Navidad (II) - 2015

December 25, 2015

Nos encontramos de nuevo junto al pesebre para continuar meditando sobre este gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en medio de nosotros; dispongamos nuestro espíritu y nuestro corazón no tanto para comprender ese hermoso misterio, pues jamás la razón humana podría comprenderlo, sino más bien para dejarnos envolver por él, para imbuirnos en él y permitir que la fuerza del amor de nuestro buen Padre-Madre Dios nos transforme y haga de nosotros criaturas tiernas y pacíficas al estilo de su Hijo.

Escuchamos anoche, en la misa de Nochebuena, el pasaje del evangelio de san Lucas donde el evangelista describe las circunstancias históricas y geográficas donde nace el Hijo de Dios, y dijimos que esa descripción era muy importante para la comunidad a la cual escribe Lucas porque quizás muchos cristianos estaban ya considerando al personaje Jesús como una especie de leyenda o de mito.

Recordemos que Lucas no es un personaje contemporáneo de Jesús; por tanto, su evangelio es fruto de las investigaciones y confrontaciones con muchas otras tradiciones que ya existían en su tiempo sobre Jesús de Nazaret. Él mismo lo manifiesta así al inicio de su evangelio: “Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido” (Lucas 1:1-4).

Pero vimos también que más allá de unos datos históricos en torno al origen de Jesús, lo que más resalta el evangelista es el aspecto teológico que subyace en el nacimiento de Jesús. Y descubrimos que uno de esos aspectos está en el hecho de que María y José no encontraron lugar en la posada de Belén para el alumbramiento de su hijo. Dicho de otro modo, la criatura anunciada por el ángel a María como el que sería el Salvador, no encontró sitio entre los hombres para su nacimiento. No es mera casualidad que esta misma idea la encontremos también en el evangelio de Juan: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (Juan 1:9-11).

No dejemos pasar por alto ese detalle que al parecer no reviste ninguna importancia. Quizás el folclore y los diferentes modos tradicionales de celebrar la Navidad en nuestros países de origen hayan ocultado de alguna manera este aspecto; sin embargo, hoy delante del pesebre es el momento de volver a reconocer con humildad que quizás, con nuestras actitudes de vida, estemos cerrando la puerta a ese Dios que se ha encarnado y quiere establecer su morada entre nosotros.

El evangelio que escuchamos hoy es la continuación del mismo que se leyó en la misa de Nochebuena; María ha tenido que dar a luz en el establo, ha envuelto el niño en pañales y lo ha recostado en el pesebre. Y de aquí el evangelista nos traslada hasta el campo donde unos humildes pastores se encuentran custodiando los rebaños; a ellos, se dirige un ángel para contarles la alegre noticia del nacimiento del Salvador, el Mesías y Señor. El tono de alegría queda de manifiesto con el canto del Gloria que entona una multitud de ángeles que se suman al que habla con los pastores.

Después del anuncio, los pastores van hasta el lugar indicado por el ángel y efectivamente encuentran a María, a José y al Niño recostado en el pesebre; y aquí se forma la algarabía de los pastores que cuentan a los humildes esposos todo lo acontecido. Nadie comprende nada del sentido profundo que encierra este nacimiento y por eso nos dice el evangelista que “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Miremos entonces con atención este segundo detalle teológico que Lucas ha querido subrayar en su relato. Pero antes, tengamos presente el primero: el Salvador, el Mesías y Señor no encontró un lugar para su nacimiento. En torno a esta idea, el cristiano de todos los tiempos ha de cuestionarse si acaso en su corazón hay espacio para el nacimiento de su Salvador.

El segundo aspecto teológico de este pasaje de san Lucas, tiene que ver con los primeros destinatarios de la noticia de la venida del Mesías. El relato del nacimiento del Niño Dios nos lo narra también el evangelista Mateo; pero es muy curioso que en ese evangelio quienes se constituyen en los primeros visitantes del pesebre no son los humildes pastores, sino unos reyes que vinieron desde oriente trayendo para el Niño oro, incienso y mirra.
Pues en Lucas, como lo acabamos de escuchar, los primeros que reciben el anuncio del nacimiento del Mesías y quienes se convierten en sus primeros visitantes, son unos pobres pastores, unos campesinos, humildes, unos personajes marginados que no contaban para nadie. En el judaísmo de la época de Jesús, los pastores eran personas legalmente impuras, indignas de entrar al templo a orar o a ofrecer sacrificio alguno.

Vamos meditando entonces en la profundidad que tiene este relato y en la gran actualidad que tiene hoy para nosotros. En primer lugar, en el pesebre quedan cumplidas todas las promesas hechas desde antiguo por Dios; en segundo lugar, Dios cumple sus promesas, pero no según los criterios humanos; no es el hombre quien impone sus criterios a Dios, quien dirige los destinos de Dios, ¡qué gran atrevimiento! Pues aunque nos parezca descabellado, a eso había llegado la religión en los tiempos de Jesús. Pero, pensemos: ¿no estaré yo también en ese mismo plano de intentar manipular a Dios, de imponerle mis criterios?

En tercer lugar, la mirada de Dios sólo se dirige a quien no cuenta para nadie. Ya desde el Antiguo Testamento, Dios había tomado partido por un montón de esclavos que gemían y se lamentaban en Egipto, por ellos se enfrenta al faraón y los libera, hace una alianza con ellos, los convierte en un pueblo y les permite habitar la tierra de la libertad. Cada acción, cada palabra, cada mensaje que Dios transmitía a través de sus profetas, tenía como objeto defender siempre a los excluidos, a los marginados y oprimidos.

Ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos, ese mismo Dios se encarna tomando la forma humana y nace entre los hombres como cualquier otro hombre; no por ser Dios encarnado, su aparición tiene lugar en la corte real, en un palacio. Precisamente, porque ha decidido encarnarse en la humanidad, lo hace entre aquellos a quienes se les ha arrebatado su más preciado tesoro: su humanidad; y lo hace para rescatar y devolver al hombre su dignidad humana. El Verbo encarnado, ha querido entonces que sean esas personas “indignas” para una religión excluyente, las primeras en ir a visitarlo; a contemplarlo en el máximo extremo de debilidad y de impotencia como lo es un niño.

Si por algún motivo nosotros nos sentimos excluidos, marginados, por nosotros mismos o por una institución que excluye y pisotea nuestra dignidad humana, juntémonos con estos pastorcitos, acerquémonos gozosos y confiados al pesebre y dejemos a los pies del Niño nuestra vida, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestros más profundos deseos de surgir y elevarnos de nuevo a la dignidad de hijos e hijas del auténtico Dios que en su Hijo se ha hecho uno con nosotros.

 
 
 
 
 
 
 

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