Adviento 4 (A) - 22 de diciembre de 2019

December 22, 2019

Episcopal Sermon AdvientoHemos llegado al final de la estación de Adviento y nos disponemos a celebrar con gozo el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Las lecturas de este domingo nos sitúan frente a un contexto social y religiosos muy particular en donde tiene lugar la llegada de Jesús al mundo. El profeta Isaías había anunciado desde antaño el nacimiento de un niño que sería llamado Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”.

El evangelio de Mateo nos describe en pocos detalles, el origen de Jesucristo. Éste iba dirigido a los judíos, quienes estaban familiarizados con la ley y los profetas; ellos sabrían entender que Jesús era el Mesías anunciado. No es casual, entonces, que Mateo añada la frase: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta”. El nacimiento de Jesús no es un acontecimiento espontáneo, fue anunciado y muchos en Israel sabían que iba a suceder. De alguna manera resulta fácil para Mateo compartir el mensaje con sus compatriotas, pues el plan de Dios era ampliamente conocido.

Para las generaciones actuales resulta un poco más difícil entender la conexión entre Mateo y el profeta Isaías. Esto es comprensible, pues la relación íntima con nuestro pasado no va más allá de dos generaciones. Si preguntamos a algunos niños y niñas por los nombres de sus bisabuelos, seguramente muy pocos lo sabrán, puesto que la mayoría han cortado los lazos con las generaciones pasadas. A esto, cabe agregar que las profecías no forman parte de nuestra cultura Hispana/Latina, como lo fueron en el antiguo Israel.

Cristo, el Salvador, nace en medio del pueblo judío. El apóstol Pablo enfatiza, en su carta a los Romanos, que “nació, como hombre, de la descendencia de David”. David y Jesús son parte de una misma historia, en la cual Dios se manifiesta. Aunque los dos estén distantes en el tiempo, para el creyente judeocristiano, la relación entre ellos es notable.

Los cristianos y cristianas a quienes habla Mateo tienen bases profundas en las profecías de Israel. Ellos creían en las promesas de “un cielo nuevo y una tierra nueva “, de las que habla el profeta Isaías. Los acontecimientos no estaban desvinculados unos de otros, los eventos eran realidades que se anunciaron previamente y cuyo cumplimiento es visto como Dios actuando de manera continua en la historia. Al terminar esta estación de Adviento, se nos recuerda que el nacimiento de Cristo habría de acontecer en un momento de esa historia de salvación. Su llegada tan esperada haría realidad el Reino de Dios y su justicia.

¿Creemos hoy en las promesas de Dios? ¿Esperamos el advenimiento de una era de paz y justicia en la tierra?

El Adviento y la Navidad nos ayudan a entender que el nacimiento de Jesús es siempre el cumplimiento de las promesas de Dios para una humanidad y una tierra que padecen toda suerte de penas y dolores. La fe de los cristianos siempre retoma una promesa del ayer, por un mejor mañana, aunque el hoy sea gris. El Adviento llega a su fin, pero no concluye de manera infructuosa, culmina con la celebración del nacimiento del Hijo de Dios que se hace humano para salvación de todas las generaciones.

De otro lado, el evangelio de hoy también nos presenta a José, prometido de María, quien había decidido separarse en secreto.  Ya había pensado hacerlo así, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque su hijo lo ha concebido por el poder del Espíritu Santo”. Si José hubiese llevado a cabo el propósito de repudiar a María, la historia sería distinta. La intervención de Dios, por medio del sueño, orientó el rumbo histórico que todos conocemos: “ella dio a luz a su hijo, al que José puso por nombre Jesús.”

En estos días de Adviento y Navidad tomemos el tiempo para recordar los sueños y esperanzas que presentamos a Dios tiempo atrás. Es posible que hayamos renunciado a algunos de esos proyectos frente a los obstáculos que la vida nos ha presentado. Desde nuestra fe, tengamos presente que Dios conoce nuestros sueños y nos va mostrando, de diferentes formas, que ellos alcanzarán la plenitud.

Millones de cristianos a lo largo del mundo celebraremos el nacimiento de Jesús. Muchos colocaremos pesebres en nuestros hogares e iglesias, y en cada establo se mostrará la pobreza en la que nace el Hijo de Dios. Pero aun en medio de la escena marcada por la sencillez, una estrella indicará que Dios una vez guio a los magos de oriente y a los pastores a tan pobre lugar para adorar al Niño Jesús, en Belén de Judá.

En este tercer milenio de cristianismo, es importante creer que hay una estrella indicando el camino hacia Jesús. Una estrella que nos va guiando a cada uno de los lugares en los que Cristo proclama su mensaje de vida abundante. Del río Jordán a Cafarnaúm, de Betania a Jerusalén, la estrella es el mensaje liberador de Jesús de Nazaret que acerca al Padre, a todos los olvidados de este mundo.

El Adviento, como estación litúrgica en la iglesia, ha terminado. Sin embargo, todas las promesas que escuchamos a lo largo de estos cuatro domingos se han hecho realidad con el nacimiento de Jesús. Su mensaje y ejemplo nos ayudan a ser instrumentos en la construcción de una sociedad fundada en el respeto al ser humano. Al acercarnos a la tradicional Noche Buena, la reflexión personal que podemos hacer se basa en las preguntas siguientes: ¿Es la Navidad un tiempo de exceso en el gastar y en el comer? ¿Practicamos, en Navidad, el amor de Jesús para con los más desprotegidos de este mundo?

Cada uno de nosotros está llamado a responder, desde su fe, cómo participa en hacer realidad las promesas de Dios a su pueblo. La historia continúa y la esperanza de un futuro mejor para millones de seres humanos descansa en el compromiso de tantos de cristianos y cristianas que practican la solidaridad con sus semejantes. Sin importar donde estemos en esta Navidad, podemos unirnos, tanto en oración como en servicio, siguiendo la estrella que nos lleva a Jesús quien se nos muestra en el indigente, en el inmigrante recién llegado, en la anciana que vive en soledad, en el enfermo que no podrá compartir estas fiestas con sus seres queridos y en los niños y niñas que están al abrigo de las instituciones gubernamentales lejos de sus familias, sea por razones migratorias o por el abandono de sus padres.

Bendito sea Dios que nos permitió vivir este tiempo de Adviento y así reconocer que siempre hemos estado en el corazón de Dios y lo seguiremos estando hasta el final de los tiempos y en la vida futura que no tiene fin. Amén.

El Rev. Dr. Álvaro Araica sirve en la Diócesis Episcopal de Chicago como Asociado para el Ministerio Hispano y también como vicario en la Iglesia Episcopal Cristo Rey.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto