Día de Pascua (A) - 2017

April 16, 2017

¡Aleluya! ¡El Señor resucitó! ¡Cantemos con gozo y alegría!

Algunos se preguntarán, ¿cómo es que este día es motivo de gozo cuando sigo igual de mal que ayer? ¿Acaso puede cambiar todo en un par de horas?

La realidad del mundo en que vivimos nos lleva a pensar que nuestros prejuicios y los ajenos tal vez sigan siendo los mismos; que la situación en la familia, en la comunidad o en el país tampoco nos muestra que haya cambiado. Más aún, muchos han llegado a creer que la religión es una droga y que la fe es una pérdida de tiempo. Sin embargo, en varios estudios sobre la persona humana y la salud mental, se ha confirmado que el poder de nuestra voluntad es inmenso; se le puede llamar determinación, fuerza de carácter. Nosotros lo llamamos fe. Jesús nos dice que la fe puede mover montañas y que, con fe, al caminar junto a Él, realizaríamos lo impensable, hasta pasar por la muerte a la vida.

Esto es evidente al ver la mejoría en personas que experimentan depresiones como resultado de tragedias o grandes pérdidas. Es su determinación, su voluntad de seguir viviendo, de estar convencidos de que sí pueden sobrevivir esos momentos; esto es lo que nosotros llamamos fe.

En la carta a los Hebreos, capítulo 11, se dice, “Tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos.”

Éstas no son ideas extrañas para muchos miembros de nuestras comunidades latinas. Muchos han sacrificado y han arriesgado hasta la vida con la esperanza de alcanzar una vida mejor para sí mismos y para su familia. La fuerza para lograr esto viene de su fe, de su plena seguridad, de estar convencidos, de que se recibirá lo que se espera.

Los más grandes y exitosos deportistas aseguran que uno tiene que estar convencido de que sí se puede lograr la meta y que sí se puede ganar—pero eso cuesta.

Muchos pasamos por la vida cansados de enfrentar y de batallar las situaciones que nos rodean y las que creamos; las personas y las decisiones que nos roban vida. Peleas, discordias, odios, no querer pedir ni ofrecer perdón, no aceptarse. Esto nos fatiga y disminuye la fuerza de voluntad y la determinación de vivir y por seguro en lo más profundo, paraliza nuestra fe.

Como adultos, llegamos a un momento en que nos vemos en la necesidad urgente de tomar una decisión. Una decisión a buscar y seguir el mejor camino, una decisión que nos acerque a la verdad, una decisión por la vida.

Vale preguntarnos ¿qué significa muerte y que significa para mí vida?

Como lo dice el famoso himno, “hay que morir, para vivir”. Hoy día no habría motivo de celebrar la resurrección de Cristo, sin primero haber experimentado su muerte devastadora en la cruz, la cual conmemoramos el viernes Santo.

Les voy a compartir sobre un niño de ocho años llamado Jorgito. Desde que se anunció en la televisión la llegada del verano, Jorgito parecía un disco rallado preguntando todo el tiempo, “¿Cuándo vamos al parque? ¿cuándo vamos al parque?” Por fin, hizo un día cálido en Chicago después de un largo, oscuro y frío invierno. Ese día su papá le dijo que se preparara para ir al parque. En menos de un minuto estaba listo el niño y salieron de camino. Al llegar, lo primero que pidió Jorgito fue ir a la piscina. Ese día era solo para los niños y no dejaban pasar a los padres. Los adultos podían observar a los niños a través de las verjas. Su papá lo llevó hasta la entrada y se fue al lugar donde se unió a los otros padres a ver los niños disfrutar del agua.

Parecía que todos los niños de la ciudad estaban presentes. Jorgito sintió que estallaba de emoción. Al ver la piscina, soltó su bolsa y su toalla y se lanzó como un cohete.

Pero Jorgito no sabía nadar y sin fijarse se tiró a la parte honda de la piscina. El niño, desesperado comenzó a hundirse y a ahogarse. Su papá lo buscaba y no lo encontraba en medio de tantos niños. De repente, se fija que los salvavidas están respondiendo a una urgencia. El papá comienza a llamarlo. Su voz en cada momento más y más fuerte, “¡Jorgito! ¡Jorgito!” Al fin ve que es Jorgito a quien rescataron de la parte honda y es a él a quien están intentando resucitar. Al momento oye las sirenas de la ambulancia y los bomberos que vienen llegando. “Dios mío, Dios mío ¿que ha sucedido?” se preguntaba el papá. Enseguida dijo, “¡ése es mi hijo, ése es mi hijo!” Durante todo el camino al hospital no podía dejar de pensar, “Dios mío, Dios mío ¿qué ha sucedido?”

Si en algún momento hemos experimentado una situación parecida entonces podemos comenzar a comprender lo que es un aspecto esencial del bautismo.

En los bautismos de los primeros siglos de la iglesia, los candidatos, eran completamente sumergidos en el agua. Cuando surgían de las aguas aspiraban con desesperación hasta llenarse de aire y llenarse de una nueva vida en Cristo. Esta ceremonia culminaba un proceso de discernimiento y preparación que requería la entrega total de la persona. El proceso podía tomar años. Las personas estudiaban, reflexionaban, ayunaban, oraban y la comunidad oraba por ellos, hasta que llegara el glorioso día de su bautismo. En los primeros siglos, muchos seguidores del camino de Cristo eran perseguidos, torturados y asesinados. Aún así la iglesia seguía creciendo.

El bautismo y la vida cristiana nos requiere una entrega a morir ante todo lo que roba vida para que seamos liberados y recibamos la gracia de Dios que es vida abundante. Dios nos llama a ser agentes de vida con nuestra familia, en la iglesia, entre nuestros vecinos y especialmente con los más necesitados y los que menos entendemos.

No está demás que nos detengamos y nos preguntemos qué debo dejar morir en mí y qué cosas en mi vida, merecen ser resucitadas. Vale la pena que practiquemos cómo llevar una actitud que da vida y de renunciar a cada paso a las actitudes y a los hábitos que roban vida: la nuestra y la de toda persona que nos rodea.

Cuando renovamos el Pacto Bautismal celebramos el refrescante arrullo de las aguas bautismales que nos unen a la vida, a la muerte y a la resurrección de Cristo Jesús. Renovamos con gusto la vida abundante que Dios nos ofrece por medio de las personas y los hábitos saludables. Renunciamos con confianza, de una forma u otra, a todo lo que nos roba la vida y nos causa muerte.

Jorgito casi muere ahogado en aquella piscina. Se puede decir que murió, pero fue resucitado por las manos de los salvavidas y de los médicos, por el amor y el sufrimiento de su familia a su lado y por el apoyo y las oraciones de la comunidad.

Hermanas y hermanos, ¡hoy sí es un día de victoria! Puede ser el día de una victoria personal. Este es el día en que podemos decir con certidumbre que somos hijos e hijas de la luz, de la esperanza y de la vida. No tenemos que quedarnos en la tumba, ni tenemos que buscar la vida entre los muertos. Somos hijos e hijas de una vida que va más allá de lo que nos podemos imaginar. Una luz que va mucho más allá de todos los poderes de las tinieblas que nos puedan rodear. Cristo venció la muerte una vez por todas y nos ha dado todo lo necesario para que también nosotros podamos vencer todo lo que nos roba vida.

¡El Señor resucitó! ¡Aleluya, Aleluya!

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan