoy, debemos aceptar, que muchas maneras de evangelización deben ser revisadas, ya que se sigue recurriendo al miedo, y a temas afines como el fin del mundo, la condenación y destrucción, el sentido de culpa y la maldición, como métodos eficaces de conversión. Se olvida que el método de Jesús es el del amor incondicional y del respeto; el de ayudar genuinamente al otro para que descubra un nuevo mensaje, una nueva vida en Dios que sana, restablece, y recrea nuestra comunicación con su Creador, con sus creaturas, con la naturaleza, y con la eternidad.

El acto evangelizador es un trabajo del Espíritu. Es el espíritu quien nos hace ver, nos hace sentir, y más importante aún, nos hace amar. El espíritu de Dios es quien despierta en nosotros un celo profundo y constante por la causa de Jesús, su reino. Este santo Espíritu nos hace despertar a la creatividad y a la novedad en la manera en que debemos evangelizar ya sea en África, en Asia, en Latinoamérica o en nuestras propias iglesias y congregaciones, tal como lo descubrió y lo hizo nuestra hermana Nancy.

Que sea el espíritu de Dios, su santo Espíritu, el que nos lleve a redescubrir en Jesús a nuestro modelo ejemplar de evangelización.

 
 
 
 
 
 
 

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