Miércoles de Ceniza - 26 de febrero de 2020

February 26, 2020

Las lecciones que la liturgia propone para hoy, Miércoles de Ceniza, nos abren las puertas y nos invitan a comenzar de manera adecuada el tiempo de Cuaresma.

La primera lectura nos ofrece el punto de partida justo para esta celebración. El profeta Joel, quien vivió y ejerció su ministerio en Judea durante el tiempo que el país fue dominado por los persas, entre los años 539 y 331 antes de Cristo, era considerado como un profeta litúrgico, es decir, proclamaba sus profecías desde el templo, y lo hacía en forma de servicio religioso. En el pasaje de hoy, Joel llama al pueblo de Israel a congregarse para pedir juntos, en asamblea colectiva, el perdón de Dios. Se trata de un llamado urgente al arrepentimiento de todo el pueblo, sin excepción, incluyendo hombres, mujeres y niños, bebés y ancianos; un llamado para ser santificados mediante el ayuno, el llanto y el cambio profundo, es decir, no de ropa o en apariencia sino de corazón, para lograr reconciliarse con Dios, para recuperar su perdón y su favor.

Nosotros también somos llamados. Las trompetas suenan a lo largo y ancho de la tierra para que dejemos lo que estemos haciendo y vengamos al templo a empezar la observancia de una santa Cuaresma a través de un examen de conciencia, arrepentimiento, prácticas de ayuno, auto negación, oración y lectura y meditación de las Santas Escrituras. Todo esto, acompañado de un sincero propósito de enmienda de vida, funge como preparación para la celebración de la Semana Santa. De esta manera, hoy nos unimos espiritualmente a nuestro Señor Jesucristo quien, inmediatamente después de haber sido consagrado por el Padre y el Espíritu Santo en su bautismo, fue llevado al desierto para vivir, durante cuarenta días, un tiempo de ayuno y oración; tiempo durante el cual fue tentado por el diablo, saliendo victorioso al final.

La Epístola, tomada de la Segunda carta de San Pablo a los Corintios, nos permite apreciar la urgencia de este llamado de la Iglesia a la conversión que se pretende en el tiempo de Cuaresma. Este llamado, en palabras de San Pablo, no nos llega como un mandato, sino como una súplica: “En el nombre de Cristo les rogamos que acepten el reconciliarse con Dios… Ahora es el momento oportuno. ¡Ahora es el día de la salvación!”. No dejemos para mañana el arrepentimiento por nuestras faltas y el volvernos hacia Dios; hagámoslo hoy, sin demora, de tal manera que, siguiendo el ejemplo de San Pablo, lleguemos a reflejar el poder de Dios y la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas mediante una vida íntegra y llena de amor sincero y de bondad por nuestro prójimo.

Las lecciones también nos invitan a iniciar esta jornada sin temor, llenos de confianza en la bondad y misericordia infinitas de Dios, quien aceptará con amor profundo nuestro arrepentimiento y nos dará su perdón incondicional. Así lo oramos en el Salmo 103, al proclamar la misericordia y compasión de Dios, recordando que Él no guarda rencor, no toma venganza, que es lento para la ira y rico en clemencia, porque nos trata como a hijos e hijas cuidando y velando por nosotros.

Con todo, las lecturas que escuchamos en este día nos abren las puertas para entender el sentido e importancia del tiempo de Cuaresma que comenzamos hoy con el Miércoles de Ceniza. Y nosotros, mediante un signo externo, de forma pública, con la señal de la cruz hecha con ceniza en nuestras frentes, reconocemos ante el mundo que somos pecadores, recordamos que venimos del polvo y al polvo regresaremos, y exteriorizamos una disposición interna de transformación.   

El evangelio, sin embargo, nos sorprende con las palabras de Jesús en contra de las manifestaciones públicas de piedad, similares a las que hemos mencionado antes. Nos dice que no mostremos a nadie cuando oremos, cuando ayunemos, cuando hagamos buenas obras, de tal manera que, cuando salimos a la calle, lo hagamos con la cara limpia, para que nadie note lo que estamos haciendo en privado; que todo ello sea en secreto, sólo a la vista de Dios Padre quien lo ve y lo toma en cuenta. Estas palabras parecen ser una prohibición de nuestro Señor a la práctica de la imposición de la ceniza tan central en nuestra celebración de hoy.

La clave está en lo que mueve nuestras acciones. ¿Qué lleva a una persona a participar en el rito de la imposición de la Ceniza? ¿Se trata de un arrepentimiento sincero y el deseo de expresar un compromiso de cambio de vida conforme al sentido de la cuaresma? ¿O simplemente se quiere llamar la atención y conservar las apariencias? Por ejemplo, llama la atención la práctica, de los últimos años, de pedir ceniza con diferentes colores; a propósito, vale cuestionarse: ¿Se hace por devoción o por recibir halagos y estar “a la moda”? ¿O quizá para complacer a alguien en nuestro círculo social? ¿posiblemente para crear una imagen favorable y ganar así alguna ventaja o favor especial? ¿o solamente por tradición o costumbre? El asunto es el por qué, la motivación al hacerlo.

Jesús dice repetidas veces en el evangelio que no hagamos buenas obras delante de la gente sólo para que los demás nos vean o para que la gente en la calle hable bien de nosotros, lo cual nos recuerda sus frecuentes declaraciones en contra de la falta de sinceridad de los fariseos a quienes acusa de decir largas oraciones en público y hacer alarde de su piedad y conocimiento de la ley solo para mantener sus privilegios en la sociedad de su tiempo.

Así, el evangelio no contradice la invitación del Miércoles de Ceniza; le da más substancia y fundamento, complementando lo expresado por Isaías, el Salmo y San Pablo. Las lecturas nos llaman a comenzar la observancia de una Santa Cuaresma con sacrificios, oración, estudio de la Palabra de Dios y, en el día de hoy, con la imposición de la Ceniza en nuestra frente, como acto público de reconocimiento de nuestra condición de pecadores y de nuestra mortalidad. Pero esa observancia no es exterior, de “mostrar”; debe ser de corazón, motivada por un genuino arrepentimiento y deseo de acercarnos más a Dios, de esforzarnos en obedecerle siguiendo el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo.

De esa manera, nos ofrecemos como un sacrificio agradable a Dios y declaramos, públicamente, mediante la cruz en nuestra frente, que somos cristianos de corazón, comprometidos a vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús y dispuestos a ser instrumentos de su paz y amor para el mundo. Amén.

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es psicólogo, sacerdote encargado de la misión San Lucas en la ciudad de Chelsea y coordinador de comité del Ministerio Hispano de la diócesis de Massachusetts.

 
 
 
 
 
 
 

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