Cristo el Rey (A) - 22 de noviembre de 2020

November 22, 2020

El papel del profeta en el Antiguo Testamento no se limita a la denuncia de la injusticia social, la inmoralidad de la gente o la corrupción y despotismo de sus líderes. El papel del profeta es mucho más amplio que eso, también describe una visión nueva y esperanzadora para el pueblo de Dios. Éste es el caso del pasaje de Ezequiel que nos presenta la primera lectura de hoy.

Ezequiel es testigo de dos acontecimientos dolorosos en la experiencia del pueblo de Dios: la destrucción de Jerusalén y el destierro a Babilonia. Ambos eventos son el producto catastrófico de la falta de liderazgo efectivo de los gobernantes de su época y el debilitamiento de los principios religiosos y éticos de la población. Los reyes y príncipes estaban divididos entre ellos y, en medio del pueblo, se profundizaba la diferencia entre los que tenían y lo sin nada. A esa diferencia se refiere Ezequiel cuando habla de las ovejas gordas y las flacas; realmente habla el profeta de ricos y pobres de forma metafórica.

Una técnica de apoyo para el aspecto aplicativo de la palabra de Dios que leemos es poner esa palabra en diálogo con nuestro propio contexto y preguntarnos sobre las similitudes que existen y cómo la realidad del pasado informa la nuestra hoy día. El profeta Ezequiel habla de una profunda división entre ricos y pobres, del maltrato que sufren los desafortunados por parte de quienes más pueden, incluso de sus propias autoridades: “ustedes han alejado a empujones a las más débiles, las han atacado a cornadas y las han hecho huir”, escribe el profeta.

El año 2020 ha sido un año de críticos desafíos para todo el mundo, como lo fue el 587 antes de Cristo para el mundo del profeta Ezequiel y su pueblo Israel. Los efectos de la pandemia del Coviod-19 han afectado todos los aspectos de nuestra vida: la economía, la educación, el deporte, nuestra vida familiar y social, y nuestras prácticas religiosas, entre otros; cientos de miles de personas han perdido a seres queridos y a muchos no han podido darles ni siquiera un último adiós; otras han perdido sus negocios o trabajos; hay quienes han caído estrepitosamente de una posición social de clase media a pobre, o han bajado de un nivel de pobreza comprensible a uno de miseria inaceptable; los cierres de negocios y las órdenes de quedarse en casa han complicado la existencia de muchos que dependen del movimiento de las calles para desarrollar su economía, poner comida sobre sus mesas o pagar las facturas; los debates contradictorios sobre la opinión política y la opinión de la ciencia, sobre el uso de las máscaras y la necesidad de sobrevivencia, ocupan la atención de los que nos sentamos a ver los noticieros o tomamos un poco de tiempo para la leer la prensa.

Definitivamente el Coronavirus nos ha puesto ante una crisis existencial que a muchos nos ha hecho replantearnos la importancia de la vida, el sentido del tener, el valor de las relaciones familiares, lo indispensable que es nuestra relación con Dios y nuestra dependencia de la naturaleza que muchas veces tomamos como un supuesto o como algo sobreentendido. Sorprendentemente hasta al aire que respiramos le estemos redescubriendo su esencialidad y con desesperación salimos a buscarlo en los parques o en las áreas verdes de nuestras ciudades. Los que se consideraban intocables batallan con la vulnerabilidad y los típicamente vulnerables se han dado cuenta que su poder de resiliencia es más alto de lo que podían imaginarse.

Una combinación de incendios forestales, como los experimentados en el Noroeste de los Estados Unidos, de tormentas huracanadas como las que han devastado al Caribe, México, Centroamérica y el Suroeste de los Estados Unidos, y la misma Pandemia del COVID-19 han sido una prueba fuerte para los líderes del mundo. Muchos liderazgos han sido definidos por todos estos eventos, lamentablemente algunos no han pasado estas pruebas. En países como Estados Unidos, los líderes no sólo están fracasando en la lucha contra el Coronavirus, sino que han permitido que las diferencias políticas y agendas partidarias se interpongan a la necesidad económica que sufre un segmento importante de la población en el marco de un proceso de elecciones que, aunque haya terminado, pronostica permanecer todavía como sombra de fantasma por los siguientes meses.

Es precisamente en situaciones como las que experimentamos hoy donde los cristianos podemos encontrar fortaleza y esperanza en la Palabra. Éste es un buen tiempo para escuchar el eco de la voz de Dios en el libro de Ezequiel, pues se trata de un Dios que sentencia a los malos pastores y se solidariza con los golpeados, los más débiles, los marginados y desposeídos; es el Dios que dice: “Yo mismo seré el pastor de mis ovejas, yo mismo las llevaré a descansar. Yo, el Señor, lo afirmo. Buscaré a las ovejas perdidas, traeré a las extraviadas, vendaré a las que tengan alguna pata rota, ayudaré a las débiles, y cuidaré a las gordas y fuertes. Yo las cuidaré como es debido”.

Estas palabras podemos hacerlas realidad, como humanos, si ponemos de nuestra. ¡No tenemos que dejárselo todo a Dios! Nosotros podemos ser parte de esa visión que describe el profeta de un Dios soberano que anuncia su voluntad de liderar a su pueblo y caminar junto a él, como su Pastor.

¿Podemos nosotros ser auxiliares de Dios en el pastoreo de su pueblo? ¡Claro que sí! ¡Eso es lo que Dios desea! Además, ¡es parte de nuestras promesas bautismales! ¿Cómo podemos nosotros ayudar a Dios a pastorear a un pueblo del cual también somos parte? Miremos al pasaje del Evangelio de Mateo que leímos hoy. Jesús habla del juicio final y nos da las claves no sólo para que adquiramos un pedacito del reino de los cielos, sino también para que seamos pastores efectivos en un mundo quebrantado por nuestras divisiones y egoísmos, indiferencias e intolerancias, en cual el racismo institucionalizado sigue costando vidas y definiendo el futuro de muchos, donde la desigualdad de clases se define cada vez más en dos categorías: los de arriba y los de abajo, con una franja muy delgada en el medio.

Jesús nos invita a ser pastores para todos, especialmente de las personas que viven en las márgenes, los desamparados, los hambrientos, los enfermos. También nos pide ser pastores para las personas que han perdido a seres queridos durante este tiempo de pandemia y para los que han perdido sus bienes por las tormentas y los incendios durante este tiempo tan difícil. Pero hay algo más que debemos considerar en el papel de pastoreo de acuerdo con nuestro pacto bautismal, ese “algo más” es ser agentes creadores de justicia y paz en nuestras comunidades y ciudades, exigiendo a las autoridades electas que en el ejercicio de su pastoreo velen por todas sus ovejas y no permitan que las más gordas empujen fuera del corral a las menos representadas. Eso es lo que haría el Cristo Rey que celebramos hoy, ésa es la visión del Pastor de Israel que describe Ezequiel y es la mejor imagen que podemos crearnos de un mundo gobernado por Dios.

Que Dios nos ayude y guíe para encontrar nuestro rol de pastor en un mundo tan necesitado de pastores.

El Rvdo. Simón Bautista es canónigo misionero para la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston, Texas.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan