Pentecostés 24 (A) - 15 de noviembre de 2020

November 15, 2020

Se acerca el final del año eclesiástico. El próximo domingo, en el marco de la fiesta del Reinado de Cristo, llegaremos al culmen de un caminar de vida espiritual en medio de un tiempo completamente inédito en la historia contemporánea. Hemos completado un ciclo más reflexionando en la vida y obra de Jesús, y en nuestra forma de configurarnos con él. Es hora de hacer síntesis, de evaluar lo que este año ha significado.

Las lecturas del domingo pasado exhortaban a estar preparados para la inminente venida del Señor; los textos de hoy insisten en ello: “porque el día del Señor está cerca… Castigaré entonces a la gente que se siente tranquila” (leímos del profeta Sofonías); “el día del regreso del Señor llegará cuando menos se lo espere, como un ladrón que llega de noche… ” (escuchamos de San Pablo en la carta a los Tesalonicenses) y por su parte, el evangelio de Mateo, nos habla del fruto o resultado de haber trabajado los talentos confiados a nosotros por Dios. De esta forma, el próximo domingo, reflexionaremos sobre el Juicio final y sobre los criterios de dicho juicio. Los tres domingos están profundamente conectados y conducen a un culmen, a un punto álgido: Cristo resucitado/glorificado vendrá y daremos cuenta de nuestra vida, de cómo fue vivida y de los frutos dados.

Esto lo narra el evangelio de Mateo por medio de la conocida Parábola de los Talentos, que en la verisón que escuchamos hoy se traduce como monedas: “A uno de ellos le entregó cinco mil monedas, a otro dos mil y a otro mil”. Es difícil que una traducción se compadezca con la equivalencia en dinero del contexto de los destinatarios del evangelio; y es que, en realidad, es muy difícil hacer una traducción medianamente acertada o aproximada según los valores en el Imperio Romano del siglo I (de ahí que algunas traducciones empleen otras expresiones pedagógicas como millones de monedas, monedas de oro, etc.). Hablar de miles de monedas ayuda a comprender que se trata de una gran cantidad, pues seguramente leer que son “cinco”, “tres” y “un” talento -las equivalencias del texto original-, podría inducirnos a pensar que se trata de poco dinero. Para entender el mensaje es necesario explorar a cuánto podría equivaler un talento, o cinco, hoy día.

El talento es una moneda de la antigüedad, equivalía a unos 34 kilos de oro o a 6.000 denarios (un denario era el salario de un día). Lo que quiere decir que cuando el jefe confió un sólo talento a su empleado, realmente le estaba confiando mucho: 6.000 días de sueldo, es decir, unos 197 meses de trabajo, más de 16 años (sin descanso, incluyendo domingos y festivos). Habría que hacer el ejercicio de pasar estas equivalencias a pesos, dólares, euros o cualquier moneda local, para dar la justa dimensión al texto. Esto quiere decir que al que menos se le dio, se le entregó una fortuna, y que a los demás, les encomendó muchísimo más: el equivalente a 49 y 82 años de trabajo ininterrumpido, respectivamente. Una vida entera de esfuerzo y ahorro.

Así las cosas, el dueño no puede menos que molestarse con quien no puso a fructificar todo ese dinero. Así como se alegró y felicitó a quienes le recibieron con muchos frutos tiene que reclamar a aquél que fue irresponsable y desperdició la oportunidad de multiplicar lo recibido. Sólo quienes lo pusieron a producir recibieron también las ganancias por parte del jefe.

Esto debe llamar la atención. ¡Todos hemos recibido mucho! ¡todos!. Ningún cristiano, ni si quiera en tiempos de pandemia, puede presentarse ante el Señor, al culminar este año, simplemente diciendo: “Señor, yo sabía que usted es un hombre duro, que cosecha donde no sembró y recoge donde no esparció. Por eso tuve miedo, y fui y escondí su dinero en la tierra. Pero aquí tiene lo que es suyo.” No podemos conformarnos simplemente con decir que cuidamos muy bien de los talentos que nos fueron dados; si éstos no rinden su fruto en medio de esta realidad dramática que estamos viviendo, simplemente de nada sirvieron, fueron desperdiciados y el Señor preguntará por ello. Y es que los talentos deben multiplicarse. Cuestionémonos: si hoy viniera el dueño de los talentos a pedirnos cuentas ¿Cuál sería nuestra respuesta? En efecto, va terminado este año eclesiástico y en cualquier momento llega el jefe y habrá que dar esa respuesta.

Afortunadamente, estamos en el campo de trabajo y estamos a tiempo, y como bautizados tenemos una ventaja: somos hijos de la luz, dice San Pablo: “Pero ustedes, hermanos, no están en la oscuridad, para que el día del regreso del Señor los sorprenda como un ladrón. Todos ustedes son de la luz y del día”. Como cristianos estamos llamados a estar listos siempre; que nuestro actuar sea como señala el apóstol: claro, radiante, de luz en un mundo gobernado por las tinieblas, envuelto en la oscuridad, en la enfermedad, la desesperanza, el temor, la angustia y el sinsentido. ¿En medio de qué signos de oscuridad estamos llamados a ser luz?

Tenemos mucho porque mucho nos ha sido dado. Dios no es un Dios tacaño a la hora de colmar de dones a sus hijos, luego asimismo se nos exigirá: "Porque al que tiene, se le dará más, y tendrá de sobra; pero al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará". En medio de un año lleno de vicisitudes y tantas dificultades, con vecinos necesitados, empresas quebradas, hambre, depresión… todos tenemos mucho por aportar, mucho por hacer. ¿Nos vamos a presentar con las manos vacías? ¿vamos a desperdiciar tanta luz, tantos dones, tanta vida dada?

Que al llegar el final de este ciclo podamos evaluar y hacer síntesis y, si es necesario, podamos tomar las acciones necesarias para que nuestro talento (o talentos) comiencen a multiplicarse para hacer realidad el Reino de paz, amor y justicia, con el que sueña el dueño de la viña.

El Rvdo. Dr. Richard Acosta Rodríguez es presbítero en la Misión San Benito, en la Diócesis de Colombia; es docente e investigador en el campo de la Ecoteología bíblica. Es formador en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis y editor en Sermones Que Iluminan.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan