Estudio Bíblico: Cuaresma 1 (C) - 2013

February 17, 2013

Deuteronomio 26:1-11

El libro del Deuteronomio no es sólo un libro de leyes, es una alianza. En las antiguas sociedades del Cercano Oriente, se hacían a menudo alianzas o pactos entre los reyes y sus vasallos. Estos tratados consistían en un preámbulo o prólogo histórico que contextualizaba el pacto, los términos del pacto mismo, la invocación de testigos, bendiciones y maldiciones, y las disposiciones para el registro del documento y lectura periódica de la alianza para recordar a la gente su acuerdo.

El libro del Deuteronomio sigue esta antigua forma de alianza del Cercano Oriente, pero es única ya que no es una alianza entre el pueblo y un rey humano, sino entre el pueblo y Dios. Este es el comienzo de una larga tradición en la que el pueblo de Israel se ve como principalmente o incluso únicamente obligado a Dios, en vez de a cualquier gobernante humano, nativo o extranjero.

El pasaje que leemos hoy es de la sección de la alianza que describe los términos bajo los cuales los israelitas pagan “tributo” a Dios. En una relación humana de rey/vasallo, una parte de los bienes y recursos de los pueblos sometidos se le debía al rey, o incluso era arrebatada por él. En el Deuteronomio, los israelitas deben los primeros frutos de la tierra a Dios. Ellos “pagan” este homenaje al traer estos frutos al templo y participar en un ritual litúrgico que termina en una fiesta en la que, junto con los sacerdotes y los demás que con ellos, disfrutan de los frutos de la cosecha. ¡Esto es muy diferente a que un rey distante te arrebate una porción de la cosecha!

  • El ofrecer los primeros frutos de cada cosecha a Dios servía para recordar a los antiguos israelitas a quién debían su primera lealtad y fidelidad. Al entrar en la estación de Cuaresma, vale la pena reflexionar sobre esto. ¿A qué o a quién crees que debes tu última lealtad y fidelidad? ¿Qué o quién recibe tus “primeros frutos”, la primera o mejor parte de tu tiempo, de tus habilidades y de tus bienes materiales? ¿Tu respuesta a la segunda pregunta se deriva de la primera, o están en desacuerdo?

Salmo 91:1-2, 9-16



La lectura del Deuteronomio incluye una afirmación de la historia de Israel con Dios que es casi como un credo (“Un arameo errante fue mi antepasado”). En el Deuteronomio, la gente continúa su relación con Dios en el presente por las cosas que Dios ha hecho por Israel en el pasado. El Salmo 91 es otra confesión de fe, pero en vez de recordar la atención que Dios ha tenido con su pueblo en el pasado, el salmista expresa su confianza en el cuidado que Dios tendrá en el presente. El fiel caracterizado en este salmo confiesa: “Tú eres mi refugio y mi fortaleza, mi Dios, en quien he puesto mi confianza”, y esta confianza es la base para el resto del salmo.

  • ¿En qué o en quién pones tu confianza? Otra forma de hacer esta pregunta es preguntarte a ti mismo, ¿qué hay en tu vida que te proporcione una base sólida sobre la que afirmarte, sin la cual no te sentirías seguro o completo?

Romanos 10:8 b-13



En el pasaje a los romanos, la confesión de la fe está en tiempo futuro. “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.

Cuando Pablo define la salvación de esta manera, es importante recordar que “confesar” tenía un significado para los primeros cristianos (como a los que Pablo estaba escribiendo en Roma), que es bastante diferente al significado que generalmente le asignamos hoy. A los primeros mártires cristianos se les llamaba “confesores”, ya que confesaban públicamente su fe en Jesucristo, incluso cuando el hacerlo significaba arriesgarse a morir, incluso cuando lo único que tenían que hacer para salvarse era permanecer en silencio. Confesar que Jesús es el Señor era para ellos un verdadero acto que podía conducir a la persecución y a la muerte, y los primeros cristianos fueron capaces de enfrentarse a la muerte debido a que su fe en la resurrección de Jesús estaba tan profundamente arraigada en su corazón que se había convertido en la base misma de su actuar, reemplazando incluso su instinto natural de auto-preservación.

  • Entonces, la confesión de la fe no es un asentimiento abstracto a un principio teórico, sino la articulación de lo que creemos tan profundamente que es la base de la manera total en que vivimos nuestra vida.

Si tuvieras sólo unas pocas palabras para articular el fundamento por el que vives tu vida, ¿qué dirías? ¿Coinciden tus obras con esa articulación? ¿Alguna vez has estado en una situación en la que sentías que tenías que decir la verdad, y cuando tu silencio podría haber sido más fácil o más seguro?



Lucas 4:1-13

A pesar de que todas las lecturas de hoy lidian de alguna manera con una confesión de fe, el relato del evangelio es quizás el más llamativo, ya que retrata a Jesús confesando su fe, como respuesta a una tentación. Jesús acaba de ser bautizado y es conducido por el Espíritu al desierto, con las palabras de Dios todavía resonando en sus oídos: “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido” (Lucas 3: 22 b).

El diablo se aprovecha de esto de inmediato. “Si eres el Hijo de Dios”, sugiere, “di que estas piedras se conviertan en panes y come… adórame y recibe todos los reinos del mundo… tírate de aquí abajo y verás si los ángeles te cogen”. La tentación que experimenta el Hijo de Dios, tras la revelación de su divinidad, es una tentación muy humana: se trata de usar su poder no para el bien de otros, sino para su propia ganancia y gloria. Jesús resiste la tentación también de una manera muy humana: fundamentándose en las Escrituras que ha conocido desde su infancia, y confiesa mediante ellas, la naturaleza de Dios que es el núcleo de todo su ser, y dice no a la tentación que es falsa a su propia naturaleza.

  • ¿Cómo y a quién le confiesas tu fe? ¿Es importante el confesar y vivir tu fe? ¿Hay alguna manera en la que al confesar tu fe puedes cambiar la forma en que vives? ¿El confesar tu fe puede ayudarte a resistir “los poderes malignos de este mundo que corrompen y destruyen a las criaturas de Dios” (Libro de Oración Común, p. 222)

 
 
 
 
 
 
 

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