Sermones que Iluminan

Pentecostés 12 (B) – 11 de agosto de 2024

August 11, 2024

LCR: 1 Reyes 19:4–8; Salmo 34:1–8; Efesios 4:25–5:2; San Juan 6:35, 41–51

“Yo soy el pan que da vida”, dice Jesús, “El que viene a mí, nunca tendrá hambre”. En este pasaje del evangelio de Juan, Jesús enseña, usando un lenguaje muy simbólico, cómo las antiguas leyes y enseñanzas de los hebreos son incapaces de salvar, y cómo es Jesús mismo el que da vida y salvación a toda la humanidad.

Durante los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto, viajando desde Egipto a la Tierra prometida, comieron una especie de escarcha o escamas que caía todas las noches del cielo. Los israelitas lo llamaron maná. El maná es símbolo de cómo Dios cuidaba al pueblo de Israel en el desierto para que no se murieran de hambre.

En el pasaje de Juan que cavamos de leer, Jesús se compara a sí mismo con el maná. Jesús dice: Yo también soy el pan o el maná que desciende del cielo. Pero todos los que comieron maná en el desierto ya murieron; yo, en cambio, soy el pan que da vida, y el que come de mí, vivirá para siempre. Aquí Jesús está declarando su supremacía sobre toda la historia del pueblo de Israel. Todos los que pusieron su confianza en el maná del desierto murieron. Todos los que ponen su confianza en Jesús, viven para siempre.

“Yo soy el pan que da vida”. Esta declaración no sólo establece a Jesús como Salvador de la humanidad, sino que también apunta hacia la ceremonia central de nuestra religión; es la ceremonia que realizamos los domingos cuando participamos de la Eucaristía. En esta ceremonia recordamos la noche en que Jesús, poco antes de morir, se reunió con sus amigos para compartir la cena. Jesús bendijo, partió y compartió el pan con sus amigos. Todos los domingos recordamos las palabras de Jesús, tal como se encuentran en el Libro de Oración Común: “Toman y coman. Este es mi cuerpo, entregado por ustedes. Hagan esto como memorial mío”.

Y en esa ceremonia, que llamamos “comunión” o “eucaristía”, nos acercamos al altar, compartimos el pan y el vino, y participamos de esa salvación que Jesucristo le ofrece gratuitamente a toda la humanidad. En la Eucaristía recordamos que “Jesucristo, nuestra Pascua, se ha sacrificado por nosotros”. Y aunque hay varias fórmulas que el sacerdote puede usar al momento de darnos el pan, una de ellas dice simplemente: “El cuerpo de nuestro Señor Jesucristo te guarde en la vida eterna”.

¡Así es, hermanas y hermanos! Todos los domingos en la Eucaristía recordamos que en Cristo hay vida eterna, en Cristo hay salvación y en Cristo vivimos para siempre. Dicho de otro modo, el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo nos guarda en la vida eterna.

“Vivir para siempre” es una idea que los teólogos vienen debatiendo desde hace muchos siglos. Alguno piensan que la vida eterna es el tipo de vida que viviremos cuando resucitemos. Otros piensan que la vida eterna ocurre en el momento que morimos y empezamos a vivir espiritualmente con Dios. Pero una lectura cuidadosa del evangelio de Juan nos presenta una visión más radical de lo que significa tener vida eterna. En el versículo 54 del evangelio de hoy Jesús declara que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. ¡No dice que tendrá vida eterna algún día en el futuro, sino queya la tiene!

Esta idea de que ya estamos viviendo la vida eterna es congruente con la manera en que Juan nos presenta las enseñanzas de Jesús. Cuando seguimos a Jesús dejamos de ser la persona que éramos antes. Somos una persona nueva: nacemos del espíritu, nos hacemos hijas e hijos espirituales de Dios y tenemos una transformación interior profunda que puede hacer que nuestra vida exterior también cambie por completo.

Cuando seguimos a Jesús nuestra vida adquiere un nuevo significado. No es que vamos a ser perfectos ni que vamos a dejar de pecar. Pero con Jesús nuestro camino espiritual tiene una nueva dirección, nos dirigimos hacia una nueva meta. La Carta a los Filipenses (capítulo 3, versículo 13) describe esta transformación como un “olvidarse de lo que queda atrás” y “esforzarse por alcanzar lo que está adelante”.

Así es como cambia nuestra vida, no sólo el corazón sino también nuestra forma de vivir. La lectura de Efesios que leímos hoy enumera muchas de esas cosas externas, de esas acciones de todos los días que son prueba tangible de nuestra conversión: dejamos de mentir, de enojarnos con facilidad, nos hacemos más honrados y trabajadores, damos lo que nos sobra a los necesitados, ya no decimos malas palabras sino solamente palabras buenas y edificantes, empezamos a dominar el mal genio, las pasiones, los gritos y los insultos, nos volvemos buenos y compasivos, aprendemos a perdonar, dejamos de lado toda forma de inmoralidades y vulgaridades, y, sobre todo, empezamos a tratarnos con amor.

Hay muchas personas que dicen ser cristianas, pero se pasan el día gritándole a los hijos o insultando a los vecinos. Esas formas de actuar son contrarias a las enseñanzas de los apóstoles. ¡Cuesta pensar que una persona que se pasa el día insultando a los demás pueda ser un discípulo verdadero de Jesús! A muchos les cuesta dominar el mal genio y a otros pedir perdón o perdonar. Otros más buscan algún pretexto: “mis antepasados eran guerreros aztecas y yo llevo el mal genio en la sangre”. Pero es sólo una pobre excusa. Cuando empezamos a seguir a Jesús, cuando nos convertimos de verdad, nuestro corazón cambia y también cambia nuestra sangre.

Jesús tiene el poder de sanarnos el alma y ése es un poder que podemos sentir cuando oramos, cuando vamos a la iglesia, cuando leemos la Biblia y cuando nos dedicamos a andar por la vida con ganas de amar y de perdonar. “Yo soy el pan que da vida”. Jesús tiene el poder de salvar y cuando seguimos sus enseñanzas nos da la vida eterna.

Reflexionemos acerca de nuestra trayectoria espiritual. ¿Sabes en qué dirección va tu vida? Si no te sientes encaminado hacia Jesús cambia de dirección. ¿Qué cosas concretas podrías hacer esta semana para ajustar el rumbo de tu vida y acercarte más a Jesús?

Hugo Olaiz es editor asociado de recursos latinos/hispanos para Forward Movement, una agencia de la Iglesia Episcopal.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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