Campamentos de música en Alaska crean una comunidad mientras enseñan a los niños

September 7, 2012



Participantes de “Bailando con el Espíritu” crearon la banda Beaver Feaver y grabaron un CD llamado Ch’aaraadzaa (que en lengua guichin atabascana significa “estamos bailando”) y que se puede pedir a la Escuela “Cruikshank” en Beaver, Alaska. En la foto aparecen sentados, en un Viejo bote pesquero a orillas del río Yukón, de izquierda a derecha: Cole Williams, Shelby Fisher-Salmon, Jolie Murray, Jordan Billy, Allyson Fisher-Salmon, Shani Fisher-Salmon y Julia Fisher-Salmon. Foto, cortesía de Dancing with the Spirit.

[Episcopal News Service] Dicen que la música es un idioma universal. Para la Rda. Belle Mickelson, de la Diócesis de Alaska,  es también un vehículo de restauración y de formación comunitaria.

Hace casi dos décadas, ella pasó una noche bebiendo té y tocando música con los ancianos de Galena, una aldea del centro de Alaska en las márgenes del Yukón, luego de haber dirigido allí un taller de 4-H. “Les pregunté, ‘¿cómo andan las cosas en Galena?’ Ellos se sentían muy deprimidos y desalentados debido a todos los suicidios”.

El índice de suicidios en Alaska es dos veces mayor que el promedio nacional y es mayor incluso entre los alasqueños nativos. El estado también tiene una de las tasas más altas per cápita en consumo de bebidas alcohólicas.

“Pensé … ¿qué pudiera hacer para ayudar?”, recordaba Mickelson. Advirtiendo el impacto positivo que tiene la música en los niños, ella inauguró en Córdova un campamento de música 4-H para niños hace 18 años. “Al cabo de cinco años, supe que todos los lugares deberían tener uno”.

“En medio de todos esto, tuve el llamado a hacerme sacerdote, y eso es lo que quería hacer, llevar este programa, esta música, a las aldeas para ayudar a la prevención del suicidio y el consumo de drogas y bebidas alcohólicas”.

En más de cinco años que han pasado desde que se graduó del seminario, ha estado dirigiendo campamentos de música en la aldeas nativas de la diócesis a través de un programa llamado Bailando con el Espíritu [Dancing with the Spirit].  Ella pasa la mitad de su tiempo en Córdova, donde trabaja a media jornada en la iglesia episcopal de San Jorge [St. George’s Episcopal Church] y la otra mitad viajando. “Mi parroquia está dirigida básicamente por laicos la mitad del tiempo”.

Mientras dirige campamentos de música, Michelson también ayuda a las iglesias locales, presidiendo oficios si no tienen un sacerdote.

Mitch Wiehl, participante del campamento musical, Bailando con el Espíritu, toca el violín en Arctic Village, Alaska. Foto, cortesía de Dancing with the Spirit.

“Siento, realmente, que tengo dos llamados. El principal es llevar el programa de música a las aldeas”, explica.

Donaciones de escuelas, de consejos tribales y de individuos financian Bailando con el Espíritu, que hasta ahora ha llegado a 22 aldeas nativas y ha llevado a cabo campamentos en las principales comunidades alasqueñas de Fairbanks, Anchorage, Córdova y Juneau. En 2008, una subvención de $10,000 del Ministerio Nativoamericano/Indígena de la Iglesia Episcopal y otra de $20.000 de la Sociedad Diaconisa Luterana [Lutheran Deaconess Society] ayudaron a expandir el alcance del programa.

Una subvención de $10,000 de la Alianza Nacional Misionera de la Iglesia Episcopal en 2011 le permitió al programa asociarse con el distrito escolar de Yukon Flats y ofrecer un retiro de guitarra góspel junto con un torneo distrital de volibol. “En verdad me gusta la idea de que fuéramos la banda de animación del partido de volibol”, dijo Mickelson.

Más de 100 niños y adolescentes siguen asistiendo al campamento original 4-H cada verano,  con muchas familias que vienen de fuera y pasan el verano en Córdova. Los niños de 6 a 8 años aprenden cultura y danza hawaiana y a tocar el ukelele. Para los de 8 a 18 hay clases de violín y guitarra. “Es fundamentalmente bluegrass y [música] tradicional, pero hay un par de bandas de rock and roll todos los años también”, añadió ella.

San Jorge trabaja también con las iglesias católica y bautista de la comunidad para ofrecer un campamento de familias con música góspel, al cual asistieron 65 niños este verano. El costo es de $50, con la posibilidad de becas. “Si no tienes los $50, puedes pagar lo que quieras”, dijo Mickelson.

En los campamentos de Bailando con el Espíritu, los estudiantes toman clases de varios instrumentos, desde guitarra a violín, mandolina, contrabajo y ukelele. Su método de enseñanza usa colores para las cuerdas de los instrumentos. “Cualquier muchacho o muchacha de primaria superior o de la secundaria puede aprender a tocar el violín en una semana porque resulta muy fácil cuando está codificado por colores, y lo mismo con la guitarra”.

Los instructores dirigen el campamento durante una semana cada año, pero esperan que sus visitas sean más frecuentes. “Nuestra meta es ir a cada lugar dos o tres veces al año”, señaló ella.

Los instructores reciben salario, comida y albergue. A los instructores locales les pagan por hora sus lecciones. “Siempre tenemos al menos dos [maestros], dependiendo del tamaño de la escuela”.

