Propio 16 (B) – 2015

August 23, 2015

En la lectura del evangelio Jesús señala que su cuerpo y su sangre son alimentos de vida eterna. Esta porción del Evangelio de Juan viene inmediatamente después del relato del milagro de la alimentación de los cinco mil y como parte de la conclusión del conocido discurso del pan de vida. Este es el único milagro, además de la resurrección de Jesús, que se encuentra citado en todos los evangelios. Este milagro muestra a Jesús supliendo la necesidad humana más básica, utilizando elementos ordinarios como el pan y unos peces, en la realización de un acto extraordinario como lo fue la alimentación de una multitud.

Jesús utiliza imágenes cotidianas para trasmitir mensajes profundos. En esta ocasión, enseñando en la sinagoga en Cafarnaún, Jesús hace referencia y se compara a si mismo con el maná que recibieron los judíos durante su peregrinar por el desierto después de la liberación de Egipto. La historia de la liberación de Egipto y la presencia de Dios durante esa etapa de la vida del pueblo de Israel fueron y continúan siendo elementos relevantes que moldearon la identidad de ese pueblo y su relación con Dios.

Muchos judíos creían que el Mesías iba a renovar la provisión de maná que sus ancestros comieron en el desierto. El maná era un símbolo del favor y la presencia de Dios en la historia y fe de este pueblo. Esto explica la reacción de escándalo que mostraron los que estaban presentes en la sinagoga al escuchar a Jesús compararse a sí mismo con el maná y, más aún, el declarar que Él mismo era el pan descendido del cielo, no perecedero como el que habían comido sus ancestros.

Algunos tomaron las palabras de Jesús de manera literal y el evangelio señala que muchos seguidores de Jesús se sintieron incomodos y se apartaron de Él debido a esta enseñanza. Una vez alguien dijo que Jesús predicó un evangelio que “conforta al afligido y aflige al que está cómodo”.

Miles de años después, las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (v.56) no son motivo de escándalo, sino más bien de inspiración para todos aquellos que creen en la presencia real de Jesús en el sacramento del pan y del vino. Además, son palabras que nos confortan y que a la vez nos invitan a salir de nuestra zona de confort y a llevar ese pan de vida al mundo que nos rodea.

Al entregar su cuerpo y sangre en sacrificio para darnos salvación eterna, Jesús también nos invitó a celebrar el memorial de su muerte y entrega durante nuestro peregrinar terrenal. Cuando nos reunimos para la celebración eucarística, recordamos la mayor expresión de amor que Dios nos ha mostrado: la encarnación, muerte, pasión y resurrección de Jesús, nuestro Salvador.

La eucaristía es el sacramento mandado por Jesús a su Iglesia. Los elementos del pan y del vino son signos externos de una gracia interna y espiritual. Esa gracia es la conexión y relación con Dios que tenemos mediante el ministerio de reconciliación de Cristo, la cual nos trae salvación eterna. Así como Jesús vive por el Padre, nosotros vivimos por Él.

San Agustín definió los sacramentos como “palabras visibles”. Palabras que hablan del amor y el perdón de Dios. Cuando recibimos la comunión, renovamos nuestra entrega y peregrinar con Jesús, recibimos fuerzas para llevar a cabo la misión de amor y reconciliación que nos ha sido encomendada como seguidores del Maestro de Nazaret.

Las oraciones de post-comunión hacen usualmente referencia al impacto que recibimos al consumir los sacramentos. Además de ser una oración de acción de gracias por el alimento espiritual, acción de gracias por la seguridad de que en esos santos misterios somos reafirmados como miembros del cuerpo de Cristo, también es una petición a Dios para que nos equipe y nos envíe al mundo en paz, con alegría y sencillez de corazón, para amar a Dios y servirle en los demás, siendo testigos fieles de Cristo.

El consumir el sacramento de manera regular es una invitación divina a vivir una vida sacramental. Estos santos misterios nos nutren de manera profunda y nos transforman constantemente, renovando nuestro espíritu y haciéndonos uno en Cristo.

¿Qué es pues vivir una vida sacramental? Es el crecer en la estatura de Cristo, llevando nuestra fe a la vida cotidiana. Es crecer en nuestro discipulado. Es invitar al Pan de vida a infundir vida en todos los aspectos de nuestra vida. Al vivir una vida sacramental, llevamos el mensaje de salvación con nuestros labios y acciones no tan solo entre las paredes de nuestras comunidades de fe, sino también en el vecindario donde está ubicada la iglesia, en el sector donde vivimos, en nuestros trabajos, escuelas y en todos los lugares en los cuales interactuamos. Una vida sacramental es aquella en la cual la presencia real de Cristo, a través del Espíritu Santo, guía nuestros pensamientos, decisiones y por ende nuestras acciones.

Al vivir una vida sacramental, nos abrimos a permitirle a Dios el usarnos como medios de gracia mediante los cuales otras personas puedan recibir a Cristo.

A nivel comunitario, vemos como en los últimos años las iglesias están despertando cada vez más a la realidad de llevar el “Altar a la calle”, de compartir los sacramentos con el mundo. Hoy en día vemos ejemplos concretos de esta práctica. Por ejemplo, el Miércoles de Cenizas muchos clérigos y lacios salen a las estaciones de tren, a las plazas y a las afueras de edificios gubernamentales a compartir el mensaje del inicio de la semana santa y se comparten las cenizas con el pueblo de Dios. La celebración de la eucaristía se realiza no solo en nuestros templos, sino también en hogares y plazas. El poder transformador de la vida sacramental tiene la habilidad de impactar de manera positiva al mundo que nos rodea y traer el sentido de lo sagrado a un mundo hambriento de esperanza y de reconciliación.

A nivel personal, la vida sacramental nos llama a una relación más íntima con Dios. Una relación fomentada por la oración, la meditación y la acción.

En el Evangelio de Juan, la eucaristía es presentada como una manera de entrar en ese aspecto profundo y enriquecedor de la vida eterna. La eucaristía no se trata solamente de la experiencia interna individual o de la experiencia del culto comunitario. Es mucho más que eso. Se trata de una transformación de quienes somos en lo más profundo de nuestro ser al ser guiados y nutridos con el poder de vida abundante Cristo Jesús.

A través de la eucaristía establecemos comunión con Dios y con los santos. Establecemos una unión espiritual con los creyentes de la Iglesia triunfante, aquellos que ya se han encontrado con el Señor, y la Iglesia militante, nosotros que todavía estamos en nuestro peregrinar de fe en esta vida terrenal. Nos convertimos en parte de la obra reconciliadora de Dios con el mundo, trabajando en el establecimiento del reino en la tierra. Al consumir su cuerpo y sangre nos hacemos uno con Él. Por la eucaristía, Dios establece y mantiene una relación vivificadora con nosotros.

Durante la celebración de la eucaristía, usualmente el celebrante o la celebrante dice las palabras: “Los dones de Dios para el pueblo de Dios… tómenlos en memoria de que Cristo murió por ustedes y aliméntese de Él en sus corazones por fe y con agradecimiento”.

Tenemos mucho por lo cual estar agradecidos. La encarnación de Dios en Jesús y la intervención de Dios en la historia del mundo y en nuestra historia personal son motivos de acción de gracias y fe. La próxima vez que recibamos el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, meditemos en las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (v. 56). Permanezcamos en comunión con aquel que dio su vida para darnos salvación.

 
 
 
 
 
 
 

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