Día de Todos los Santos (B) - 2015

November 1, 2015

La festividad de todos los Santos es una de las más significativas en el año litúrgico y lamentablemente una de las que menos celebradas, porque el pueblo parece dar más importancia al día de los difuntos.

Celebramos hoy el triunfo de todos los que han muerto en la gracia de Dios. Algunos de ellos han sido reconocidos por sus virtudes heroicas y los admiramos e incluso imitamos, pero ha habido infinidad de almas que también han triunfado y se encuentran en la gloria de Dios. El libro del Apocalipsis los menciona a todos diciendo que “vio una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del Cordero” (Apocalipsis 7: 9).

El origen de esta fiesta hay que encontrarlo a finales del siglo IV y comienzos del V, cuando empezaron a recordarse en la plegaria litúrgica a los santos. En un principio se mencionaban a los mártires de la iglesia local. Aquellos que habían derramado la sangre al profesar la fe en Cristo y no renunciar a él. Luego, sobre todo, después de las persecuciones empezaron a mencionarse otros santos célebres. Ahora subían al santoral otras personas que no habían derramado la sangre, pero que sí habían consagrado su vida al Señor a base de una vida durísima de mucho sacrificio, estas personas se las conoce con el nombre de ascetas. Personas a quienes todos admiraban, y a quienes el pueblo recurría a pedir consejo, orientación y guía.

La celebración de la fiesta, el primero de noviembre, quedó fijada hacia mediados del siglo IX. Se celebraba primero en Roma y luego se convirtió rápidamente en una solemnidad común en toda la Europa latina.

¿Qué significan para nosotros los santos? Evidentemente no son dioses, aunque haya personas que les profesan un amor superior al mismo Jesús. Eso no está bien. Si los santos han sido santos es porque han imitado a Jesucristo hasta el último detalle. Han amado a Jesús de todo corazón y luego han difundido ese amor hacia los demás. Los santos están ante nosotros como ejemplo a seguir, siempre teniendo presente que ellos antes pusieron sus miras en Jesucristo. Y con la ayuda y gracia de Dios superaron todo conflicto y dedicaron su vida a Dios hasta el heroísmo.

Lo mismo que hay personas a las que consideramos heroicas porque han triunfado en alguna hazaña, o porque han arriesgado sus vidas en favor de alguien a quien han salvado, de la misma manera admiramos y consideramos heroicas en la santidad a las personas que han consagrado su vida a Dios.

Hay hermanos cristianos que no admiten esta doctrina. Más bien lo hacen por pensar que algunos consideran a los santos como dioses o como semidioses. Ya hemos dicho que eso no es correcto y los mismos santos se escandalizarían de que se les tuviera por dioses. Ellos precisamente han triunfado en la virtud por haberse considerado como siervos del Señor.

Pero entre estos grandes héroes de la virtud debiéramos incluir a millones de millones de personas, o como dice el libro del Apocalipsis “una multitud enorme que no se puede contar” y son todos aquellos que han sido pobres en el espíritu, los que han llorado, los que han sufrido, los que han pasado hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que han trabajado por la paz y los perseguidos por la justicia, todos ellos correrán la misma suerte que Jesús.

¿Cómo podemos nosotros lograr la santidad? Tendríamos que preguntarnos a qué santidad no referimos. Para san Pablo no tener pecado ya es ser santos. En verdad, el estar en la gracia de Dios es lo mismo que decir que estamos limpios y no tenemos nada malo de qué avergonzarnos, pero podría ser que no hubiéramos dado la talla de lo que Dios espera de nosotros.

Pongamos un ejemplo, un padre espera que sus hijos triunfen, que, a ser posible, estudien y logren una carrera en medicina, en arqueología, en ingeniería, o en cualquier rama del saber. Si no lo logran, el padre todavía querrá a sus hijos, pero no encuentra la satisfacción que de ellos esperaba. Jesús dijo que “seamos perfectos como nuestro Padre celestial”. ¡Una meta altísima! Prácticamente imposible de lograr, pero no se nos pide que seamos iguales a Dios, no es posible, sino que seamos perfectos a semejanza de como lo es Dios.

El camino hacia esa meta se inicia para todo cristiano en el bautismo. En él somos asociados al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y empezamos a caminar siempre bajo su protección a no ser que nos desviemos del camino. Los grandes santos se han mantenido siempre firmes caminando de la mano de Jesús, por eso han manifestado alguna de las virtudes heroicas de Jesús, unos la pobreza, otros la misericordia, otros la justicia, otros la belleza de Dios. Todos se han alimentado de la fuente inagotable que es Jesús. Y es que no podía ser de otra manera, ya nos lo dice san Pablo en la carta a los gálatas. “Los que os habéis bautizado consagrándoos a Cristo os habéis revestido de Cristo” (Gálatas 3:27). Así, pues, estamos revestidos de Cristo, hemos de caminar con la misma dignidad que Cristo y manifestándole siempre en todas nuestra acciones.

Por otra parte, en lo más recóndito de nuestro permanece una sed inagotable de encontrarnos con lo divino. Con ese Divino Ser que nos ha creado de la nada y nos quiere para sí. A ese ser lo buscamos diariamente, consciente o inconscientemente. Algunos de una manera más apremiante que otros. El gran poeta y místico san Juan de la Cruz, lo expresó de esta manera en el Cántico espiritual: “¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido, salí tras ti clamando, y eras ido”. En lo más profundo de nuestro ser estamos heridos por el amor de Dios, queremos sanarlo, encontrándonos con él. Los grandes santos lo han logrado. Por ello, merecen toda nuestra admiración.

En este día tan bello en el que celebramos el triunfo de nuestros hermanos y hermanas, de nuestros santos queridos, que ya se nos han ido, manifestemos nuestra profunda alegría siguiendo el ejemplo que ellos nos han dado.

 
 
 
 
 
 
 

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