Según se avecinan más cortes de agua, la Iglesia se prepara para encuestar los barrios

September 29, 2015



Una pancarta cuelga detrás de la pila bautismal de la iglesia episcopal de San Pedro en Corktown, un barrio que queda al oeste del centro de Detroit. Foto de Lynette Wilson/ENS.

Una pancarta cuelga detrás de la pila bautismal de la iglesia episcopal de San Pedro en Corktown, un barrio que queda al oeste del centro de Detroit. Foto de Lynette Wilson/ENS.

[Episcopal News Service – Detroit, Michigan] En un día cualquiera, unos 10.000 residentes de Detroit, ancianas y madres solteras en su mayoría, abren un grifo seco.

Es una persistente crisis de agua que ha atraído la atención y la condena internacionales en medio de la cobertura del renacimiento de Detroit que, emerge de la quiebra y de la ruina, como ciudad de inversores, empresarios, artistas e individuos creativos.

Durante más de un año, al mismo tiempo que se inauguraban restaurantes de moda, aumentaba la competencia por los áticos y apartamentos del centro, y comenzaba la construcción de una línea de metro —a un costo de $137 millones de una inversión de capital mixto (público y privado)— que se extiende por casi cinco kilómetros a lo largo de la avenida Woodward, los residentes más pobres de la ciudad han venido enfrentando interrupciones en el suministro de agua.

“Se trata de una pobreza abyecta, éstas son personas a quienes les han suspendido cupones de alimentos y sus beneficios de bienestar social, ancianos y mujeres con niños”, dijo Lindsay Airey, miembro del personal de la iglesia episcopal de San Pedro [St. Peter’s Episcopal Church in Corktown] y voluntaria de Nosotros el Pueblo de Detroit. “De las personas a quienes les distribuimos, al menos el 75 por ciento tienen niños, y el resto probablemente son ancianas.

“Llaman a nuestra línea de emergencia y tratamos de ayudarlos hasta que sus casos se resuelvan. Teníamos una mujer, una muchacha de 17 años con un niño, y no volvimos a saber nada más de ella porque la desahuciaron. Estaba en el intento de asistir a la escuela secundaria”.

Al fondo del santuario de San Pedro, detrás de la pila bautismal, cuelga una sábana blanca con descoloridas letras negras que dicen: “Puesto de agua de San Pedro”, debajo del cual se encuentran siete galones de agua, dos cartones de 1 galón y un envase de 5 galones, que es todo lo que queda de una donación de 1.500 galones.

“Estamos sin agua”, dijo el Rdo. Bill Wylie-Kellermann, pastor encargado de San Pedro, añadiendo que la iglesia ha estado a la espera de una donación de 2.500 a 3.000 galones.

San Pedro has servido como puesto de agua, almacenando agua y haciendo entregas semanales a residentes desconectados. Una sola persona podría recibir de 8 a 10 galones a la semana; una familia con dos o tres miembros, de 20 a 25 galones y una familia de siete u ocho miembros, de 35 a 40 galones, dijo Airey, en una conversación con Episcopal News Service en el santuario.

“Estamos en una encrucijada”, dijo ella. “No queremos tener que solicitar donaciones corporativas”.

Las anteriores donaciones de agua han provenido del Consejo de los Canadienses, una agencia de acción social, y de la Fundación Guarda de los Montes con sede en Virginia Occidental.

Históricamente, la iglesia episcopal de San Pedro ha servido de base para programas de justicia social, una tradición que Wylie-Kellermann continúa. Mientras la innovación empresarial y los centros tecnológicos empiezan a aparecer en el centro de la ciudad, San Pedro invirtió en su edificación.

“Convertimos el salón parroquial en una colmena de justicia social —y algunas organizaciones sin fines de lucro lo han alquiladlo, esa es la manera en que pagamos la cuenta de la calefacción—, todo tipo de cosas han comenzado allí y han servido para financiar la parroquia”, dijo Wylie-Kellermann, un metodista unido influido por los jesuitas, que ha atendido San Pedro durante ocho años.

“En el Caso de Nosotros el Pueblo, recaudamos algún dinero para dárselos a ellos por 18 meses. Si fuéramos a aplicar la tasa del mercado, lo que uno podría hacer en Corktown, estaríamos boyantes” .

San Pedro se encuentra en la esquina sudoriental de la intersección de Michigan y Trumbull, diagonalmente opuesto a un solar yermo de 4 hectáreas donde los Tigres de Detroit jugaron durante 90 años. La iglesia está prácticamente en el centro del Corktown, llamado así por los inmigrantes del Condado de Cork que escaparon de Irlanda durante la hambruna de la papa a mediados del siglo XIX. Al igual que el moderno centro de la ciudad, Corktown —un barrio diverso de ingresos mixtos donde viven artistas y residentes de pura cepa— está de moda.

“Durante muchos años, nuestros amigos en San Pedro han expresado su preocupación por la justicia social a través de sus acciones”, dijo Rick Schulte, director de comunicaciones de la Diócesis de Michigan. “Esa es una iglesia que abre sus puertas todos los días y sirve a su comunidad de Corktown, y que conoce las necesidades y problemas que son importantes para todos los que llaman a San Pedro su hogar. Su capacidad de movilizarse y de responder a una necesidad, a una situación siempre ha sido impresionante”.

ens_092115_BillWylieKellermann_spAntes de convertirse en pastor encargado, Wylie-Kellermann fue guardián del orden en el comedor de pobres de San Pedro, mientras viajaba a Chicago para dirigir un ministerio urbano del SCUPE, o Consorcio del Seminario para la Educación Pastoral Urbana. Su esposa, la difunta Jeanie Wylie, hija del desaparecido Samuel J. Wylie, obispo de Michigan Septentrional [Norte], fue en un tiempo editor de The Witness, una revista episcopal progresista que cerró en 2006.

Arrestado más de 50 veces por desobediencia civil, Wylie-Kellermann se encontraba entre las ocho personas que arrestaron en julio de 2014 mientras intentaban bloquear las puertas de la compañía privada de camiones contratada para llegar a cabo las desconexiones del agua.

Desde el asiento trasero de un auto patrullero de la policía, Wylie-Kellermann le dijo a Detroit Free Press, “Estamos aquí para apelar a los trabajadores que cesen de desconectar el agua”.

Durante una entrevista junto a un café y un tazón de chili Motor City en Onassis Coney Island, de la acera de enfrente a la iglesia por la avenida Trumbull, Wylie-Kellermann, hijo de un predicador, contó el relato de un día de verano de 1967, el año en que él se graduó de la antigua Escuela Secundaria Cooley.

“En julio, yo estaba en el noroeste de Detroit y me acuerdo de haber mirado hacia Grand River —tengo la sensación de que estaba de pie en medio de la calle, aunque no sé si eso puede ser cierto— y veía el humo que ascendía de la ciudad”, dijo, añadiendo que él había escrito su trabajo trimestral de cuarto año sobre desobediencia civil.

“Yo estaba leyendo la Carta desde una cárcel de Birmingham, [escrita] en esa primavera, en abril, y el Dr. King estaba en la iglesia de Riverside, y eso es lo que yo estaba leyendo mientras ascendía el humo.

“La otra persona a quien estaba leyendo era a [William] Stringfellow —él escribió un libro para adolescentes llamado En lugar de la muerte [Instead of Death]. Entre Stringfellow y Martin Luther King, entendí de alguna manera que era una rebelión in situ. Y mi vocación al ministerio pastoral pasa por eso, yo vi el humo y mi corazón quedó de alguna manera traspasado”, afirmó, aclarándose la garganta. “Siento que tengo una vocación basada en un lugar. Detroit es inseparable de mi llamado, un poco como los monjes que hacen un voto de estabilidad”.

En 1967, los residentes de Detroit se sublevaron contra las altas tasas de desempleo en la comunidad afroamericana, las escuelas y las viviendas segregadas, en lo que algunos llaman una “revuelta” y otros una “rebelión”. En las décadas transcurridas desde entonces, la población blanca de la ciudad emigró para los suburbios y la base industrial de la ciudad siguió el rumbo del resto del llamado “Cinturón del Óxido”.

Al preguntarle si se sorprendía de la crisis de agua de Detroit, en que nada se resuelve pese a la amplia cobertura y crítica de la prensa, Wylie-Kellermann respondió: “Cierto, es un hueso duro de roer”.

Sin embargo, algunos dicen que se trata de una crisis de agua que presagia una lucha más extensa por el derecho al agua que ya se ha extendido a Baltimore, Maryland.

En Detroit, la crisis se remonta a 2005, cuando el Departamento de Acueducto y Alcantarillado de la ciudad comenzó desconexiones del servicio hidráulico a gran escala que afectó a 10.000 consumidores que estaban atrasados o que no podían pagar sus facturas del agua. En ese tiempo, se propuso un plan de tasa costeable, pero nunca llegó a aprobarse. A lo largo de los próximos 10 años, el costo del agua en la ciudad ha aumentado en un 119 por ciento. Para la primavera y el verano de 2014, la desconexión del servicio del agua alcanzó un ritmo de 3.000 viviendas por semana, hasta alcanzar un total de 30.000O unidades.

En julio de 2014, más de 1.000 personas con camisetas y carteles que decían “el agua es un derecho humano” se reunieron en el centro de Detroit para protestar por las desconexiones.

En ese tiempo, el Wall Street Journal informó que 80,000 cuentas residenciales atrasadas debían $43 millones, siendo la factura de deuda promedio de $540.

Los residentes que se han retrasado dos meses en el pago de cuentas del agua han suscrito planes de pago sólo para encontrarse incurriendo en nuevos atrasos; otros residentes han hallado un modo de existir sin agua, dependiendo de los vecinos, de los puestos y repartos de agua, mudándose con otros miembros de la familia o yéndose definitivamente de Detroit, dijo Airey.

“Muchísimas personas pierden sus hogares finalmente porque esto (las facturas del agua) se agregan a los impuestos. Luego, con la línea directa, los conectamos al servicio de emergencia del agua, pero también los ayudamos a hacerse camino en los programas de ayuda que existen allí”, explicó Airey, que calcula que unas 500 personas han llamado a la línea directa.

El cuarenta por ciento de los 700.000 residentes de Detroit viven por debajo del nivel de la pobreza. La ciudad fue en un tiempo la cuarta del país en número de habitantes, pero desde la década del 50 ha perdido más del 60 por ciento de sus vecinos. Fuera del núcleo de la zona del centro, 362 kilómetros cuadrados de Detroit es sitio de fábricas, bancos, tiendas y viviendas —a veces cuadras y cuadras de casas— abandonadas, y casi un tercio de ese espacio son solares yermos.

“Detroit solía ser una ciudad de 2 millones de habitantes y ahora tiene 700.000. Por consiguiente, desde un punto de vista, tenemos esta infraestructura dispersa —¿cómo vamos a reorganizar a la gente?— y la manera en que el municipio ha decido hacerlo es privilegiar a ciertos barrios con recursos y servicios, y desconectar a los demás”, dijo Wylie-Kelleermann.

Airey y otros afiliados a la iglesia y a Nosotros el Pueblo de Detroit se preparan de nuevo para hacer una encuesta por barrios, una campaña de ir casa por casa para identificar las familias sin agua. Otros sondeos previos han revelado la vergüenza de los residentes.

“La campaña de puerta en puerta nos dice que las personas se sienten avergonzadas, y se han autosilenciado”, dijo ella. “Se han creído lo que dicen los medios de prensa de que es su culpa y que deben pagar sus cuentas. Recuerdo cuando estaba haciendo esta encuesta en el otoño (2014) de personas que habían marcado líneas azules en sus aceras, y algunas nos dirían: ‘oh, no, a nosotros no nos han cortado el agua, pagamos nuestras cuentas’ —luego, eso forma parte de la batalla”.

“El constante estribillo de Monica es: ‘no es nuestra culpa, pero es nuestra lucha’. Lograr que la gente llegue a creer eso es la parte más difícil”.

“Monica” es Monica Lewis-Patrick, la cofundadora de Nosotros el Pueblo de Detroit, una activista y organizadora comunitaria que ha participado en la lucha por el agua de Detroit desde el principio.

Cuando Nosotros el Pueblo se creó en 2008 como un movimiento de base al objeto de capacitar y movilizar a los residentes de Detroit para mejorar su calidad de vida, recibió ayuda de la Iglesia Presbiteriana EUA.

Un año después, un administrador de emergencia nombrado por el estado asumió las operaciones diarias del municipio y nueve meses más tarde Detroit se convirtió en el mayor municipio en la historia de EE.UU. en declararse en quiebra. En marzo de 2014, el Departamento de Acueducto y Alcantarillado de Detroit adoptó “una estrategia más agresiva para el cobro de deudas”, método que las Naciones Unidas denunció como una violación de los derechos humanos internacionales.

El 10 de diciembre de 2014, cuando Detroit salió formalmente de la protección de la quiebra, su alcalde, en una conferencia de prensa en la que estaban representados los principales medios de difusión, incluido The New York Times, planteó una pregunta difícil: “¿Cómo uno brinda servicios en una ciudad donde la tasa de desempleo es el doble de la tasa promedio del estado, y donde hemos logrado reconstruir el sistema de acueducto y un sistema de autobuses y un sistema de computadoras y un sistema financiero?”, preguntó el alcalde Mike Duggan. “Todo ello va a ser un reto”.

El 21 de julio de 2015, el Concejo Municipal de Detroit aprobó aumentar las tarifas de agua en un 7,5 por ciento.

– Lynette Wilson es redactora y reportera de Episcopal News Service. Traducción de Vicente Echerri.

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