Un año después de las inundaciones, el empeño de la reconstrucción prosigue en Vermont

October 23, 2012


[Episcopal News Service] Hace un año, miembros de las congregaciones episcopales de la Diócesis de Vermont estaban transportando mantequilla de maní, cacerolas, calentadores portátiles y artículos de limpieza en autos y camiones a lo largo de las autopistas del estado en lo que apodaban “relevo de autopista” [Freeway Relay] para ayudar a las víctimas de las inundaciones provocadas por el huracán Irene.

Hoy, la carrera de relevo ha terminado, pero el trabajo para ayudar a que las personas reconstruyan sus vidas y sus casas aún prosigue.

“La gente aún está dando tumbos”, dijo Ann Cooper, quien coordina las subvenciones de Ayuda y Desarrollo Episcopales en la diócesis. “Hay personas que han caído en el atolladero, y aún se encuentran en él. Y por todas las personas que ayudamos, lo cual no es suficiente, sabemos que existe por lo menos el mismo número que necesitan ayuda. Parte del problema es encontrarlas, y el otro problema es financiarlas”.

Las agencias de socorro a través del estado “informan que siguen recibiendo nuevas solicitudes todos los días”, dijo la Rda. E. Angela Emerson, ministra diocesana para el desarrollo de la mayordomía. Hay aún muchísima desconexión y relocalización y reasentamiento, eso sigue”.

Un correo electrónico enviado poco después del huracán a la oficina de Emerson en la iglesia episcopal de San Pablo [St. Paul’s] en White River Junction, de una iglesia que necesitaba alimentos para su programa de distribución de comidas congeladas, ayudó a echar a andar el Freeway Relay. San Pablo se convirtió en el punto focal para la ayuda a lo largo de la [carretera] Interestatal 91, que corre hacia el sur desde la esquina nordeste de Vermont. Otra ruta de relevos iba por el lado occidental del estado. Para principios de octubre de 2011, virtualmente las 48 congregaciones de la diócesis habían participado de alguna manera, colectando, donando o transportando alimentos y provisiones adonde más los necesitaban, dijo Lynn Bates, canónigo del Ordinario, el otoño pasado.

Si bien ese empeño de socorro concluyó, la necesidad continúa.

“Las necesidades son tan individualizadas que en verdad no podemos hacer movilizaciones masivas”, dijo Emerson. “Realmente tiene que ajustarse a los casos individuales”.

“La gente está aún en el proceso de reconstrucción,” dijo ella. Algunas familias están tratando de terminar de reconstruir para volver a sus casas, mientras que otras no han comenzado todavía. Algunas necesitan ayuda de combustible, otras revestimientos para sus cosas, otras mano de obra especializada para enfrentar las renovaciones.  El desafío radica en mantenerse en contacto con las personas. —la mayoría de las cuales ha regresado a trabajar—  y distribuir los recursos conforme a las necesidades individuales, explicó Emerson.

La diócesis ha otorgado subvenciones grandes y pequeñas, desde pagar costos de embarque para mantas donadas y cargos por entrega de heno a dos granjas hasta ayudar a la reconstrucción de un muro inundado y a financiar la remoción de escombros y la recuperación de una deuda de un pueblito. Inicialmente, la diócesis recibió de $20.000 a $25.000 en donaciones de varias fuentes más una subvención de $20.000 de Ayuda y Desarrollo Episcopales, dijo Cooper. La agencia de la Iglesia hizo otras donaciones adicionales, por  $50.000 el año pasado y por $150.000 en 2012, de las cuales unos $55.000 no se han gastado aún, dijo ella.

“Muchas de nuestras donaciones se aplican a personas que no han logrado salir del atolladero, que no tienen derecho a las subvenciones de la [Agencia Federal para el Manejo de Emergencias] FEMA o que han sido rechazados, que descubrieron los daños demasiado tarde para solicitar ayuda, pequeñas empresas, personas que pasaron inadvertidas”, explicó ella. “Además, hemos intentado ayudar a las comunidades a recuperarse y a prepararse para el futuro, estamos trabajando con niños afectados por las inundaciones, hemos ayudado a construir o a restaurar huertos comunitarios y escolares a través del estado, etc.

La diócesis también ha estado creando relaciones

“Además del dinero que hemos dado, lo que más me entusiasma y me inspira es la relación de trabajo que hemos podido establecer con agencias gubernamentales —locales y estatales— y con comités de recuperación a largo plazo y con otras iglesias”, afirmó Cooper. Una subvención, por ejemplo, se destinó a un plan para ayudar a rehacer el cauce de una corriente a fin de atenuar futuras inundaciones y conseguir que otras iglesias episcopales, así como otras denominaciones y agrupaciones comunitarias y de servicios, participaran en el proyecto.

“Parte de mi trabajo ha sido hablarles a los comités de participación comunitaria o a parroquias completas para tratar de presentarles las serias necesidades que sigue teniendo la labor de recuperación”, añadió. “El proyecto del cauce salió de una de esas conversaciones”.

Volviendo a White River Junction, no hace mucho concluyó la labor de ayuda mediante la distribución de suministros que tenía su sede en San Pablo. En su lugar se está creando un nuevo ministerio ecuménico que se ha llamado Ministerio Después de Irene (o AIM, por su sigla en inglés) de Valle Alto [Upper Valley] en el que participan iglesias episcopales y congregacionales.

“Hay muchas, muchas necesidades aquí, y estamos tratando de resolverlas”, dijo Holly Hall, miembro de San Pablo, que visita los hogares para identificar y registrar las necesidades de las víctimas de la inundación y ayudarles a controlar su estrés.

Los voluntarios han seguido entregando agua a las familias que no tienen ninguna y leña para reemplazar la madera que está demasiado impregnada del cieno que siguió a la inundación para poder arder. Pero así como perduran esas necesidades físicas, surgen las necesidades emocionales.

“Verdaderamente, el pesar probablemente sea mayor ahora de lo que fue hace ocho meses, debido a la realidad de lo que se ha perdido y al tener aún que ajustarse”, dijo Hall. Por ejemplo, ella ha estado visitando semanalmente a un paciente con diabetes. “Cuando lo vi el lunes fue la primera vez que me percaté de su ira y su furia, porque él estaba en verdad empezando a darse cuenta [de lo sucedido]”.

Por teléfono, a Hall se le quebró la voz al hablar de las familias que ella visita. En verdad, visitar es más fácil, dijo. “Pensar al respecto es más difícil. Lo que me sorprende es el número de personas que creen que el problema se acabó. Cuando estás en la base y simplemente haces una visita una vez a la semana y puedes ser testigo del gran estrés de estas personas, [sabes] que el problema no se ha acabado”.

El AIM labora para ayudar a reconstruir la comunidad así como ayuda a familias individuales. Los miembros están planeando un oficio de Halloween, por ejemplo, para el 28 de octubre, en el edificio de una antigua iglesia congregacional en West Hartford.

El AIM trabaja ahora con 58 clientes, dijo Dick Davis, otro miembro de San Pablo. Según él, la reconstrucción es un problema a largo plazo para la zona, no sólo en lo que se refiere a infraestructura, sino también en lo tocante a las vidas de las personas. “Creo que todo el mundo desde White River Junction hasta Sharon, que queda a 32 kilómetros, ha gastado probablemente hasta el último centavo que tenían en ahorros, y muchas de esas personas están jubiladas. ¿Cómo reemplazas eso? De manera que esto tiene algunas consecuencias de reconstrucción a largo plazo… Uno podría escribir un libro con las historias individuales”.

El trabajo es  “agotador y estimulante”, dijo Emerson, resaltando “la enorme cantidad de energía que conlleva el empeño de mantener tu propio equilibrio y de cuidarte”.

“Éste es el tipo de trabajo que realmente cambia vidas”, dijo ella. “Uno se pone en contacto con personas que están significativamente traumatizadas, desorientadas y con un enorme pesar por todo lo que han perdido… Y eso suscita una tremenda humildad y gratitud en ti, basta realmente ver la humildad y la resistencia de parte de las personas que reciben ayuda y su deseo de dar algo a cambio —sencillamente es difícil ponerlo en palabras”.

Cooper ve la obra de reconstrucción de la Iglesia como “evangelización por el ejemplo”.

“No creo que tengas que estar dando vueltas con una Biblia y una cruz”, dice ella. “Creo que si ofreces un buen ejemplo de la vida de Cristo en el mundo, eso es evangelización”.

El pueblecito de Stockbridge quedó “devastado” por la inundación, y algunas zonas fueron inaccesibles durante dos semanas, recordaba ella. Desde el comienzo las iglesias individuales proporcionaron ayuda. Un día, uno de los residentes dijo: “¡Sabe usted, todos queremos ser episcopales!”.

“Es evangelización con el ejemplo” reiteró Cooper, “y ésa, para mí, es la más eficaz”.

— Sharon Sheridan es corresponsal de ENS. Traducido por Vicente Echerri.

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