Pascua 4 (A) – 2014

May 11, 2014

Oremos:

Dios, concédeme la gracia para aceptar con serenidad las cosas que no puedo cambiar,
el valor para cambiar las cosas que deban ser cambiadas,
y la sabiduría para distinguir las unas de las otras.
Viviendo un día a la vez;
disfrutando un momento a la vez;
aceptando las adversidades como un camino hacia la paz.
Aceptando este mundo pecador, así como Jesús lo hizo,
tal y como es, y no como me gustaría que fuera.
Con la certeza que Tú harás que todas las cosas estén bien si yo me entrego a tu voluntad;
de modo que pueda ser razonablemente feliz en esta vida
e increíblemente feliz Contigo para siempre en la siguiente. Amén.

Muchos conocemos la primera parte de esta oración y la llamamos “ORACION DE LA SERENIDAD”. Sin embargo, pocos conocen la forma completa de esta oración –la que acabamos de realizar-, y que fue compuesta por el teólogo norteamericano Karl Paul Reinhold Niebuhr.

Esta oración es especialmente significativa puesto que, el día de hoy, habremos de reflexionar sobre Jesús como el Buen Pastor, pero desde la perspectiva del pensamiento espiritual de santa Juliana de Norwich. ¿Quién fue esta santa mujer? Es muy posible que pocos de ustedes hayan escuchado de ella, pero el día de hoy quiero presentárselas a todos ustedes. De hecho, el calendario litúrgico de nuestra Iglesia, dedica el 8 de mayo como el día para la conmemoración de esta santa mujer.

Juliana de Norwich es muy conocida por una frase famosa que dice: “Todo estará bien, y todo estará bien, y todo tipo de cosas estarán bien”. Si comparamos la oración de la serenidad con esta última frase, encontraremos que ambas hablan de lo mismo… la procura de paz interior. Jesús, como buen pastor nos ofrece esta paz cuando dice, “pero yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.

¿Quién fue Juliana de Norwich? Nació en Inglaterra alrededor de 1342 y aproximadamente murió en 1416. Juliana fue una anacoreta, es decir, una ermitaña –los ermitaños o anacoretas son personas que deciden alejarse del mundo para dedicarse a totalmente a la oración y a Dios-. El día de hoy, Juliana es considerada como una de las místicas cristianas más importantes de la historia.

Ella pudo haber provenido de una familia privilegiada que vivió en Norwich, o en sus cercanías. Tenía 30 años cuando, muy probablemente, fue afectada por la plaga negra. De hecho, este detalle es muy importante; durante el siglo14, y la primera mitad del siglo 15, Europa sufrió de esta gran epidemia. Se calcula que entre el 30 y el 60 por ciento de la población europea murió durante esta época. Durante estos mismos años, la doctrina oficial de la Iglesia mantenía una sospecha enorme sobre la naturaleza humana y su enseñanza oficial se concentraba en los conceptos de pecado y castigo. Con esto, la misma Iglesia justificaba la plaga como una condena automática debido a la maldad del ser humano. Dios estaba castigando a la humanidad.

Juliana era una mujer de fe profunda y desde muy joven ella oraba a Dios para llegar cerca de la muerte y recibir el santo sacramento de la unción. Creía que el sacramento de la unción dispensaba una gracia santificante especial que fortalecía el cuerpo enfermo y espiritualmente facilitaba el proceso de la muerte. Con esto, por años, ella pidió experimentar este momento. Parece que su oración fue escuchada puesto que a la edad de 30 años cayó gravemente enferma. Según algunos estudiosos consideran que Juliana pudo haberse convertido en anacoreta debido a su enfermedad, y lo hizo como manera de ponerse en cuarentena aislándose del resto de la población. Su enfermedad llega al punto que la santa unción le es administrada. Entonces sucede algo maravilloso: en la crisis de su enfermedad, una tarde, recibe quince revelaciones de Cristo mismo. Ella describe que el cielo se le abre y contempla a Cristo en su gloria. Es ahí donde ve el significado y el poder de sus sufrimientos. En su décimo tercera visión, Juliana recibe una respuesta reconfortante respecto a la naturaleza humana y escribe:

“Pero Jesús, que en esta visión me informó de aquello que me es requerido [para obtener la salvación], respondió con estas palabras y dijo: ‘Era necesario que existiera el pecado; pero todo estará bien, y todo estará bien, y todo tipo de cosas estarán bien. Estas palabras me fueron dichas con una enorme ternura, sin mostrar ningún tipo de acusación ni hacia a mí, ni a ninguno que habrá de ser salvado”.

Juliana de Norwich vivió en una época de confusión, destrucción y una enseñanza de la Iglesia que era dura. En contraposición, Juliana desarrolló una teología optimista, y hablaba del amor de Dios en términos de alegría y la compasión. Para ella, el sufrimiento no era un castigo que Dios infligía a las persona. Ella creía que Dios amaba a todos y quería salvarnos a todos. De hecho, en su pensamiento cree que detrás de la realidad del infierno existe un misterio mayor que se llama “el amor de Dios”.

Con esto, Juliana cree que el pecado es necesario para el crecimiento del ser humano, ya que éste nos lleva a un estado de mayor auto-conocimiento personal. Cuando reconocemos el pecado en nuestra vida, entonces es cuando procuramos el perdón, y es esta búsqueda de reconciliación lo que nos conduce a la aceptación de Dios en nuestra vida. Juliana nos dice que los seres humanos pecamos porque somos ignorantes o ingenuos, y no porque seamos malos. Con este argumento, estaba colocándose en el lugar opuesto de la enseñanza oficial de la Iglesia. De hecho, Juliana va más lejos y dice que con el fin de aprender, debemos fallar, y con el fin de fallar, tenemos que pecar. Pero el pecado no trae ningún beneficio sino dolor; el beneficio se encuentra en la procura del perdón donde se manifiesta la grandeza de Dios. Y ella añade que el dolor causado por el pecado es un recordatorio en la tierra de los dolores de la pasión de Cristo. La gente sufre como Cristo lo hizo, y por esta razón ahora ellos pueden aceptarle y convertirse a él. Juliana no ve ira o juicio en Dios; sino tan sólo perdón y gracia. Por lo tanto, ser un pecador no es el problema, el problema está en no tomar responsabilidad de nuestro propio pecado.

Juliana escribe que Dios nos ve como seres potencialmente perfectos, y tan sólo espera el día en que las almas de los humanos habrán de madurar, es aquí cuando el mal y el pecado ya no nos habrán de lastimar.

Tomando en cuenta esta visión de Juliana, entonces podemos leer la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta de Pedro y ésta habrá de tomar un significado muy diferente. Especialmente en el momento en que dice: “Cristo mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, para que nosotros muramos al pecado y vivamos una vida de rectitud. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados. Pues ustedes andaban antes como ovejas extraviadas, pero ahora han vuelto a Cristo, que los cuida como un pastor y vela por ustedes”.

Con esto, la imagen del Buen Pastor se llena de un cariño admirable. “El Señor es mi pastor; nada me falta. En verdes praderas me hace descansar, …” recita el salmo.

El escritor y poeta del siglo XX, T.S. Eliot, incorpora el dicho de Juliana -” … Todo estará bien , y todo estará bien, y todo tipo de cosas estarán bien”- en uno de sus poemas y dice:

Todo lo que heredamos de la suerte
Lo hemos tomado de los vencidos
Qué habrían de dejarnos – un símbolo:
Un símbolo perfeccionado en la muerte.
Y todo estará bien y
Toda clase de cosas estarán bien
Por la purificación del motivo
En la base de nuestra súplica.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan