Adviento 3 (B) - 2017

December 17, 2017

¿Se han preguntado ustedes de dónde proviene la tradición de decorar las casas con luces de colores en anticipación a la Navidad? La respuesta es esta: antes de que hubiera electricidad en los hogares, los árboles navideños se decoraban con velas de cera. No fue hasta el año 1882 que el tecnólogo e inventor Eduardo H. Johnson logró diseñar la primera extensión de luces colgantes para su árbol navideño. Con sus propias manos Johnson creó ochenta luces de colores rosadas, blancas y azules del tamaño de una nuez. Los colores que él escogió representan diferentes cualidades, por ejemplo, la blanca representa la pureza de Jesús, la rosada representa la alegría.

Las luces navideñas también sirvieron para inspirar a los cristianos a que recordaran el símbolo de la luz de Cristo que es amor, esperanza y compasión humana.  En aquella época, esas luces también sirvieron para recordarles a los cristianos que compartieran su luz con el mundo.

Desde el 1930 los bombillos navideños son parte esencial de esta estación. Así que, en todo el mundo cristiano, es imposible pensar en la Navidad sin ellos. Hoy en día estas luces han salido de los pesebres y de los árboles de navidad para de mil formas adornar puertas, ventanas y balcones. Millas de luces colgantes de las más atractivas gamas de colores cubren techos y frentes de millones de hogares y patios. ¡Cuántos vecinos no compiten hoy día por iluminar sus hogares, sus cuadras y comunidades enteras!

Si nos preguntaran ¿por qué lo hacemos? responderíamos que nos fascina vestirnos y vestir con luz lo que somos y tenemos para que así irradie la luz de Jesús a través de nosotros y de nosotras, la presencia del Mesías que viene y llegará a residir y quedarse en nuestros hogares, en nuestros corazones y en cada corazón de nuestras comunidades.

Nos fascina compartir esta época de sagrada espera con la belleza de la iluminación navideña, porque año tras año, nuestra fe y nuestra esperanza nos mueven a preparar el alma para la llegada del amor de Dios encarnado en su Hijo, “la luz verdadera que alumbra a toda la humanidad”.

En el evangelio de Juan que acabamos de escuchar, se nos revela la identidad de Juan Bautista, el hombre montaraz que en medio del desierto preparó el camino para la llegada de su primo Jesús. Dios escogió a Juan, un hombre que no es lo que se espera de un profeta enviado, pero que inspiró a las almas de las multitudes de su época a arrepentirse y a ser recibidos en la familia de Cristo. Pareciera que Juan fuese el elegido, pero no lo era, aunque tenía algunas cualidades para serlo. Él mismo expresó claramente su identidad al decir: “No soy yo”. Lo único que Juan pudo reclamar era que preparaba el camino para Jesús. “Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz”. Sólo Dios pudo maravillar a la humanidad con el regalo de gracia que irrumpió en la humanidad de una forma exuberante, extraordinaria y creíble con la llegada de su Hijo, el Mesías.

¿Será que nosotros podemos reclamar nuestra misión de una forma tan clara como la de Juan el Bautista ante la presencia de Jesús? ¿Podemos responder acerca de nuestra identidad cristiana con esa convicción, humildad y certeza que tuvo Juan el Bautista? ¿Qué nos detiene para llevar y compartir el mensaje y la misión de Dios hoy día, como lo hizo Juan? ¿Podemos encontrar la luz radiante de Jesús en el mundo sin dejarnos distraer por los destellos del mundo?

Muchas voces claman a Jesús, cómo lo hizo Juan el Bautista, al ver la oscuridad de la violencia y las tensiones del mundo. Juan repitió la profecía de Isaías cuando gritó en el desierto: “Abran un camino derecho para el Señor.” Las palabras de arrepentimiento continúan instándonos a mirar muy adentro de nuestro ser para ver esa “luz verdadera que alumbra a la humanidad”, la luz verdadera que está en cada uno y una de nosotros.

En este texto se nos revela desde el principio, la importancia de estar preparados con nuestros sentidos, nuestras mentes y nuestros corazones al resplandor fulgurante de Jesús.

En Jesús, encontramos como lo ordinario se vuelve extraordinario. Que todas esas luchas, desilusiones del mundo, el clamor desesperanzador, tristezas, pérdidas y odios son opacados por el resplandor de Jesús. Ese esplendor nos llena de esperanza y nos hace sentir que la oscuridad no puede opacar la luz que Dios sembró en nosotros y nosotras. Somos el cielo lleno de estrellas que titilan en la oscuridad en preparación del nacimiento de Jesús.

Vivamos este tercer domingo de Adviento, con la intención de reconocer y de abrazar la luz que ilumina al mundo, Jesús. No la rechacemos. Dejemos que Jesús naciente, encienda nuevamente nuestra luz interna a través de la oración y de las prácticas espirituales del Adviento.

El ser cristianos y cristianas, y reconocer a Cristo en nuestras vidas en este tiempo de preparación, significa que reconocemos el privilegio que es Jesús transformando a la humanidad. ¡Que se levante poderosa la voz esperanzada, esa que clama en desiertos y montes, en calles y salones, en hospitales, prisiones, hogares, balcones y comunidades, y en las grandes ciudades! Tal como Pablo expresó al pueblo Tesalonicense, inspirémonos también a tener fe en que Dios nuestro creador, el Dios de paz, nos haga perfectamente santos y santas. Pidámosle que también se conserve todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sin defecto alguno, para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Que esa esperanza nos permita florecer en el nuevo año que llega, y el poder entender que “todo lo podemos hacer en Cristo que nos fortalece.”

Hermanos y hermanas, permitamos que se abran nuestros corazones a la luz de la Natividad de Jesús para que sea fuente de amor, de luz divina y de inspiración.

 
 
 
 
 
 
 

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