Los instructores trabajan con niños de escuela primaria por la mañana, y estudiantes mayores por las tardes. En el fin de semana, los estudiantes actúan en un concierto, usualmente en conjunto con un potlatch o cena en que todos aportan cosas, y que se completa con lecciones de bailes tradicionales y tonadas atabascanas al violín. “Sencillamente celebramos, e intentamos tener un baile comunitario”, explicó Mickelson.

Bailando con el Espíritu funciona con músicos y maestros locales y trata de dejar instrumentos en cada escuela de aldea que alberga un campamento. “Nuestra meta es que cada escuela disponga de instrumentos”, añadió.

Quieren ver que las personas de la localidad continúen el programa después que ellos se hayan ido, dice ella. “Sé que en muchísimas escuelas, eso es lo que los niños hacen en sus recesos: van y tocan música… Me gustaría ver es a estos músicos locales contratados como auxiliares de los maestros que vayan y trabajen con los niños cuando no estemos allí”.

Por lo general la música no es parte del currículo en las escuelas pequeñas, “a menos que dé la casualidad que el maestro sea una persona que sepa de música”.

Shelby Fisher-Salmon, es una de los dos estudiantes nativos en la junta de Bailando con el Espíritu, y la única que cursa el último año de secundaria de aproximadamente una docena de estudiantes que asisten a la escuela “Cruikshank” en Beaver, la cual incluye desde kindergarten hasta 12º. Grado, y donde su madre es la directora. Su pueblo natal es rural, una aldea nativa de alrededor de 70 personas a unos 160 kilómetros al norte de Fairbanks.  Ahí se puede llegar por barco, pero la gente usualmente los pequeños aviones Navajo.

En Cruikshank, los estudiantes reciben clases de violín y guitarra dos veces por semana a través de una videoconferencia.

Fisher-Salmon comenzó a asistir al campamento de Bailando con el Espíritu en su escuela cuando tenía aproximadamente 12 años, y aprendió a tocar la guitarra.

“Creo que todo el mundo lo disfruta”, dice ella refiriéndose al campamento. “Cuando Belle viene… usualmente toda la escuela participa”.

Bailando con el Espíritu y su misión de edificar la comunidad a través de las lecciones de música para los niños se ha extendido mucho más allá de la diócesis.

Un grupo de estudiantes del campamento de verano de Córdova creó una banda, los Bearfoot Bluegrass, que “ha tenido más éxito de todo lo que habríamos soñado”, dijo Mickelson. Fundada en 1999, la banda ganó el Telluride, el certamen de bandas de bluegrass  de Colorado, en 2001. En la actualidad sigue actuando y dirigiendo talleres en toda la nación con el nombre de Bearfoot.

La directora del campamento de Córdova, Kate Hamre, de 27 años, tocó en la banda de 1999 a 2010, en la que empezó a los 14 años. Ella dirige un programa con sede en Anchorage que se llama Campamentos de Bluegrass para Niños [Bluegrass Camps for Kids] que enseña música a unos 300 a 350 niños  al año en ocho a 10 campamentos en Alaska y en otras partes del país, incluido Hawái. Ella pasa los veranos en su Alaska natal y enseña durante el año escolar en una escuela privada de niñas en San Francisco.

La primera experiencia de Hamre con un campamento de música se produjo en Anchorage con otro programa, el Campamento de Música de las Artes Populares de Alaska [Alaska Folk Arts Music Camp], dirigido por Mary Schallert y auspiciado por la iglesia episcopal de Santa María [St. Mary’s Episcopal Church]. Luego se enteró del campamento de Córdova y se unió a un grupo de estudiantes que asistía a ambos.

“Aprendí violín y guitarra y bajo y todos esos diferentes instrumentos”, dijo ella. Todos los años, ella espera encontrarse con sus amigos y maestros. “Es una estupenda comunidad en la cual crecer”.

Ese es el gran beneficio que Bailando con el Espíritu tiene para los niños, apuntaba ella, resaltando que todavía conserva de amigos a personas con las cuales tocó música cuando tenía 8 o 9 años. “Ante todo, brinda un gran sentido de comunidad con los adultos y con tus iguales. Ser músico es sencillamente algo que siempre tendrás”.

Hamre percibe también los beneficios académicos. “Muchísimas personas no se dan cuenta de que la música es muy matemática y creativa al mismo tiempo. Usas tanto el lado izquierdo como el derecho del cerebro”.

“Yo creo”, dice Mickelson, “que la música y el arte son dos formas en que los niños desarrollan su autoestima, de manera que puedan tener el valor para enfrentarse a las matemáticas y a la ciencia y a todas esas asignaturas”.

Y, al igual que Hamre, ella ve los beneficios sociales. “En este momento y en esta era de la electrónica, con demasiada frecuencia los niños están saliendo y entrando en el correo electrónico y en Facebook y en todos esos jueguitos. Con este programa, estén conectados con sus mayores y están conectados unos con otros de una manera realmente positiva”.

Si bien el éxito del programa es difícil de medir, ella ve “la alegría que provoca en la comunidad cuando haces esto”, y agrega. “Sólo puedo decirte cuan reparador ha sido, cuando ha habido un suicidio, que vayamos nosotros con nuestra música”.

Es una alegría y una reparación que a ella le gustaría llevar aún más lejos.

“Imagino esto realmente como un programa mundial” afirma.

– Sharon Sheridan es corresponsal de ENS. Traducido por Vicente Echerri.

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