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Los fallidos intentos de reformar las leyes migratorias de los Estados Unidos han dejado a los trabajadores migrantes "sin poder tener alguna esperanza de salir de entre las sombras y ser protegidos de la explotación a la que se han visto destinados desde hace demasiado tiempo."
Según Jefferts Schori, esta falta de esperanza en parte se de debe al aumento de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) desde que las medidas de reforma no fueron aprobadas en el Congreso.
"Quiero instar a nuestro gobierno, en los términos más severos posibles, que cese las incursiones en los sitios de trabajo, los hogares y otros sitios donde los migrantes se reúnen hasta que se haya hecho posible una reforma inmigratoria integral. Esta forma unilateral de tratar los problemas migratorios deja de lado los principios de justicia y compasión que nos definen como cristianos y como una iglesia que recibe a los marginalizados y los indefensos."
Richard Parkins, director de los Ministerios Episcopales de Migración, dijo que tanto por medio de sus resoluciones como su apoyo, la Iglesia Episcopal ha impulsado decididamente una reforma migratoria integral "que, si se emplaza de acuerdo con los principios formulados por una amplia coalición de grupos religiosos podría haber logrado un mejor equilibrio entre los esfuerzos para hacer cumplir las leyes y las necesidades sociales y económicas de los migrantes y de los empleadores y comunidades que los reciben."
La 75a Convención General adoptó la Resolución A017, estableciendo principios fundamentales sobre las migraciones.
Además, el Consejo Ejecutivo aprobó una resolución el 8 de marzo de 2006 (INC/NAC044) y otra en junio de 2005 (NAC032) apoyando una reforma inmigratoria integral.
A continuación se encuentra el texto completo de la carta de la Obispa Presidenta:
13 de septiembre de 2007
Estimadas hermanas y hermanos en Cristo:
Muchos han guardado la esperanza de que durante la última sesión del Congreso se hubiera aprobado la largamente esperada ley de reforma migratoria que transformaría nuestros sistema inmigratorio haciéndolo más justo y equitativo. Lamentablemente, el proceso ha sido obstaculizado por los oponentes a la reforma, dejando así a unos 12 millones de trabajadores en el limbo, sin ninguna esperanza de poder salir de entre las sombras y ser protegidos de la explotación a la que se han visto destinados desde hace demasiado tiempo. Teniendo presente que hemos prometido en nuestro bautismo buscar y servir a Cristo en toda las personas y el imperativo evangélico a ser hospitalarios con el forastero, nuestra Iglesia ha persistido apoyando un sistema inmigratorio justo y compasivo.
En las últimas semanas hemos sido testigos de un aumento de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) en lugares de trabajo, reuniones comunitarias e incluso en las residencias de personas presuntamente indocumentadas. Como resultado las familias han sido separadas y los trabajadores han sido detenidos o deportados produciéndose una ruptura súbita de los lazos familiares. Ya se han recibido demasiadas noticias sobre individuos que han sido impedidos de comunicarse con un detenido o un deportado. Además de este tratamiento inicuo, muchas comunidades cuyos miembros parecen ser indocumentados han sido sujetos a perfilado racial.
Algunos líderes políticos locales y nacionales han abogado por hacer cumplir estrictamente las leyes por medio de un desplazamiento de tropas en nuestras fronteras y un muro formidable para prevenir que el ingreso de aquellos que quieren mejorar sus vidas emigrando a los Estados Unidos. Mientras que la esperada legalización de las personas indocumentadas o la creación de un sistema práctico y equitativo para que los trabajadores puedan ingresar legalmente a los Estados Unidos no se han producido, se han impulsado agresivamente los esfuerzos para implantar sanciones y restricciones sin reconocer las consideraciones humanitarias y económicas que son elementos fundamentales para la reforma del sistema inmigratorio. Este desequilibrio ha resultado en innumerables historias de sufrimiento e injusticia a las que nos debemos oponer.
Quiero instar a nuestro gobierno, en los términos más estrictos posibles, que cese las incursiones en los sitios de trabajo, los hogares y otros sitios donde los migrantes se reúnen hasta que se haya hecho posible una reforma inmigratoria integral. Esta forma unilateral de tratar los problemas migratorios deniega los principios de justicia y compasión que nos definen como cristianos y como una iglesia que recibe a los marginalizados y los indefensos. Convoco a todo el pueblo de fe a insistir vehementemente que se proteja a los migrantes de todo tratamiento inhumano. Hace mucho tiempo que nuestro gobierno debiera haber establecido políticas de inmigración que respeten los derechos y los valores de aquellos de entre nosotros que, ahora viviendo atemorizados, mediante sus contribuciones a nuestras comunidades y economía han demostrado su importancia.
Cordialmente,
S. E. Rvma. Katharine Jefferts Schori
Obispa Presidenta y Primada
Iglesia Episcopal