Propio 12 (B) - 2018

July 29, 2018

La abundancia de Dios en nuestras vidas a veces nos toma por sorpresa. La presencia de Jesús se manifiesta de muchas maneras. Escuchamos en la versión de San Juan Evangelista sobre el milagro conocido como la multiplicación de los panes, que también incluye los dos peces que traía un niño. Este milagro, relatado con pequeñas diferencias en los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) ofrece testimonio del poder infinito de Dios revelado en Jesús. Es el Dios Creador de todo lo visible e invisible, quien en todo tiempo y lugar provee lo necesario para el crecimiento y preservación de la humanidad y que tiene poder para ofrecer sustento a todos los que lo necesiten, muchas veces partiendo de lo que parecería muy poco, como lo fueron cinco panes y dos peces. La abundancia de Dios es su providencia encarnada en Jesús, que muestra su naturaleza divina al mundo.

En este Evangelio vemos que el milagro va más allá de la muestra del poder y de la compasión de Dios. En el cuarto verso del pasaje escuchamos que la Pascua judía se aproximaba. Jesús, como judío devoto, celebraba fielmente esta fiesta, que conmemora la última cena del pueblo de Israel antes de ser liberado de su esclavitud en Egipto. Para los cristianos, la fiesta Pascual tiene como uno de sus puntos centrales la última cena de Jesús antes de su crucifixión, muerte y resurrección, la cual nos liberó de la esclavitud del pecado y de la muerte. Recordamos que durante la última cena Jesús estableció el sacramento de la Santa Comunión, mediante el cual Jesús es dado al pueblo como alimento espiritual en el pan y en el vino.

Esta multiplicación de panes y peces ubicada dentro del contexto Pascual judío también dirige nuestra mirada y atención al sacramento de la Santa Comunión. La Comunión es un banquete en el cual el alimento espiritual se ofrece al pueblo presente. ¿Quién es digno de ser invitado a sentarse en la mesa y a ser servido? Con mucha frecuencia se le da más importancia a quien puede o no acercarse a la mesa del Señor y no al amor de Jesús ofrecido libremente en su cuerpo y su sangre para el sustento espiritual del pueblo de Dios en la Santa Eucaristía. Lo que sucede algunas veces durante la Santa Comunión es que pocos son los escogidos para recibir este santo sacramento, lo cual es muy lamentable.

Escuchamos en el pasaje de hoy que, “mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos.” Al caer la tarde Jesús les ofreció lo que le presentaron: el alimento de los cinco panes y los dos peces que traía un niño. Todos, sin exclusión, fueron invitados a sentarse a cenar. Se les dio por igual hasta que el pueblo reunido estuvo completamente satisfecho. No hubo reparo en si de pronto alguien era de la misma religión de Jesús, o si había alguien que fuera divorciado, o casado o no, o si pagaba impuestos o diezmos o no, o si había confesado sus pecados o no. Lo único que necesitó esa multitud fue el estar presente, el estar con Jesús, el dedicarle su tiempo a Jesús, el confiar y tener fe en Jesús. La fe de ellos fue tan grande que lo siguieron, con toda su atención y devoción, y no se dieron cuenta que era tarde y que no tenían nada para alimentarse fuera de las palabras de Jesús. El pueblo reunido no le pidió alimento, fue Jesús quien tomó la iniciativa, quien los vio, se compadeció de ellos y los alimentó con el pan y el pescado.

Este es el mismo Jesús que se nos ofrece como alimento espiritual a todos y a todas en la Santa Cena. Somos llamados y llamadas a la mesa para compartir con nuestras hermanas y hermanos el alimento espiritual que proviene del amor de Cristo hecho tangible en el pan y en el vino. Nosotros solo estamos llamados a seguir a Jesús como esa multitud lo hizo. Somos llamados y llamadas a confiar en su dirección y en su voluntad para ser salvados y para formar una comunidad de fe. Todo creyente tiene necesidad de Jesús. Sabemos que por su bondad y compasión divina Él abrió las puertas hasta a los que no reconocían tener necesidad de la presencia sanadora y redentora de Jesús. Esto incluye a las personas marginadas, pecadoras y a los que son alienados por la sociedad. Recordemos que el alimento espiritual es para todo el mundo. Jesús se inclina y nos dice: “tú, si tú, ven a la mesa, ven y toma todo lo que necesites hasta que estés satisfecho, hasta que estés satisfecha.”

Después de alimentar al pueblo, Jesús ordena a los discípulos a que recojan “los pedazos sobrantes para que no se desperdicie nada.” Podemos usar nuestra imaginación sagrada para reconocer que Jesús provee tanto, que hasta sobra de lo que él nos da. Esa abundancia es parte de la gracia divina ofrecida libremente a la creación de Dios. La generosidad que proviene de Dios nos enseña a recibir con regocijo y gratitud, y a la vez ofrecerle al mundo de nuestra propia generosidad.

Viendo el pasaje en su totalidad, nos damos cuenta de que todos y todas somos convidados a la mesa de Jesús, a participar de la Santa Cena que Él nos ofrece. Jesús pidió ayuda de Felipe y los demás discípulos, del niño, y de los que ayudaron a repartir y a recoger una vez terminada la cena. Así mismo, nos invita a participar y a ayudar a traer a toda persona a presenciar el amor reconciliador y sanador de Jesús. La Santa Eucaristía no es un evento privado, a Jesús le siguieron más de cinco mil personas a un campo abierto para escuchar y presencia los milagros de su amor y de su gracia divina.  Hagamos como Jesús, abramos nuestras almas y las puertas de nuestros templos a toda persona que quiera participar y aprender a compartir el amor, la compasión, el pan y el vino que nos redimen y nos dan vida.

 
 
 
 
 
 
 

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