Propio 17 (B) – 2015

August 30, 2015

La Ley, o la obediencia a la misma, era tema de constante contienda entre los grupos religiosos del tiempo de Jesús. Los fariseos, saduceos y los escribas, -estos últimos conocidos por ser estudiosos de la Ley de Moisés-, era fervientes practicantes de sus creencias. Por los relatos del evangelio, observamos encuentros en los que los maestros de la ley buscan acorralar a Jesús y crear argumentos para acusarlo ante las autoridades por violar la ley de Moisés.

En la lectura del evangelio, vemos la escena en la cual los fariseos y algunos escribas viajan de Jerusalén a Cafarnaún con el propósito de encontrar a Jesús. Ellos observaron que algunos de los discípulos de Jesús comían sin antes lavarse las manos y cuestionaron a Jesús al respecto. Esto era considerado una violación de las prácticas religiosas judías.

En tiempo de Jesús, había reglas elaboradas con relación a los ritos de impureza. Si una persona había sido considerada impura por haber tenido contacto con algo considerado impuro, por ejemplo, con un animal muerto, la persona contaminaría alimentos sagrados, tales como los sacrificios entregados a los sacerdotes.

La contaminación de esta índole podría ser eliminada mediante un rito de baño por inmersión. Pero también se imponían, en ciertas circunstancias, lo que se conocía como formas menores de contaminación, o “contaminación de las manos”, en las que solo las manos, y no todo el cuerpo, se habían contaminado. Para que esta contaminación fuera eliminada no era necesario el rito del baño por inmersión, sino más bien el lavado de las manos. Como los sacerdotes entraban en contacto constante con las personas presentando ofrendas, finalmente se ordenó que todo judío, no solamente los sacerdotes, se lavaran las manos ritualmente antes de cada comida.

Este rito del lavado de las manos no era basado en prácticas de higiene, a pesar de que obviamente era práctico y prudente lavarse las manos y remover el polvo de las mismas antes de tocar los alimentos. Aunque las manos estuvieran limpias, tenían que ser lavadas como parte del cumplimiento de la ley.

Es en ese contexto en el que los escribas se escandalizan por la acción de los discípulos. Al no lavarse las manos su condición de “impureza” estaba en cuestionamiento. La respuesta de Jesús fue directa y asertiva. No cuestiona las tradiciones, sino que revela que ellos son hipócritas, que no están dispuestos a llevar la carga de la nimiedad legal que requería la tradición. Estos maestros de la ley no vivían lo que enseñaban.

Jesús los reta citando al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan es inútil, ya que la doctrina que enseñan son preceptos humanos” (v.6-7). “Ustedes descuidan el mandato de Dios y mantienen la tradición de los hombres” (v. 8). Y al hacer esto, Jesús expone públicamente un error cardinal en la vida religiosa de aquel entonces. Los maestros de la ley se aferraban tanto al cumplimiento radical de la doctrina y ritos que se alejaban de los preceptos divinos y, más aun, de Dios mismo.

Jesús contrarresta la posición de los maestros de la ley, abordando a la multitud y compartiendo una enseñanza práctica que provee una perspectiva espiritual con relación al tema expuesto. En la cuestión de la pureza, explicó Jesús, no se trata de lo que entra en el cuerpo del ser humano, sino que lo que sale de dentro del mismo. Lo que hace al ser humano impuro no es la falta de seguimiento a ritos establecidos por seres humanos, sino las bajas pasiones que nacen del corazón que no ha sido transformado mediante un encuentro con Dios.

En los versículos 21-23 del evangelio, Jesús cita una lista de características o acciones cuyo origen está en el corazón del ser humano y le contaminan. Todas estas acciones citadas por Jesús como agentes contaminadores del alma: robos, homicidios, avaricias, maldades, engaños, envidia, orgullo, etc., llevan a la autodestrucción tanto de los individuos como de la sociedad.

No se puede negar que la tradición es importante y que tiene el potencial de apoyar el desarrollo de la identidad de las instituciones religiosas así como también de los creyentes. Los ritos proveen el espacio adecuado para ayudarnos a acercarnos a Dios y expresar nuestra fe de manera externa y concisa. Estas prácticas religiosas nunca deben ocupar el lugar de Dios en nuestras vidas.

Hay muchos ritos que nos ayudan a desarrollar nuestra espiritualidad. En nuestra tradición, la liturgia, que es el trabajo del pueblo, está diseñada con un sin número de ritos, cuyo objetivo es recordarnos las enseñanzas de Jesús o dirigirnos a la adoración y alabanza a Dios. Cuando adjudicamos el lugar apropiado a los ritos y tradiciones podemos beneficiarnos grandemente y crecer espiritualmente. Sin embargo, es de suma importancia el entender las raíces de nuestras tradiciones, la razón por la cual realizamos ritos religiosos y mantener nuestro enfoque en Dios.

Por ejemplo, cuando hacemos la señal de la cruz antes de la lectura del evangelio, estamos invitando a que Dios bendiga nuestra mente para que comprendamos su palabra, bendiga nuestros labios para proclamarla y bendiga nuestro corazón para interiorizarla. Otro ejemplo, es el uso de la vela pascual, la cual simboliza la luz de Cristo en el mundo.

Estas y muchas otras prácticas forman parte de nuestra identidad religiosa y a la vez son solo un aspecto de nuestra religión. En la epístola de hoy, Santiago explica claramente que la verdadera religión consiste en obrar de tal manera que nuestras obras reflejen el estado de nuestra alma. Santiago nos exhorta a ser oidores y cumplidores de la palabra. Existe gran diferencia entre participar en ritos religiosos y vivir una vida de fe.

Hoy se nos invita a vivir la fe de manera genuina y activa. El asistir a las celebraciones litúrgicas es un aspecto importante de nuestro caminar en la fe, así como lo es también el obrar de manera misionera, haciéndonos presentes en la vida de aquellos que son menos afortunados que nosotros. El visitar a los huérfanos, confortar a las viudas, participar en los ministerios de alcance social que se realizan en nuestras iglesias y comunidades son maneras en las cuales ponemos en práctica nuestra fe.

Además de expresar la fe a través de obras concretas ayudando a los demás, la epístola hace referencia a un aspecto importante de nuestra vida espiritual y esto es el dominio propio. En el versículo 19, Santiago nos exhorta que seamos “veloces para escuchar, lentos para hablar y para enojarnos”. Santiago hace referencia a la necesidad de rechazar toda inmundicia y recibir con humildad la palabra implantada, la cual es poderosa para salvar almas. Las inmundicias mencionadas en la epístola podrían bien ser descritas como las citadas por Jesús en el evangelio, las cuales contaminan el alma del ser humano.

Preguntémonos pues: ¿A qué tradiciones nos aferramos al punto que nos olvidamos de Dios y del mensaje principal del evangelio? ¿Cómo podemos regocijarnos en los ritos sacramentales de nuestra iglesia y mantener la mirada puesta en Dios? ¿Cómo podemos vivir la fe de manera concreta y genuina? ¿En qué ministerios provistos por la Iglesia podemos ejercer los aspectos prácticos de nuestra fe en la ayuda a los demás?

Que Dios, el protector de nuestras almas, nos bendiga y nos guarde hoy y siempre.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto