Cuaresma 5 (B) – 2012

March 25, 2012

Queridos hermanos y hermanas, estamos terminando este tiempo de Cuaresma, tiempo de reflexión, de retiro, de oración y meditación. Veamos qué podemos aprender de las lecturas de hoy para nuestra edificación y santificación.

Vamos a empezar por el evangelio asignado para hoy. En el primer versículo leemos que “entre la gente que había ido a Jerusalén para adorar durante la fiesta, había unos griegos” (v 20). Esto nos recuerda que los judíos, como nosotros hoy, estaban a punto de celebrar su gran fiesta de la Pascua. Para esta fiesta venía gente esparcida por todo el Imperio Romano. Venían a cumplir con una obligación y devoción. Hoy tenemos muchos santuarios y lugares de peregrinación a los que la gente acude en masa por devoción. Pensemos, por ejemplo, la basílica de Guadalupe en la ciudad de México o Santiago de Compostela, en España. Y a esos centros van mexicanos que ya no viven en México y españoles que ya no viven en España

Nos llama la atención que el evangelista detalle que entre los que habían llegado a Jerusalén había unos griegos. Es decir, eran judíos pero nacidos en Grecia. Y querían cumplir con su obligación de judíos pero además traían una ulterior inquietud. “Querían ver a Jesús” (v. 20).

Nos preguntamos ¿por qué estos judíos griegos tenían la inquietud de conocer a Jesús? Será necesario decir aquí unas palabras sobre los griegos.

La cultura griega ha sido una de las más privilegiadas en la historia de la civilización. De los griegos hemos recibido muchos de los valores que hoy apreciamos y practicamos. El amor que profesaron por la verdad, la belleza y la libertad de expresión, dio origen al sistema democrático que hoy día se está implantando en todas las naciones del mundo. Los griegos descubrieron y crearon la filosofía, el amor a la sabiduría. Se cuestionaban y traban de buscar la respuesta última a los misterios de la vida. Los más grandes filósofos entre los griegos fueron Sócrates, Platón y Aristóteles. Estos gigantes del pensamiento florecieron entre el siglo quinto y cuarto antes del nacimiento de Jesucristo. Después de ellos, se dio una decadencia, pues era difícil subir a las alturas a que ellos se encumbraron.

Pero la inquietud por el saber y conocer, y desvelar los misterios de la vida fue una constante en el mundo griego y se transmitió a todas las culturas posteriores, incluida la nuestra. La filosofía griega se estudia en todos los centros docentes del mundo.

Así que tenemos hoy que unos judíos con mentalidad griega y con amor a la sabiduría han oído hablar de un personaje extraño y que enseña una doctrina peculiar aunque en muchos aspectos parecida a lo que han enseñado sus filósofos. Vienen a investigar si este Jesús es más grande que Aristóteles o Platón.

Según el relato del evangelio, cuando llegan a Jesús está pronunciando estas misteriosas palabras: “Ha llegado la hora de que Hijo del Hombre sea glorificado” (v 23). Esta frase intriga a todos los presentes. Seguro que algunos judíos se alegraron porque pensaron que el triunfo de Jesús había llegado. Pero no era eso lo que estaba anunciando Jesús. Jesús continúa hablando con otra frase todavía más misteriosa: “El que ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo la conservará para la vida eterna” (v.25). Esta era una frase que parecía más filosófica. Seguro que agradó a los griegos. He aquí alguien que habla con profundidad como los filósofos griegos. Y ¿qué significa despreciar la vida en este mundo para conservarla en la vida eterna”.

Esa doctrina es muy profunda, y más difícil de cumplir. Significa tener presente siempre que somos pasajeros, que somos peregrinos, que estamos de paso en este mundo, y que un día vamos a desaparecer. ¿Para qué entonces adorar las cosas de esta tierra? ¿Para qué acumular cosas que no vamos a poder llevarnos con nosotros a la otra vida. Según crecemos nos apegamos tanto a las cosas que empezamos a comprar creyendo que con ellas seremos felices. Y no lo somos. Luego pensamos que yendo de turismo a visitar lugares seremos felices. Y tampoco lo somos. O pensamos que estando siempre de fiesta también seremos felices, y tampoco lo somos. Entonces ¿qué hacer?

Jesús dice que tenemos que “despreciar la vida en este mundo”. Tal vez esa sea una frase muy fuerte. ¿Qué significa? Bueno, algunos santos la tomaron al pie de la letra y realizaron cosas muy raras, o ayunaban y comían muy poco, o no dormían y se pasaban el tiempo orando, o se castigaban el cuerpo. Todo eso eran excesos que Jesús tampoco quiere que hagamos.

Lo que realmente nos pide Jesús es que apreciemos todo lo que Dios ha creado y puesto a nuestra disposición pero que no nos hagamos esclavos de nada. Que estemos desprendidos de todo. Es necesario mantener un equilibrio entre los extremos. Los filósofos griegos enseñaron que la virtud se encuentra en el medio.

En realidad Jesús aceptó en extremo el sufrimiento. Pero lo hizo por amor nuestro. No lo hizo porque despreciara el cuerpo o la vida. San Pablo en la carta a los hebreos lo explica de esta manera: “Cristo…sufriendo aprendió a obedecer; y al perfeccionarse de esa manera, llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen y Dios lo nombró sumo sacerdote” (5:10).

También hay padres que se desviven y sacrifican en extremo por sus hijos. Esos sacrificios están llenos de amor. Nadie nos ha demostrado tanto amor como Jesús. Con su vida, muerte y resurrección, nos ha mostrado el mejor camino que conduce a la vida eterna. Un camino de salvación eterna. Estoy seguro que los griegos que escucharon a Jesús quedaron muy satisfechos. Por eso, los fariseos no sabían qué hacer pues veían que “todo el mundo se iba con él, con Jesús” (Juan 12:19). ¡Hagamos nosotros lo mismo, acompañemos siempre a Jesús!

 
 
 
 
 
 
 

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