Pentecostés 23 (A) - 8 de noviembre de 2020

November 8, 2020

QUE LA LÁMPARA DE NUESTRAS BUENAS ACCIONES NOS GUÍE AL ENCUENTRO CON DIOS Y LA RECONCILIACIÓN CON LOS HERMANOS

A largo de nuestras vidas seguramente hemos pasado por momentos difíciles y, para muchos, este año 2020 estará presente entre las cuentas; a pesar de todo, en cada uno de esos momentos, ha habido algo que nos mantenido vivos, que nos ha hecho seguir adelante, que nos ha levantado a pesar de todo; este algo es la esperanza. Confiamos, más aún, tenemos la certeza de que las cosas pueden cambiar, que hay un futuro en el que todo puede ser mejor y que no hay que sentir temor de seguir hacia adelante porque esa esperanza nos anima a asumir con coraje el día a día. Pues bien, esa esperanza es el tema central de la reflexión del día de hoy. 

El texto de la Carta a los Tesalonicenses, que acabamos de escuchar, nos habla de lo que sucede después de la muere, lo que hay que esperar luego. Muchos de nosotros hemos perdido a alguien conocido este año, alguien lejano o cercano, tal vez un ser querido que partió de este mundo por razón del coronavirus u otra enfermedad y, seguramente, nos hemos preguntado: y después de la muerte ¿qué? Pues la carta que leímos claramente nos señala que: “Así como creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Dios va a resucitar con Jesús a los que murieron creyendo en él”.

Así es. Como cristianos tenemos esa certeza de fe: si nosotros creemos en Cristo resucitaremos con él, viviremos para siempre; ésa es nuestra mayor esperanza, que la muerte no es como el silbatazo final de un partido de fútbol, baloncesto, o béisbol, sino la transición a un futuro de eternidad. Otra manera de expresar esta esperanza podría ser la certeza que tenemos de que Dios siempre va a estar con nosotros, es decir, que es fiel y que si prometió que siempre estaría a nuestro lado y nos dio su Espíritu en el bautismo, él está en nosotros. Dios es el primero en ser fiel, así nosotros flaqueemos y no demos la misma respuesta.

La muerte, cosa extraña ¿no? Decían algunos filósofos que la muerte es aquella amiga que siempre está a la puerta esperando para salir a nuestro encuentro, y cuando entra a vernos nosotros ya no estamos. Y es que nadie sabe cuándo va a morir, del mismo modo que nadie sabe cuándo llegará la vida eterna cuando veamos a Dios cara a cara. Por eso el texto del evangelio el día de hoy nos invita a estar atentos a la venida del Señor y, para este fin, nos presenta la escena de diez muchachas o doncellas que esperaban al novio para celebrar la boda. Dentro de este grupo, cinco eran despreocupadas y cinco previsoras; las primeras no llevaron aceite suficiente, de forma tal que cuando llegó el novio las lámparas estaban apagadas; las otras muchachas, las previsoras, sí llevaron aceite suficiente, por ello cuando el novio llegó las encontró con las lámparas encendidas. Las previsoras fueron con el novio a la fiesta, las otras fueron a buscar aceite y cuando regresaron ya no pudieron entrar.

Hermanos y hermanas, en el contexto que estamos viviendo este texto cobra un sentido muy especial; como lo hemos dicho, muchos de nosotros no pensábamos que algunos familiares o amigos fueran a morir pronto, sin embargo, partieron a la presencia de Dios. Y ¿qué sucede si no estamos preparados para ese día? confiamos en la misericordia de Dios, pero ¿qué tal que no estemos nosotros listos para irnos al encuentro con Dios? Hoy el mensaje de la Sagrada Escritura, más que llamarnos a tener miedo por un posible fin del mundo, nos llama a estar preparados, momento a momento, para ir al encuentro del Señor.

Entonces ¿qué aceite debemos tener preparado para nuestras lámparas?, ¿cómo debemos estar dispuestos para este encuentro con Dios? La respuesta a estas preguntas nos la brinda el texto del profeta Amós que escuchamos en la primera lectura: “Odio y desprecio las fiestas religiosas que ustedes celebran; me disgustan sus reuniones solemnes […]. Pero que fluya como agua la justicia, y la honradez como un manantial inagotable”. Dios no quiere que nos centremos en ofrecer un culto -quizá participar de la eucaristía y otros ritos sacramentales, o ir a reuniones para meditar la Palabra y orar- si esto no va acompañado de acciones de justicia y honradez para todos aquellos que nos rodean.

Ir a la Eucaristía puede ser muy fácil, acudir a un templo para orar es sencillo, darnos la paz con personas a quienes vemos cada ocho días en la iglesia es una acción muy fluida; pero salir del templo, y seguir siendo cristiano en el trabajo o el hogar, buscando acabar con los odios, las envidias, las discriminaciones y la deshonestidad, es difícil. Pues Dios solamente aceptará nuestro culto, nuestra oración, nuestras celebraciones litúrgicas si van precedidas por este tipo de acciones. Ser cristiano no es fácil, implica un reto y una tarea, pero es posible. 

Hoy Dios nos plantea la oportunidad de revisar cómo estamos, en qué áreas de nuestra vida requerimos convertirnos; la oportunidad de volver nuestro rostro ante el Señor y transformar nuestras relaciones con aquellos con quienes convivimos. Ser cristianos, ser episcopales, no es simplemente una referencia a la forma en que oramos, es también una referencia a la forma en que vivimos nuestra fe en relación con nuestros hermanos, incluso con aquellos de otras iglesias o religiones. Ser cristianos implica amar a todos aquellos que tienen un color de piel distinto al nuestro, que nacieron en otro país, qué tienen una filiación política distinta a la nuestra e incluso que no creen en lo que nosotros creemos.

Si amamos al prójimo, si tenemos la certeza de que esta vida en la tierra es la preparación para la vida eterna, entonces estamos preparados para ir al encuentro con el Señor; somos como aquellas muchachas previsoras con aceite suficiente en nuestras lámparas para iluminar el camino en medio de la noche. Hermanos y hermanas, hoy la palabra de Dios nos anima a que la lámpara encendida con el aceite de nuestras buenas acciones, trabajando por la justicia, la paz y la reconciliación, ilumine a todos aquellos que no tienen fe y que han perdido la esperanza. Pidámosle a Dios, el día de hoy, que nuestra esperanza, fe y amor sean contagiosos de tal forma que más y más personas se animen a seguir a Dios. Así sea.

El Rvdo. Nelson Serrano Poveda, es Presbítero en la Diócesis Episcopal de San Joaquín y Misionero Hispano de la misma Diócesis. Psicólogo de la Universidad Nacional de Colombia, y Master of Arts in Religion de Trinity School for Ministries.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan