La Iglesia en Navojalandia enfrenta los desafíos del ministerio

January 28, 2013


[Episcopal News Service] Cada tres domingos, la diácona Paula Henson hace un viaje de ida y vuelta de 321 kilómetros desde Fort Defiance, Arizona, a la casa iglesia de San José [St. Joseph’s] en Many Farms, donde poco a poco está levantando una congregación que en noviembre pasado recibió cuatro nuevos miembros bautizados.

Un sacerdote angloamericano estableció la casa iglesia hace 50 años, pero, más recientemente, plantar firmemente una iglesia en Many Farms le ha impuesto un carácter de urgencia a Henson porque la matriarca de la familia local ha estado enferma.

“Es hora de instalarse y de estar allí para [ayudar] a sus hijas y a los pequeños”, de manera que ellos puedan ocuparse de la iglesia, dijo ella. El plan, añadió, es despejar todo el hogán (o vivienda navaja tradicional) de la matriarca, y crear un espacio sagrado de culto.

Es un gesto adecuado en una sociedad matriarcal, donde la conexión familiar significa todo, las personas se presentan con su nombre de clan, y los episcopales pueden remontar su filiación a la Iglesia, en algunos casos, hasta sus tatarabuelas.

“El grueso de la iglesia es la familia y la familia extendida”, dijo David Bailey, obispo de Navajolandia, en una entrevista para ENS en Nuevo México en noviembre.

En los años 40, 50 y 60, entre 4.500 y 5.000 navajos se habrían identificado como episcopales. En la actualidad el número de navajos episcopales se cuenta entre 900 y 1.200.

En 1978, La Iglesia Episcopal tomó segmentos de las diócesis de Río Grande, Arizona y Utah dentro y alrededor de la reserva navaja de 70.000 kilómetros cuadrados, un área del tamaño de Virginia Occidental, para crear la Misión de la Zona de Navojalandia: un empeño dirigido hacia la unificación de la lengua, la cultura y las familias.

Desafortunadamente, cuando la Iglesia Episcopal concibió la misión, no proporciono los recursos necesarios para levantarla, dijo Bailey en una carta dirigida  los líderes de la Iglesia en julio.

“Los tiempos cambiantes y varias dificultades internas han contribuido a una incapacidad de la iglesia más grande a responder a las necesidades o hacer posible el éxito de la misión”, escribió él. “No se emprendieron esfuerzos sustantivos que fuesen reflejo de un compromiso a largo plazo de crear, emplear y edificar un sólido cimiento para el futuro de la Iglesia en Navajolandia”.

Todo eso está cambiando. Desde que Bailey se convirtió en obispo en 2010, la zona de misión ha invertido $190.000 en costos de construcción y mantenimiento porque, al igual que muchas diócesis pequeñas que han diferido los costos de mantenimiento, ellos no tienen lugares para reunirse y adorar. Él también ha identificado e investido a clérigos y laicos navajos. Véase artículo relacionado.

 ‘Vivir de dinero prestado’

A los 72 años, Bailey está “jubilado” y la obispa primada Katharine Jefferts Schori lo nombró para que sirviera de obispo en Navajolandia. Su deber, dijo él, es más administrativo que pastoral.

“Estoy levantando los cimientos”, subrayó. “Estoy consciente de mi edad, y cualquiera que me siga tendrá algo sobre lo cual construir”.

El presupuesto de la Iglesia Episcopal 2013-15, aprobado por la Convención General en julio de 2010, designó $333.333 anuales para Navajolandia, dejando a la Iglesia casi con $300.000 menos de su presupuesto anual de $600.000.

“Estamos viviendo de dinero prestado”, dijo Bailey. “Estamos haciendo lo indecible por recaudar dólares”.

Para salvar la brecha presupuestaria, agrego, Navajolandia está aplicando nuevos programas, haciéndole frente al problema del mantenimiento de los edificios, ofreciéndoles capacitación al clero y al laicado y creando nuevas oportunidades de ingresos.

La Iglesia posee  60 hectáreas de tierra —en las tres regiones de la Iglesia que se extienden por Nuevo México, Arizona y Utah— que pueden desarrollarse, dijo Bailey.

En Fort Defiance, Arizona, donde la Iglesia ya administra propiedades de alquiler, el plan es construir un terreno de estacionamiento para tráileres. En Santa María de la Luna [St. Mary in the Moonlight], localizada cerca del Valle de los Monumentos en el Parque Tribal Navajo, Utah, un destino turístico muy popular, el objetivo es construir un centro de retiro. Además de un hostal en la Misión de San Cristóbal [St. Christopher], también en Utah, está en vías de desarrollo un proyecto de agricultura/acuacultura. Y en Framington, Nuevo México, donde la Iglesia tiene sus oficinas administrativas, querría construir un edificio de vivienda para madres solteras de bajos ingresos en 16 hectáreas de lo que una vez fue un barranco de arena y grava.

“No vamos a generar $600.000, pero tal vez $200.000”, dijo Bailey.

Crear asociaciones

Crear asociaciones de apoyo a través de la Iglesia Episcopal es también esencial para el desarrollo de Navajolandia.  Bailey dijo que él creía que, si la gente tuviera más información acerca de la Iglesia en Navajolandia, querrían ser parte de ella.

“No andamos buscando una limosna, buscamos que nos den la mano. Sé que es una declaración gastada, pero eso es lo que buscamos”, subrayó. “Era costumbre que la gente se aparecía y hacía las cosas a su manera. Seamos claros respecto a lo que necesitamos y para lo que queremos asociarnos contigo”.

Un hito para Navajolandia es una renovada relación de compañerismo con la Diócesis de Río Grande y con Michael Voino, su obispo recién electo.

“Esto es significativo porque hemos estado sin relaciones durante 25 años”, dijo Bailey. “Los dos anteriores obispos de Río Grande no querían tener nada que ver con las creencias indígenas”.

No todos los asociados han sido de la Iglesia. Por ejemplo, la misión El Buen Pastor [Good Sheperd] en Fort Defiance se asoció con la escuela de veterinaria de la Universidad de Texas A&M para la esterilización y castración de perros y gatos. Y en Bluff, la misión de San Cristóbal se asoció con Ventura Utah, una coalición sin fines de lucro orientada hacia la juventud, para dirigir una clínica de equinoterapia en el verano. La misión también está en trámites de asociarse con la Universidad del Estado de Utah para establecer un centro de aprendizaje de extensión, que incluirá capacidad para videoconferencias.

Aun con el centro en sus primeras etapas de desarrollo, la comunidad la ve como un punto de apoyo para muchos otros servicios a jóvenes y familias tocante a capacitación vocacional y académica, y acaso para estimular el proyecto agrícola de San Cristóbal, que consiste de dos hectáreas dedicadas a cultivos comunitarios, dijo el Rdo. Red Stevens, que presta servicios en San Cristóbal y es el promotor del ministerio y el misionero para la región de Utah.

“Esperamos ver eso como un centro de continuos servicios a nuestra propia comunidad y un área más amplia de servicio al cliente, la cual se extiende desde San Cristóbal 40 km. al norte y al sur, y 16 km. al este y al oeste”, explicó Stevens. “Tenemos un área grande de casas e instalaciones familiares poco pobladas, y esto ofrecerá un lugar donde la gente pude encontrar recursos educativos y recreativos, así como aquellos que fortalezcan los lazos familiares”.

La misión de San Cristóbal es la más antigua y permanente de las avanzadas cristianas tradicionales en Bluff, en el corazón del territorio mormón; la próxima misión cristiana está en Round rock, a unos 96 kilómetros de distancia. San Cristóbal sirve a unos 350 o 400 clientes, a los cuales les proporciona agua, alimento y ropa.

San Cristóbal debe parte de su éxito a sus asociaciones con la Iglesia Episcopal, incluida las congregaciones de Todos los Santos [All Saints] en Beverly Hills, California; La Anunciación [Annunciation] en Lewisville, Texas y San Juan [St. John’s] en Kingston, Nueva York, entre otras.

“Existiríamos de todos modos, pero [esas asociaciones] nos brindan una riqueza que necesitamos, un apoyo moral y económico, y eso nos trasciende” dijo Stevens. “Cuando tienen una escuela bíblica de vacaciones, los niños acuden de todas partes”.

Estar en comunidad

La Zona de Misión de Navajolandia tiene tres importantes congregaciones en Nuevo México y Utah y dos casas iglesias en Arizona, donde se encuentra la mayor parte de la reserva de los navajos. Al ofrecerles programas y servicios para lidiar con el trauma intergeneracional —los efectos duraderos del sufrimiento, la violencia y el abuso, referidos en particular a los sufrimientos del pueblo indígena, que puede conducir a la violencia y al consumo de drogas— la Iglesia espera destacarse y atraer a nuevos miembros.

Los desafíos sociales de la zona “asumen sus propias características espirituales porque las personas están muy desconectadas; ello se convierte en el problema de todos”, dijo Stevens.

Cornelia Eaton, postulante y auxiliar de Bailey en Farmington, se muestra de acuerdo. Si bien cada ministerio es único, todos enfrentan los mismos retos de pobreza, abuso de alcohol y de drogas y violencia doméstica, dijo ella.

Entre 125.000 y 150.000 navajos viven en la reserva. Muchos trabajan en industrias de extracción, tales como el  petróleo, el uranio y el gas, pero se calcula que la mitad de la población se encuentra desempleada y que el 50 por ciento vive en extrema pobreza. La mayoría de los feligreses o no tienen vehículos o éstos son demasiado viejos para conducirlos.

Al preguntárseles lo que necesitan, la primera respuesta del clero y de los ministros es “vehículos fiables” y la segunda es gasolina. “El principal problema es el aislamiento y los precios de la gasolina”, dijo Stevens. “Ir a la iglesia significa un viaje de 68 kilómetros ida y vuelta. Todo está lejísimo de cualquier cosa. Viajamos demasiado”.

Fue debido a sus viajes que Lily Henderson, una pastora laica, pasó por San Juan el Bautista [St. John the Baptizer] en Montezuma Creek, Utah, y se sintió atraída por el lugar.

“Solía subir y bajar por esa carretera y la iglesia permanecía cerrada, y yo oré por eso y terminé dejando mi empleo”, dijo Henderson, que trabajó durante años en desarrollo de la temprana infancia antes de hacerse cargo de San Juan el Bautista.

Henderson enfrenta muchas dificultades. Ella acarrea agua desde la misión de San Cristóbal, a unos 19 kilómetros carretera arriba, porque el agua de la propiedad de San Juan está contaminada. Los pisos de la sacristía se están torciendo. Y el viejo salón parroquial debe ser demolido porque resulta inseguro para los niños.

Al igual que otros, me dijo que sus mayores preocupaciones eran el transporte y el alto costo de la gasolina. Los niños a los que ella atiende tienen, en su mayoría, vidas domésticas difíciles, provienen de familias de alcohólicos, de bajos ingresos y se han criado con uno solo de sus padres. Ella, sin embargo, sí tiene una furgoneta que utiliza para conseguir suministros y para recoger a los niños para la escuela dominical, explicó.

“En verdad disfrutan venir para tener algo que comer. Éste es un sitio seguro, cuentan con alguien que está con ellos, que les conversa, saben que los cuidamos”, dijo Henderson.

LaCinda Hardy-Constant, postulante y organizadora comunitaria que atiende la misión del Buen Pastor en Fort Defiance, dirige desde hace un año una asociación entre la congregación y la comunidad.

“Comenzamos por identificar las necesidades y recursos que existen en la comunidad”, le dijo a ENS. “Algunos de los problemas principales son las pandillas y la violencia juveniles”.

Cinco pandillas se han convertido en una “amenaza constante” para la comunidad, y conversaciones con la comunidad revelaron que la población anciana vive con miedo, dijo Hardy-Constant, que también sirve en el Comité sobre Ministerio Indígena del Consejo Ejecutivo. “Una vez que se pone el sol, ellos [los ancianos] no salen”.

En respuesta, el Buen Pastor instituyó un programa de guardias de vecindario que se esfuerza para ofrecerles oportunidades de trabajo voluntario a los jóvenes.

Los mayores con frecuencia expresan su preocupación de que los niños no están recibiendo suficiente dirección, dijo Hardy-Constant. Sin eso, preguntan, ¿cómo tomarán su rumbo?

“La Iglesia es para darles a los niños una dirección espiritual mientras crecen”, agregó. “Esa inspiración es lo que el niño conservará por siempre”.

Esto es algo que saben Hardy-Constant y otros que han crecido en la Iglesia Episcopal de Navajolandia. Al igual que muchos otros niños, ella “nació y se crió” en el buen Pastor.

“Hablamos del Buen Pastor y es como si fuera el corazón de Navajolandia”, añadió. “Cuando te crías en la Iglesia, aprecias diferentes niveles de firmeza y de debilidad. Hemos recorrido un largo trecho en Navajolandia. Somos lentos como una tortuga”.

Fue el Rdo. Davis Givens, sacerdote angloamericano, quien hace unos 50 años comenzó, manejando su Modelo T, a recorrer la larga distancia que media desde Fort Defiance  hasta la casa iglesia de Many Farms, el que fundó el ministerio que Henson ha elegido reconstruir.

“Significa muchísimo [para la familia] que Paula siga yendo allí”, dijo Hardy, que contó la historia de Givens conduciendo su Modelo T a través de Navajolandia.

La diácona Catherine Plummer también recorre largas distancias en auto para servir a su parroquia. Ella vive en Bluff y presta servicios de media jornada en Santa María de la Luna [St. Mary of the Moonlight] en Oljato, a una hora hacia el sudoeste en auto. Este arreglo puede ser arduo para ella y las personas que ella atiende.

Usualmente ella viaja los viernes para darle a sus miembros las lecciones dominicales, de manera que puedan acudir [a la iglesia] preparados; visita a los que no salen, ofreciéndoles oración matutina y consagrando pan y vino. Los sábados trata de reunirse con las personas que no pudo ver el viernes.

Plummer es episcopal de cuarta generación. Su tatarabuela por el lado materno era episcopal, y ella es la viuda del obispo Steven Plummer. Está considerando ser ordenada sacerdote y mudarse a Oljato. Es importante, dijo, que las parroquias tengan líderes ordenados.

“Ellos no sienten que tienen a nadie allí”, añadió.

– Lynette Wilson es redactora y reportera de Episcopal News Service. 

Traducido por Vicente Echerri

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