Adviento 3 (B) – 2014

December 14, 2014

Podríamos decir que en este tercer domingo de Adviento, la nota predominante es la alegría. En efecto, todas las lecturas se enfocan a ese sentimiento. Hay alegría cuando se reciben buenas noticias, como allá los deportados en Babilonia, cuando el profeta les anuncia su próxima liberación; hay alegría cuando los que vieron y escucharon a Jesús sentían esa presencia cercana de Dios a través de su hijo; hoy sentimos alegría porque la Navidad está ya muy cerca, porque volveremos a contemplar ese misterio insondable del nacimiento de Jesús, Dios que se hace uno como nosotros.

El profeta Isaías (el Tercer Isaías) describe con abundantes imágenes los sentimientos que suscita la esperanza de la pronta liberación de la servidumbre en Babilonia. El ambiente es de sufrimiento, de nostalgia, de tristeza y abatimiento, y para esas personas que por años han vivido esa situación, la buena noticia del profeta no puede ser mejor: el Señor mismo vendrá a vendar las heridas, a sanar los corazones rotos, a levantar a los caídos, a liberar a los cautivos… Y esa perspectiva de liberación hace que el profeta junto con los creyentes entone cantos de alabanza y acción de gracias al Liberador de Israel como el que acabamos de escuchar en la primera lectura.

Nuestro mundo actual necesita esta voz profética, requiere con urgencia volver los ojos a Jesús para sentir que él ha realizado ya esa proclama de Isaías, pero que esa acción de Jesús realizada tiempo atrás debe ser actualizada permanentemente por nosotros los que creemos en él, los que decimos ser sus seguidores. No basta simplemente con creer; el Diablo también cree. En los evangelios encontramos testimonios donde se nota que el Diablo, el Tentador, dice creer; sin embargo, no por creer deja de ser “el” Tentador. Igual sucede con nosotros, decimos creer, pero nuestra vida y nuestra obras no se ajustan a esa fe que profesamos; es que creer en Jesús va más allá de confesarlo como el Mesías, el Hijo de Dios, esa confesión de fe implica para nosotros realizar las mismas acciones de Jesús, adoptar su estilo de vida, de confianza plena en Dios, de amor desbordante hacia los más débiles e ignorados de la sociedad, entregar hasta nuestra propia vida por la justicia, rechazar de manera radical todo lo que se opone al plan de vida propuesto por el Padre… eso y mucho más implica ser seguidor de Jesús.

Ojalá que nuestro estilo de vida, sea buen anuncio para tanta gente que dice creer en Dios, y sin embargo, sufren de soledad, de abatimiento, andan con el corazón roto, los ojos vendados… Nosotros, que por el bautismo somos también profetas, pidamos a Dios la luz necesaria para ejercitar ese don de ser profetas, anunciadores de las buenas noticias de la salvación y de la acogida del Padre a todos sin excepción.

A tono con la alegría característica de este tercer domingo de Adviento, escuchamos hoy el amplio testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús. Digamos que, aunque en el pasaje del evangelio según san Juan que escuchamos no se nota mucho ese tono de alegría, sabemos que para la comunidad del evangelista, este testimonio y estas aclaraciones sí produjeron mucha alegría. Los cristianos de la primera generación tuvieron que discernir cuál de los dos personajes, Juan o Jesús, era definitivamente el Enviado de Dios, el Mesías; es decir, para los seguidores de Jesús no fue todo tan claro desde el principio. Y menos aún, para los miembros de la comunidad, o de las comunidades a las cuales se dirige el evangelio de san Juan, pues se nota que eran personas profundamente marcadas por el gnosticismo tan en boga en aquella época.

Tratemos de ponernos en el lugar de esa comunidad joánica que tiene pues, una fuerte influencia del movimiento bautista, pero también una fuerte experiencia de evangelización y de formación cristiana; a eso también hay que sumarle la influencia del gnosticismo que al parecer tiene raíces muy hondas en la mentalidad de esa comunidad. Si miramos bien, también hoy muchas comunidades presentan ambigüedades similares.

El evangelista Juan declara que efectivamente Juan el Bautista fue un hombre enviado por Dios; es decir, que su ministerio tiene ciertamente autoridad; pero inmediatamente describe su misión: “vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él”. El bautista fue, entonces, el medio para preparar, para disponer la fe en el que sería realmente el Ungido de Dios.

La otra manera de establecer la necesaria claridad sobre los dos personajes y sobre la misión de cada uno es relatar el diálogo entre las autoridades judías de Jerusalén y el mismo Bautista. Los otros tres evangelios sinópticos no narran este mismo diálogo, pero al menos Mateo y Lucas nos dejaron un testimonio más para refrendar la identidad de Juan y la de Jesús: cuando Juan está en la cárcel, él mismo envía mensajeros a Jesús para preguntarle “¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mateo 11:2-6; Lucas 7:18-23).

Miremos con detenimiento el interrogatorio al que es sometido Juan según lo que hemos escuchado hoy. De acuerdo con el relato, podemos deducir que desde las expectativas de la religión judía, en cualquier momento aparecería Elías, el famoso profeta del Antiguo Testamento que supuestamente regresaría como signo de la inminente llegada del Mesías. Ante la pregunta de los enviados de las autoridades de Jerusalén, Juan responde que no es Elías. Otro personaje que debía aparecer en cualquier momento era “el profeta”, alguien con la sabiduría necesaria para interpretar y explicar al pueblo toda la Escritura, este sería el profeta escatológico, es decir, de los últimos tiempos. Juan declara que tampoco es ese profeta. Finalmente, la inquietud de las autoridades es saber si entonces se trata del Mesías; Juan declara que tampoco es el Mesías.

Resaltemos la honestidad del Bautista y su humildad para no hacerse pasar por ninguno de esos tres personajes tan esperados por los judíos. Otros sí lo habían hecho, muchos falsos profetas y falsos mesías se habían presentado predicándose a sí mismos y habían fracasado. Juan sabe y es consciente de que su misión es simplemente la de ser esa “voz en el desierto” que llama a la conversión y al cambio de vida. Podríamos decir que en cierto modo, al tiempo que los cuatro evangelistas se ocupan de establecer con claridad la identidad tanto de Juan como de Jesús, en cierto modo es un homenaje que le rinden al bautista, no es mera casualidad que pongan en labios de Jesús expresiones cargadas de admiración y de honor hacia Juan: “Les aseguro, de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:11).

Hoy no necesitaríamos nosotros quién nos aclare quién es Juan y quién es Jesús, ¿verdad? Sin embargo, a veces nos dejamos confundir ya no con otro personaje como el bautista, sino con los distintos modos de ver y de entender a Jesús y su mensaje. Si miramos con atención, cuántos cristianos se desvanecen y se deshacen en una mera contemplación mística de Jesús, lo adoran, lo alaban…etc., pero no se comprometen para nada con lo que él nos pide. Muchos sólo ven en él aquella dimensión divina, espiritual, pero se olvidan de ese aspecto humano de Jesús, aquel que lo hizo ver, sentir, gozar, padecer… tal como nos pasa a todos.

Qué bueno que esta Navidad que ya está tan cerca, nos recuerde a nosotros quién es Jesús: el Dios que se ha hecho humano como nosotros y que desde la humildad del pesebre nos invita para que lo aprendamos a identificar, para que asumamos con verdadero compromiso la tarea que desde el pesebre él empezó: acercarse a nosotros, acercar a Dios hasta nosotros.

 
 
 
 
 
 
 

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