Navidad 1 – 2010

December 26, 2010

En este domingo, dentro de las fiestas de Navidad, la liturgia nos propone celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret. Primeramente es preciso constatar que en el calendario litúrgico esta fiesta aparece única en su género. Las otras están destinadas a celebrar los misterios de Jesús o el recuerdo de hombres y mujeres que han participado en esos misterios de una manera ejemplar. Hoy se nos propone celebrar no sólo el misterio de Cristo niño que vive en una familia sino a esa Familia misma; y no solamente a un hombre y a una mujer que se esfuerzan por responder a su vocación divina, sino a esposos y padres que con su hijo nos dan el ejemplo de la vida familiar.

Esto nos ayuda a comprender de una manera sólida que la familia es la fuente de la vida y la célula de la sociedad. Lo que da solidez a la familia estabiliza también a la sociedad. La destrucción o debilitamiento de la familia lleva al desorden y caos social.

La primera proyección del Verbo encarnado tiene como objeto directamente la institución familiar. Después del pesebre de Belén, la Iglesia nos manda mirar a Nazaret, a una familia que llamamos sagrada por las personas que la integran, por su género de vida y por su misión.

En este orden, aunque las lecturas correspondientes a este domingo no se refieren directamente a la familia de Nazaret, sí podemos dejarnos iluminar por la riqueza de su mensaje. Así con una especie de poema, el profeta Isaías, llamado también el profeta mesiánico, anuncia la alegría de la salvación que Dios va a brindar a su pueblo que yace bajo la opresión y el dolor. El evangelio de san Juan se hace eco de este mensaje profético y presenta a Jesús como la palabra revelada de Dios, el Hijo único de Dios enviado para dar a los seres humanos la luz y la vida, si lo aceptan con fe; y san Pablo en la carta a los gálatas, nos exhorta, a mantenernos firmes en Jesucristo, pues por el bautismo somos de su propiedad, formamos un solo pueblo, y nos convertimos en herederos y coherederos de la salvación.

Creer en la encarnación del Hijo de Dios no es creer en un acontecimiento abstracto ni en una aparición en el mundo ya de adulto. No. Jesús siguió paso a paso todas las etapas del desarrollo con sus crisis y maduraciones. “Crecía en saber, en estatura y en el favor de Dios…”. Tuvo un padre y una madre, una casa y una mesa, una educación, unos vecinos, unos compañeros de juego…Más tarde se le reconocerá como Jesús de Nazaret, quiere decir, con una personalidad y realidad propia. Vivía en una familia que llamamos sagrada. Llevaba una vida sencilla todavía no sofisticada; la sumisión personalizada que no es esclavitud; la obediencia, virtud que no es obligación forzada; la autoridad que no es dictadura; la dicha del trabajo como autorrealización; la alegría de vivir sin alienaciones distinto a lo que nos presenta la sociedad tecnificada y materialista. Por allí todo se iluminaba con la luz y la presencia de Dios.

Sin embargo, es bueno en esta reflexión profundizar un poco en la realidad de la familia contemporánea. Los cambios socioculturales, bastantes de ellos fruto de orientaciones políticas, han hecho tambalear la estructura de la familia. Muchos padres no saben hoy cuáles son sus tareas fundamentales. No saben qué actitudes cuidar ni los valores a compartir entre los esposos, en relación con los hijos, con los abuelos y con la sociedad en general.

Asistimos al tránsito de la familia patriarcal (abuelos, padres e hijos en vida y economía muy comunitaria) a la familia nuclear (padres y pocos hijos).

Los valores tradicionales (obediencia, autoridad, creencias comunes, tradiciones únicas en religión, en políticas) van disminuyendo en la familia contemporánea para dar paso a una creciente disgregación, a una mayor libertad de expresión, a una diferente concepción del respeto mutuo. A todo ello, y a veces como causa de muchos de estos fenómenos, hay que añadir las influencias socioculturales, consecuencia de un creciente intervensionismo estatal que facilita el divorcio, que legaliza el aborto, divulga concepciones sobre el amor y el sexo difícilmente compatible con la concepción cristiana de la vida y de la familia.

Sobre esta realidad humana se proyecta hoy la fiesta de la Sagrada Familia con un mensaje enriquecedor de la palabra de Dios. Iluminada por la descripción de esta realidad, las familias cristianas tienen que discernir cuáles deben ser sus actitudes, qué realidades han de mantener y cuáles deberían cambiar, qué valores deben fomentar y cuáles rechazar. Pero lo más importante es descubrir lo específicamente cristiano en la vida familiar, lo que nunca debe estar ausente de ella. Y esto específico lo encontramos en el mensaje evangélico.

El valor fundamental de la familia es siempre el amor. Sin él no se comprende la vida familiar. Un amor que parta del reconocimiento de la igualdad esencial y de derechos entre el hombre y la mujer, que fomente la auténtica libertad de todos. Un amor que se exprese en una actitud de creciente servicio y nunca de dominio, de identificación de los esposos viviendo su sexualidad plena como cauce de identificación mutua. Un amor fecundo que se proyecte en los hijos, en la sociedad y en la Iglesia. Un amor que sea fuente de felicidad para todos sus miembros. Por eso, todo cuanto dificulte u obstaculice este amor está dañando en su raíz la familia e impidiendo la felicidad de todos sus miembros.

De aquí la invitación a que todos padres e hijos en el ambiente cálido de la familia, reflexionen acerca del ejercicio de la autoridad en casa. Que reflexionen a acerca de las distintas formas de vivir la unidad familiar y el espíritu de servicio. Que reflexionen acerca de la confianza que lleva a la comunicación sincera de criterios y de vida, de la apertura de la familia hacia fuera, hacia los problemas de los demás, hacia los compromisos de cambio social y a favor de los pobres, hacia la colaboración responsable, en la propia comunidad cristiana.

Sea lo que fuere esta fiesta de la Sagrada Familia debe ayudarnos a superar la simple admiración que tenemos por la familia de Nazaret. En una época en que la familia está gravemente amenazada de disgregación, esta fiesta afirma nuestra confianza en la grandeza y la necesidad de esta institución y nos orienta sobre la manera cómo deben vivir sus miembros para desempeñar su papel providencial.

No nos conformemos con celebrar la festividad de la Sagrada Familia. Hagámosla ocasión de un sincero cambio de la nuestra. Revitalizar la familia sería un buen fruto de la Navidad.

 
 
 
 
 
 
 

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