Domingo de la Trinidad (A) - 7 de junio de 2020

June 7, 2020

Las lecturas de hoy comienzan con el relato de la creación en el primer capítulo del libro del Génesis. Allí se narra cómo Dios empieza una intensa actividad creadora, imponiéndose sobre el caos, formando el mundo poco a poco. Puso en la bóveda celeste estrellas y “las dos luces: la grande para alumbrar de día y la pequeña para alumbrar de noche”; luego, el Creador, llenó el cielo con aves que vuelan dominando los aires, el mar con seres acuáticos y, finalmente, pobló la tierra con toda clase de animales domésticos y salvajes. Después de ello, de pronto, el Dios único dice estas palabras: “Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen.” Son palabras asombrosas porque sabemos que sólo hay un Dios y que el pueblo de Israel se distinguió entre todas las naciones por rendir culto a ese único Dios en lugar de a los múltiples dioses de sus vecinos. Pero en el relato de la creación Dios habla en plural en el momento crítico en que decide crear al ser humano, y añade que lo creará a imagen de ellos: “nuestra”, dice.

Luego, en la segunda carta de San Pablo a los corintios, vemos como el apóstol se despide de los destinatarios de su carta, deseándoles que sean felices y vivan en armonía, y concluye con esta bendición: “Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo estén con todos ustedes.”

Finalmente, el evangelio de Mateo nos narra la despedida de Cristo resucitado a sus discípulos. Él les encarga la gran comisión diciéndoles: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes.”

Las tres lecturas tienen un tema que las une a pesar de sus diferencias: la primera pertenece al Antiguo Testamento, también conocido como Biblia Hebrea, los tres textos fueron escritos por autores diferentes, en distintos tiempos y lugares. Sin embargo, todos hablan del hecho de que Dios, aunque uno, se nos presenta en plural y no singular.

A Jesús, sus discípulos le escucharon muchas veces hablar de su amor y obediencia por el Padre, pero su relación era más íntima. En el evangelio de San Juan, por ejemplo, proclama que él y el Padre son uno solo y que quien lo ha visto y oído a él, también ha visto y oído al Padre. Jesús también se refirió mucho al Espíritu Santo, quien aparece en momentos clave de su vida: fue el Espíritu quien obró en María en el momento de su encarnación, vino sobre él durante su bautismo, anunció su venida para consolar e iluminar a los discípulos. Con todo, pasaron más de trescientos años para que, por los primeros concilios, la Iglesia lograra ponerse de acuerdo en el misterio que observamos hoy a lo largo de nuestras lecturas: ¿Cómo comprendemos a un sólo Dios quien se refiere a sí mismo como más de una persona, y a quien San Pablo y el mismo Jesús llaman Padre, Hijo y Espíritu Santo?

Entonces se declara el dogma o creencia firme de la Iglesia universal que hay un sólo Dios quien es tres personas diferentes sin dejar de ser uno: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, a quien nos referimos como la Santísima Trinidad. Dios Padre es creador, Dios Hijo es la Palabra de Dios que se encarnó de la Bienaventurada Virgen María y que nos redimió, y Dios Espíritu Santo quien vive en nosotros y nos inspira para que tomemos el camino que lleva a Dios y la salvación eterna.

Con base en esto, la declaración de Jesús de que él y el Padre son uno, y que quien lo ha visto a él ha visto al Padre tiene sentido completo y claro; se entiende la razón por la cual en la gran comisión Jesús nos envía a bautizar a las gentes en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, en nombre de Dios.

Pero queda un interrogante. En el libro del Génesis Dios pronuncia una palabra asombrosa: “Ahora hagamos al hombre a nuestra imagen”. “A nuestra imagen”, dice. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué Dios tiene forma humana? No. Recordemos que Dios es espíritu y no tiene apariencia, no tiene forma. Sólo el Hijo se hizo humano. Hay algo, sin embargo, en lo cual nos parecemos a Dios: la Trinidad es una comunidad de tres personas diferentes que forman la unidad que es Dios. Nosotros también formamos comunidades y no podemos vivir ni crecer sin ellas. Pero la comunidad Trinitaria está unida por el amor, pues Dios es amor. Si somos su imagen, entonces su amor habita en nosotros. De ahí el mandato de Jesucristo de amarnos los unos a los otros como él nos amó, de servirnos los unos a los otros como él nos sirvió y dio su vida por nosotros.

La creación del mundo y su redención por nuestro señor Jesucristo se pueden entender claramente como una extensión del amor de la Santísima Trinidad más allá de su unidad Trinitaria: Dios nos creó y redimió por amor y desea, añora, nos ruega que nosotros también nos amemos los unos a los otros, que tomemos el camino del amor y la solidaridad que llevan sin falta a un abrazo eterno con la comunidad Trinitaria.

En estos tiempos tan difíciles en los que hemos tenido que estar separados físicamente, esta conciencia de nuestra naturaleza creada por el amor de Dios nos llena de fe y esperanza de que unidos venceremos la obscuridad, siendo solidarios unos con otros avivamos nuestra fe y amor en Dios Trinidad. Pronto llegará el día en que experimentemos un nuevo amanecer glorioso, con cantos de alegría y celebración por la obra creadora, curativa y redentora del amor de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es psicólogo, sacerdote encargado de la misión San Lucas en la ciudad de Chelsea y coordinador de comité del Ministerio Hispano de la diócesis de Massachusetts.

 
 
 
 
 
 
 

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