Día de Todos los Santos (A) - 2017

November 1, 2017

Hoy se celebra una de las fiestas mayores de la Iglesia: el Día de Todos los Santos. Esta celebración religiosa se conmemora tanto el día primero de noviembre, como el domingo que le sigue. El Libro de Oración Común indica que, al igual que las demás fiestas mayores, el Día de Todos los Santos toma precedencia sobre cualquier otro día o celebración.

Según los historiadores, la primera celebración de este día se efectuó a principios del siglo cuarto, pero no se consolidó hasta principios del siglo séptimo bajo el Papa Bonifacio IV. El Papa Gregorio III hizo de Todos los Santos un día sagrado a mediados del siglo octavo y trasladó la celebración de la fecha original del 13 de mayo al 1ro de noviembre.

Este día nos brinda una oportunidad litúrgica y teológica para meditar sobre lo que llamamos la Comunión de los Santos, es decir, la unión espiritual o el vínculo que como creyentes tenemos con nuestros antepasados y con todos aquellos y aquellas que están aquí presentes, porque todos y todas somos propiedad de Cristo a través del sacramento del Bautismo.

Ese concepto de comunión y unión se puede comparar con el concepto de “seis grados de separación”, el cual indica que toda persona está conectada a seis pasos o menos de cualquier otra persona en el mundo, a través de una presentación entre personas desconocidas.  La diferencia en este caso es que estamos vinculados con los santos y las santas, no a través de una presentación, sino a través de la gracia de Dios y la fe que tenemos en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.

Estamos unidos con todos los creyentes en el cielo y en la tierra. Esa unión se hace visible en la celebración de la Eucaristía, en la oración, en la proclamación de nuestra fe a través de los Credos y cada vez que nos acercamos al altar y recibimos los sacramentos.

No solo nos unimos a esa colosal nube de testigos, a quienes a menudo llamamos santos y santas; también estamos llamados a vivir en santidad. Muchas veces tenemos perspectivas limitadas sobre lo que es la santidad. Atribuimos el título de “santo” o “santa” a aquellas personas cuyas vidas han sido excepcionales en el servicio a Cristo a través de la historia, como lo fueron Santa Teresa de Calcuta, San Agustín, San Francisco de Asís, Santa Julia de Norwich y muchos más.

Los Santos y las Santas de la iglesia no solo son mártires y misioneros milagrosos de épocas pasadas. ¿Qué tenemos nosotros, el pueblo de Dios, en común con mártires, místicos, apóstoles y profetas? La santidad es la comprensión profunda de nuestra dependencia de Dios. Es un camino personal al corazón de Dios. Y en ese camino hay altibajos, errores que cometemos, desafíos, alegrías que experimentamos, pero sobre todo tenemos a Dios, que siempre camina a nuestro lado.

El Evangelio de hoy describe la santidad de una manera particular. Las Bienaventuranzas no son prescripciones para los creyentes, sino descripciones de los que creen. No es una invitación a ser, sino un retrato de quienes ya somos en Cristo Jesús.

Las Bienaventuranzas hablan del carácter moral de los creyentes y en muchos sentidos exige una conciencia ética. Estas lecturas ofrecen una excelente oportunidad para explorar el concepto de santidad. Al igual que muchas enseñanzas bíblicas, la explicación parece ser paradójica. Se trata de una experiencia de Dios en nuestras vidas que nos permite trascender las circunstancias de los momentos vividos y las experiencias vividas, sin importar cuáles sean.

Las Bienaventuranzas traen consigo el mensaje de la promesa divina, que se expresa de la siguiente manera: si nuestras vidas o nuestro carácter es de esta manera, entonces nosotros y nosotras recibiremos esta promesa de Jesús:

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Hermanos y hermanas, estas son declaraciones profundas que describen la naturaleza de nuestro camino de fe como peregrinos cristianos que somos: somos ‘Gente del Camino’.

Algunas de las primeras órdenes monásticas pensaban que las Bienaventuranzas eran ventanas hacia un mundo nuevo donde el amor a Dios y al prójimo era posible. Esta perspectiva todavía es relevante. En este tiempo de tanta tensión social estamos llamados a recordar las palabras de Jesús, citadas en el Evangelio de hoy: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. La promesa de Jesús es que nuestra necesidad de justica será saciada. Que Dios permita que arda en nuestros corazones una necesidad inmensa por la justicia social y que nuestras oraciones y acciones reflejen el amor de Dios y la valentía de Jesús al retar las estructuras opresivas de nuestros tiempos.

Hermanas y hermanos, el Evangelio también dice: “Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios”. Cuando puedan ver a la persona que está a su lado más allá de sus defectos, carácter, desafíos, frustraciones y luchas, podrán ver a Dios. Si logramos esto, ya hemos iniciado nuestro viaje hacia la santidad.

El teólogo reformista Martín Lutero ha sido citado por llamar a los santos difuntos como: “aquellos que han completado su viaje bautismal.” Hoy, en muchas iglesias, los fieles se reúnen para recibir a personas de todas las edades en la comunión de los santos vivos a través del sacramento del Bautismo. Dios permita que toda persona que proclame el Pacto Bautismal en este día y que recite el Credo Niceno reciba una renovación de fe, de energía y de compromiso con la humanidad para que reine el amor, la justica y la razón en este mundo.

 
 
 
 
 
 
 

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