Epifanía 3 (A) - 2017

January 22, 2017

Las migraciones o reubicaciones geográficas han sido parte de la fábrica de la sociedad humana desde el principio de los tiempos. Generalmente, estas transiciones marcan periodos importantes en la vida de pueblos o individuos. Las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento comparten historias de migraciones que frecuentemente resultaron en experiencias extraordinarias. Por ejemplo, Abraham y Sara dejaron territorio conocido para explorar nuevos horizontes, convirtiendo a Abraham en el padre de la fe y otorgando a Sara la bendición de ser madre a una muy avanzada edad.

Otro ejemplo es el caso de Ruth y Noemi, quienes después de la muerte del esposo de Ruth, ambas migraron desde Belén de Judá hasta los Campos de Moab. Esta transición permitió que Ruth conociera a Dios y se convirtiera en creyente del Dios de Israel. Además de esto, tanto el viaje, la fe de Ruth y las experiencias compartidas forjaron un lazo emocional fuerte entre suegra y nuera. De igual manera, podemos citar como ejemplo la migración del pueblo de Israel desde Egipto hacia la tierra prometida, la cual marca un tiempo histórico de liberación y nueva vida.

En el tiempo presente, podríamos decir que, en muchos casos de latinos de primera generación en los Estados Unidos, la reubicación geográfica puede significar un mejoramiento en la calidad de vida, exploración de nuevas oportunidades y crecimiento personal y profesional.

En el caso de Jesús, reflejado en el Evangelio de hoy, esta transición de Nazaret a Carpenaúm, cumple con la profecía sobre el Mesías y marca la culminación de su año de preparación, simbolizado por su bautismo, y el inicio de su año de ministerio público.

Al iniciar su ministerio de proclamación y sanidad, Jesús continua con el mensaje trasmitido por Juan antes de ser encarcelado: “Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca”.

Dios Habla Hoy, utiliza el término “volverse a Dios”. Este lenguaje nos lleva a meditar en el hecho de que a veces nos alejamos de Dios y de nuestra necesidad de regresar, de volver a estar en plena relación y comunión con nuestro Dios y Creador.

Dios, en su infinita misericordia y gracia, desde el principio de los tiempos ha deseado estar en comunión con sus apreciadas criaturas. La Encarnación es la muestra palpable del deseo de Dios, de reconciliarnos con Él. Y es este el mensaje que Jesús, Dios hecho carne, trae en el Evangelio del día de hoy: El reino está cerca, por lo tanto, vuélvanse a Dios”. Éste un mensaje de arrepentimiento y de discipulado.

Una anécdota compartida frecuentemente, y de fuente incierta, cuenta que, durante la guerra civil de los Estados Unidos, Abraham Lincoln se reunió con un grupo de ministros para participar de un desayuno de oración. Lincoln no era conocido por asistir a la iglesia frecuentemente y se dice que era un hombre de una fe profunda, pero no ortodoxa. En un momento durante el desayuno, uno de los ministros dijo “Sr. Presidente, oremos para que Dios este de nuestro lado”. Se dice que Lincoln respondió “No caballeros, oremos para que nosotros estemos en el lado de Dios”.

Dios siempre está con nosotros. El estar con Dios es parte de nuestro discipulado. El discipulado se ejercita cuando nuestra relación con Dios es reflejada en nuestro diario vivir. Nuestra relación con Dios es fomentada a través de tiempos designados para la oración y la meditación, abriendo nuestros corazones y mentes a la Palabra de Dios y a su voluntad para nuestras vidas.

El discipulado también se fomenta a través de nuestra vida en comunidad. Jesús, al llamar a sus discípulos, creó la primera comunidad de cristianos. Y esta primera comunidad de cristianos estaba compuesta por personas comunes, personas como nosotros. Personas con vidas ordinarias, cuya vida fue trasformada de manera extraordinaria al responder el llamado del Maestro.

El Evangelio de Hoy enfatiza el llamado de cuatro discípulos, Simón Pedro, Andrés, Jacobo y Juan. Estos hombres eran pescadores, un oficio común en aquel tiempo. Al llamarlos, Jesús utiliza un concepto conocido por ellos para mostrarle el tipo de vida que asumirían al dejar su conocida rutina “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”.

El discipulado abarca varios aspectos:

Cambio o transformación de la vida anterior a una vida nueva. El grado de cambio o transformación dependerá del estado en el cual estábamos cuando fuimos llamados por Jesús. El volvernos a Dios es un aspecto esencial de nuestras vidas como discípulos.

Hay una relación estrecha entre el discipulado y la enseñanza. Jesús dedicó gran parte de su ministerio público a la enseñanza. ¿Cómo aprendemos y aplicamos nuestros conocimientos sobre la vida y enseñanzas de Jesús? ¿Qué tiempo dedicamos a la lectura y meditación de las Escrituras y otros libros edificantes?

Prácticas espirituales. Los discípulos aprendieron a orar, a dedicar tiempo al retiro y, en compañía de Jesús, visitaban fielmente las sinagogas. El discípulo de Jesús ha de crear espacios intencionales para pasar tiempo con su Maestro.

Servicio o apostolado. Nuestra fe produce obras que colaboran hacia el bien común. Como discípulos de Jesús, somos enviados a poner en práctica nuestra fe a través del servicio, mostrando el amor hospitalidad y generosidad de Dios para todos aquellos que la necesiten.

Proclamación- Evangelización. Jesús llama a los discípulos y al mismo tiempo les extiende una invitación a Evangelizar. Les extiende una invitación a compartir con otros el gozo de su llamado y el mensaje de vida abundante. Les invita a convertirse en pescadores de hombres. Nosotros estamos llamados a poner practicar nuestro discipulado, saliendo y proclamando las Buenas Nuevas de Reino con nuestros labios y nuestras vidas.

En estos meses la Iglesia Episcopal, a través de la Oficina del Obispo Primado, está organizando una serie de encuentros de renovación espiritual. Encuentros que nos invitan a nutrir nuestra relación con Dios y a capacitarnos para salir y ser portadores del mensaje de amor y salvación de Jesús, nuestro Dios.

Haces miles de años Jesús llamó a grupo de hombres y mujeres para que iniciaran un peregrinar con Él. Ese llamado a los primeros discípulos se extiende a nosotros a través de la Gran Comisión de ir a todas las naciones, proclamando el Evangelio y bautizando en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El ser discípulo no es un concepto de milenios atrás. No es una categoría exclusiva de los primeros hombres y mujeres que caminaron y ministraron con Jesús durante su ministerio publico. Es un llamado actual, real y constante para todos aquellos y aquellas que recibimos a Jesús en nuestros corazones y aceptamos formar parte del Movimiento de Jesús.

¡Hermanos y hermanas, dejemos las redes que en nuestras vidas nos impiden vivir nuestro discipulado a plenitud, salgamos a los confines de nuestras comunidades y proclamemos las grandezas de nuestro Dios!

 
 
 
 
 
 
 

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